Meditación 5

Una Seglar Comprometida

El encabezado de este apartado puede parecer anacrónico, ya que el término “seglar comprometido” es de nuestro tiempo, posterior al Concilio Vaticano II, pero a Doña Clara Quirós de Alvarado se le puede con toda propiedad, adelantándose a su época, llamar una seglar comprometida.

A principios de este siglo cierto autor francés de cuyo nombre no quiero acordarme escribió, hablando del papel de los laicos en la vida de la Iglesia, que este se reducía al de los “corderos de Santa Inés: sólo sirven para bendecirlos y trasquilarlos”.[1]  Aunque la afirmación del teólogo no es del todo cierta, hemos de reconocer que la revaloración del papel de los laicos en la Iglesia comenzó a partir de las dos grandes constituciones apostólicas Lumen Gentium, Luz de los Pueblos, y Gaudium et Spes,  Alegría y Esperanza, del Concilio Vaticano II.

Un seglar, es un católico, que quiere vivir su consagración bautismal en el mundo,  para impregnar las realidades temporales de valores evangélicos.  En cuanto bautizado, todo hombre y toda mujer, está llamado al anuncio del Evangelio, es decir, a presentar a Jesucristo y su mensaje como camino de plenitud y de salvación. 

Dentro de la Iglesia todos participamos de la misión de anunciar a Jesucristo, en razón de nuestro propio bautismo, aunque no todos tenemos conciencia de ello, de allí que el término seglar o laico comprometido signifique un bautizado que participa, desde la parroquia o un movimiento eclesial, de la misión evangelizadora de la Iglesia Católica.

El compromiso laical nace de una primera experiencia fundamental: el encuentro personal  con Cristo.  Sólo la persona que ha tenido una experiencia transformante de Cristo siente la necesidad de anunciarlo a los demás.  En este sentido podemos recordar la parábola de la dracma perdida, como la mujer barre toda la casa y cuando la encuentra sale muy contenta a contarle a sus vecinas que ha encontrado la dracma que había perdido.

Hace algunos días, leía en la vida de un santo esta expresión:  No es posible narrar en pocas páginas la vida de un santo. Quizás tampoco sería factible hacerlo en varios volúmenes. Se pueden describir hechos externos, pero ¿quién puede penetrar en la intimidad de una vida santa?  El santo es un hombre de Dios, un alma que se ha identificado con Jesucristo, ‘como Tú Padre, estás en mí y yo en Ti (Juan 17,21)…  No obstante, los santos no son superhombres, ni personas fuera de lo común, seres inenarrables. [2]

La experiencia de Dios en los seres humanos es gradual, como un proceso de iluminación que va desde la penumbra hasta la plena luz, no sin tropiezos y dificultades pero siempre con una total fidelidad a la gracia.

Madre Clara María de Jesús fue sumamente pudorosa con su vida espiritual, pocas veces hablaba sobre ello, alguna vez, en ese ambiente de confidencia que se da entre madre e hijas, habló a sus religiosas sobre su experiencia de Dios, dijo cosas maravillosas, pero les pidió que nunca lo contaran a nadie, al menos mientras ella viviera.

No obstante, la intensidad de su experiencia espiritual se trasluce en su alegría, en su abandono en manos de la Providencia, en su fe a toda prueba, en su esperanza sin desfallecimientos, en su caridad ardorosa, en sus escritos, etc.  Pero, aun así, continúa siendo verdad que la historia de un alma no se puede narrar, ni ficcionar.   Por sus frutos los conoceréis, dice el Evangelio.

Presiento que la experiencia espiritual de Madre Clarita comenzó muy temprano, en torno a los ocho o nueve años, cuando realizó su primera comunión y que tuvo su origen en una precoz devoción a la Santísima Eucaristía que la hacía madrugar, en ocasiones excesivamente, para asistir a la Santa  Misa.

Con el paso de los años fue madurando y creando en ella auténticas actitudes de oración.  Siendo ya religiosa y fundadora, decía una de sus primeras compañeras en el Convento de Belén que cada vez que pasaba por la capilla, estaba Madre Clara de rodillas ante el Santísimo.

Uno de los aspectos positivos del sufrimiento es que puede abrirnos a la experiencia del Dios de todo consuelo.  La vida matrimonial de Doña Clara del Carmen era para ella fuente de muchos sinsabores e insatisfacciones que se guardaba sólo para sí, o para el sacerdote que se encargaba de dirigirla espiritualmente.  Don Alfredo Alvarado, un hombre egoísta, que vivía para sí, no era capaz de satisfacer la necesidad de amor, de ternura, de diálogo y comprensión que necesitaba una persona de la capacidad espiritual de su mujer.  Posiblemente ella vivió también la experiencia de tantas mujeres casadas de sentirse utilizada, relegada a un segundo o tercer plano en la vida del marido, y viviendo, por ello, una gran soledad.

No todas las mujeres, sin embargo, encuentran la fuerza moral y espiritual necesaria para mantenerse firmes, como una frágil ola en contra de la tempestad. Ahí tenemos el ejemplo reciente y doloroso de Lady Diana  Spencer, Princesa de Gales.

En los momentos de gran dificultad, sea económica o conyugal, Doña Clara del Carmen no buscaba salidas fáciles, no consuelo en palabras engañosas, sino que su refugio era su Dios: ¿Señor, adónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.

Me gustaría saber qué pensaba doña Carmen López viuda de Quirós cuando su hija le contaba algo de sus desconciertos conyugales. ¿Pensaría que se había equivocado al inducir a su única hija al matrimonio con un hombre al que apenas si conocían?, ¿Le aconsejaría paciencia y resignación para sobrellevar la pesada cruz del matrimonio? Ciertamente en su  madre Clara del Carmen no encontraba la palabra de aliento, de fuerza y de consuelo que necesitaba para sí misma y para ser el sostén moral de sus pequeños hijos.

Entonces Doña Clara se volvió a otra Madre, madre con mayúsculas porque es la Madre de Dios y la Madre nuestra: la Santísima Virgen María, que con razón es llamada Consuelo de los Afligidos.

Era a la Virgen María a quien Doña Clara del Carmen confiaba las amarguras más íntimas de su corazón y en quien encontraba el consuelo, la serenidad, la fortaleza necesaria para continuar adelante con su vida conyugal y familiar.  En estos primeros años de matrimonio ingresa como socia a la Hermandad de Nuestra Señora de Los Dolores, de la que a los pocos meses es nombrada por sus compañeras tesorera.

Doña Clara de Alvarado es una mujer con una profunda vocación contemplativa, pero, al mismo tiempo,  práctica y de acción, por lo que inmediatamente se organiza con sus compañeras de Hermandad para obtener fondos con el fin de renovar la imagen y las vestiduras de la Virgen de Los Dolores y, por supuesto, ayudar a los pobres en la medida de las posibilidades de la Hermandad. En su vida  Madre Clara María siempre estuvo convencida que el amor de Dios se muestra en el amor al prójimo, tal como lo enseña Jesús.

Su trabajo como tesorera de la Hermandad de La Virgen de Los Dolores fue tan eficaz, ordenado y discreto que mereció el elogio del Arzobispo de San Salvador, Monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar, mi ilustre antepasado, personaje, además, muy influyente en la vida de la Sierva de Dios, como lo veremos más adelante.

Dios va guiando el camino de nuestra vida, de tal forma que, sin violentar nuestra libertad, vayamos respondiendo a las mociones de su gracia con mayor intensidad y fidelidad.  La Hermandad de Los Dolores de la Virgen fue el primer peldaño en la entrega de Doña Clara del Carmen al servicio de la Iglesia y de sus hermanos más pobres, el segundo, fue su incorporación a la Guardia de Honor del Santísimo Sacramento.

Sin duda ninguna las Hermandades y Cofradías no han sido en la Iglesia Salvadoreña sólo una forma de agrupación de los fieles católicos con el fin de obtener ciertos fines, sino que también han abierto el camino de una auténtica experiencia religiosa a sus asociados.  Las Cofradías y Hermandades  representaron en su momento el papel que hoy tienen los movimientos eclesiales.

En su  Carta Encíclica  Iglesia de la Eucaristía el Papa Juan Pablo II afirma que el amor a Cristo en la Eucaristía se expresa aun en pequeños detalles como el cuidado que se tiene con los vasos y ornamentos sagrados, el amor se hace patente en las pequeñas cosas de cada día.  La finalidad de la Guardia del Santísimo Sacramento era precisamente ese: el cuidado amoroso de todo lo que tuviera que ver con la Santísima Eucaristía y, por supuesto, la adoración del augusto misterio del Santísimo Sacramento del Altar.

Pero es que la Hermandad del Santísimo Sacramento también enseña a sus socios el camino de la oración contemplativa a los pies de Jesús presente en el Sagrario.  Doña Clara del Carmen ya tenía  experiencia en el camino de la oración cuando se hace  de la Guardia del Santísimo, pero es en esta asociación donde descubre dos cosas importantes: el camino de la oración contemplativa y el gozo de la oración hecha a los pies del Santísimo.  “Su lugar favorito para la oración –dice Madre Magdalena del Sagrado Corazón-  era ante el Sagrario.”

La verdadera piedad eucarística no se queda en la mera adoración extática de tipo quietista, sino que trasciende necesariamente a un compromiso con los hermanos, que son sagrarios vivientes.

Una constante en la vida de las personas santas es que descubren en el sacerdote una especie de  transparencia de Cristo, el sacerdote, a pesar de todas sus limitaciones, es para ellas otro Cristo.  En este sentido es destacable la actitud de Santa Catalina de Siena  quien llega a afirmar que aunque el Papa fuera el mismo Demonio, si Dios permitiera que esto ocurriera, ella le obedecería.  Recordemos que la Santa Doctora de Siena solía llamar al Papa “el dulce Cristo en la tierra”.

En Madre Clara María, cuando aun era una señora casada, descubrimos esta  veneración por los sacerdotes, en quienes descubre al mismo Cristo, que la lleva a obedecerlos de una manera radical y a servirlos con la delicadeza de una madre.

En este sentido es como podemos entender el que a ella se le encomendara durante muchos años la administración de los ejercicios del clero.  Ella se convertía en Marta, atenta a todos los detalles, hasta los más ínfimos, de modo que nada faltara a los sacerdotes en esos días de contemplación que eran los ejercicios espirituales del Clero. Ella era Marta para que ellos fueran María.

Los primeros hermanos a los que Doña Clara de Alvarado quería servir era a sus sacerdotes. Pero eso no la hacía desvincularse u olvidarse de sus hermanos los pobres, sobre todo los más necesitados.  Es admirable que Doña Clara encontrara el tiempo necesario para cumplir con sus obligaciones como madre y esposa y además para visitar a los enfermos, a quienes prestaba los servicios más humildes, aun con enfermedades contagiosas, y acompañaba en la agonía con sus rezos, hasta que entregaban sus almas a Dios.

Otra dimensión importante de su servicio a los hermanos era la atención a los matrimonios en dificultades.  Iba a sus casas y allí, una vez que ellos le exponían sus problemas, entre los tres buscaban una solución de modo que el vínculo matrimonial no se rompiera.

Se cuenta que había una señora, Julia, a quien su esposo solía maltratar físicamente cuando estaba ebrio.  En esos terribles momentos, la señora agredida corría a buscar refugio en Madre Clara María, quien le daba acogida en el Convento de Belén, por lo menos, hasta que el marido, recobrada la sobriedad, iba a pedirle perdón y a llevarla consigo al hogar conyugal.

El Apóstol San Juan afirma que nadie puede decir que ama a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve, y es que el criterio de verdad de nuestro amor a Dios no puede ser otro que el amor a los hermanos, con preferencia a los pobres.  Este principio evangélico lo vemos maravillosamente realizado en Madre Clara María de Jesús,  que amó a Dios por encima de todo y a su prójimo como a sí mismo.

Roberto Bolaños



[1]    Había una tradición en Roma que las religiosas del Monasterio de  Santa Inés, se dedicaban a cuidar un pequeño rebaño de corderos, que en la fiesta de la Presentación del Señor eran bendecidos por el Santo Padre para que después las religiosas cortaran su lana y con ella elaboraran el palio que en su oportunidad el Papa entregaría a los Arzobispos como signo de su dignidad arzobispal.

[2]    Miguel Dolz, San Josemaría Escrivá, 6 de octubre de 2002,  (Ediciones RIALP S.A. Madrid, octubre 2002)   página 9.

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