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Decargas – Libros en PDF

Clara María - Biografía completa:

Biografía breve - Edición popular:


Biografía - Edición juvenil:

12 testimonios de las 61 gracias enviadas a Roma:

Novena:

Oración - Para la devoción privada:

madre clarita

Meditación 11

Meditacion 11

Dejad que las Niñas vengan a mí.

“Años más tarde, otra admirable mujer, Madre Clara Quirós, reabrió  nuevamente en el convento de Belén, otro Asilo de Huérfanas.” Don Roberto Molina Morales, autor de la frase precedente, está hablando de la Señorita Pilar Velásquez. Esta es otra de tantas historias engarzadas.

 Debieron haberse conocido, pudieron haberse tratado, convivieron por años en la misma Ciudad, eran almas idénticas, la última sucesora de la santa Señorita Pilar, Joaquina Sandoval, después ingresó a la Comunidad de Madre Clara María, ¿porque la historia no nos dice nada de esas dos mujeres excepcionales que pudieron haber sido grandes amigas, compañeras en la aventura espiritual? En cierto sentido ¿No es Madre Clara la  continuadora de la obra de Doña Pilar?

 Madre de seis hijos, abandonada vilmente por su marido, Doña Clara Quirós conocía perfectamente las dificultades, los sufrimientos y las angustias que hay que pasar para educar  el cuerpo, la mente y el alma de un hijo; también sabía ella que no es lo mismo que un niño tenga un hogar, aunque sea muy humilde o presidido por uno solo de los padres, que vagar por el mundo sin arraigo existencial alguno, como esos niños que  acurrucan en cualquier lugar para pasar la noche, mal cubiertos por un cartón, expuestos a todas las malas intenciones y con un sueño sin sueños.  En aquellos años a todos esos niños y niñas se les llamaba “huérfanos” y los orfanatos eran los asilos para esos huérfanos de la vida, con frecuencia una caricatura de hogar, pero siempre algo es mejor que nada.[1] 

 Cuando Madre Clara llegó a las puertas del Convento de Belén había tres o cuatro niñas que la esperaban, era el resto fiel de esa maravillosa institución creada por la compasión de la Señorita Pilar Velásquez, una auténtica santa salvadoreña, cuya vida debe ser investigada para dar a conocer sus méritos y sus virtudes, que se llamaba  Asilo de Belén. El Señor revelaba así a la Santa Fundadora otro estilo de maternidad,  la maternidad espiritual de aquellas hijas del arroyo de la vida.[2]

 Todos sabemos que la maternidad lleva implícito el dolor, porque si es cierto que el libro del Génesis constata el hecho de que las mujeres paren con dolor a sus hijos también revela que la madre está constantemente alumbrando con dolor al hijo en todos los momentos de su vida. La maternidad es una corona de lágrimas, creo que de ello, aunque vírgenes, todas las mujeres tienen experiencia.

 Pronto aquel grupito de niñas comienza a multiplicarse por el simple hecho que Belén no era un orfanato más, sino que era un hogar en el que el primer lugar en el cariño, en la ternura, en la compasión lo tenían siempre las niñas.  La maternidad biológica de Madre Clarita había sido una preparación para esta nueva forma de maternidad que sería una participación en el misterio de la compasión de Dios: Por que tanto amó Dios al mundo que le envió a su propio Hijo para que todo el que crea en El no se pierda…

 A Madre Clara le interesa sobre todo la educación de esas niñas que la Providencia con mano amorosa ha puesto en sus manos y que son también sus hijas, igual en su afecto que Carmen,  Mercedes, Gertrudis y María, para ello busca maestras o las prepara de entre sus hermanas religiosas, las menos dotadas intelectualmente aprenden un oficio, lo importante es tener una manera honrada de ganarse la vida y la parte más delicada de la formación se la reserva ella,  la educación moral y religiosa.

 Sabemos detalles de una ternura sorprendente, como  aquella niña que envejeció en Belén, llamada Sofía,  la Chofi,  que contaba que cuando vino de su pueblo a Santa Tecla, cayó enferma de unas fiebres que no le pasaban.  Madre Clarita llamó al médico, el Dr. Godofredo Arrieta,  quien recetó a la niña aquella medicina que algunos conocimos, llamada Osomulsión, de sabor bastante desagradable porque era hecha a base de hígado de bacalao; naturalmente la Chofi no quería tomar la medicina pero la Madre,  madre al fin, la recostaba en una almohadita y ella misma le daba la medicina, después de lo cual le daba a la pequeña un caramelo para que endulzara las amarguras de la vida.  Como a mi se me olvida todo, si quieren pregúntenselo a la Leonarda, que era otra de aquellas niñas que acogió en Belén la Sierva de Dios y nunca quisieron irse de allí, porque ese era su hogar.

 En tiempos de Madre Clara a nadie, a ninguna niña, se le cerraron las puertas de Belén, si podía pagar, lo que pudiera pagar o si no podía pagar daba igual,  lo que realmente importa, decía, es salvar sus almas.

 San Pablo recomienda a los padres no ser demasiado exigentes con sus hijos para que no pierdan los ánimos, lo que no quiere decir que no hay que disciplinarlos. Amor, estudio, trabajo y oración eran los ejes sobre los que giraba la pedagogía de Madre Clara María.

 Cuentan  que en una ocasión la Madre encontró a dos niñas hablando picardías y las corrigió tiernamente pero con autoridad esperando que se corrigieran, pero otra vez en los lavaderos las encontró hablando de lo mismo y les mandó que volvieran a su casa porque si querían condenarse no sería en la santa casa de Belén.

 Era tal el cariño que Madre Clara tenía por las niñas del Hospicio y tanta la ternura con que las acogía que éstas la conocían con un nombre muy simple, pero lleno de sentido, para ellas era LA MADRECITA.

 Creo que la cualidad más evidente de las personas santas es su capacidad para trasparentar a Dios. “hay momentos en la vida en los que Dios parece tan evidente”, dice la trágica Blanche Dubois en una de las escenas cumbres del teatro norteamericano.[3]

 Aquellas niñas víctimas descubrían en Madre Clara María de Jesús el rostro compasivo de Jesús.

Roberto Bolaños Aguilar


[1]    Recordamos con pavor la novela inglesa “Jane Eyre”, de Charlotte Bronte,   y el David Cooperfield de Charles Dickens.

[2]    El término santa aplicado a Madre Clara María se emplea en el sentido popular, como persona virtuosa y devota, sin pretender prevenir el juicio sobre su santidad que corresponde solo a la Santa Madre Iglesia.

[3]    Se trata de la obra “Un Tranvía llamado Deseo”   de Tenessee Williams.

Meditación 10

Meditación 10

A Jesús por María, pero a María por José.

En la piedad popular cristiana está muy difundida la devoción a los nombres de Jesús, María y José y es frecuente en labios de las personas piadosas la jaculatoria en la que se los invoca: Jesús, José y María os amo, salvad almas; Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía;  Jesús, José y María asistidme en mi última agonía.

 Esta misma invocación encuentra eco en el corazón de Madre Clara María y digo en el corazón porque es una realidad que arraiga en lo más profundo de su ser.  Es cierto que su poesía ACRÓSTICO  a algunos puede parecernos un capricho poético de la Madre  -¿qué quiso decir?- [1], pero expresa muy claramente la devoción de la Sierva de Dios a la Sagrada Familia de Nazaret.

Joya de inmenso precio,

Escondido diamante,

Seráfico rubí,

Unión, rico topacio,

Sois, ¡oh Divino Infante!


Mar que nos dio esta perla,

Anacarada concha,

Ruborosa, entreabierta;

Imitas a las ondas,

                                        Al querellarte a solas;


Y con suave murmullo,


Juguetean tus olas

Ofreciendo a la brisa

Sus armónicas trovas

Entre espumas y blondas.

Preguntarse por qué camino se llega a Jesús es como querer indagar en los movimientos del Espíritu Santo  – El es como el viento, que sientes su fuerza pero no sabes de dónde viene ni a dónde va-  aquí si que resulta verdadero que todos los caminos auténticos conducen a Jesús. En la biografía de Madre Clara María es patente la clase de relación personal, intensa, cálida, profunda,  tal como es su personalidad, que tiene con Jesús, José y María y en ella hayamos un  orden de primacía cuya cima ocupa Jesús, pero también es obvio que a Jesús la Sierva de Dios ha llegado por María, sobre todo por la devoción popular a la Virgen María que se reviste de esa forma tan especial y tan nuestra como son las Hermandades y Cofradías, sin embargo la devoción mariana redunda, refluye o se origina en la devoción al Santo Patriarca José, que es el Esposo virginal de la Madre de Dios.
 Es evidente que en todas nuestras escogencias y afinidades hay un matiz psicológico. Cuando estudiamos la vida de los grandes convertidos como San Agustín, Santa María Egipcíaca o Santa Margarita de Cortona el momento de la conversión coincide con un estado de tedio existencial que de otra forma posiblemente habría concluido en el suicidio. De la misma manera algunas de nuestros énfasis en la vida espiritual responden a necesidades psicológicas urgentes y perentorias.
 Hay muchas personas a quienes la relación interpersonal con el Padre Celestial se les dificulta porque entre el Padre bueno y el creyente se interpone, por ejemplo, la imagen de un padre tiránico y prepotente; o, por el contrario, la imagen del Padre del Cielo viene a llenar el vacío afectivo del padre terreno ausente o indiferente.  Lo mismo sucede con Jesús o con María o con el Santo Patriarca José, sin que por ello pretendamos afirmar que la explicación psicológica es la última para estas realidades de fe.
 Cuando hacemos un recorrido por la vida de Madre Clara María y alguno de sus énfasis espirituales, podemos fácilmente darnos cuenta que su maravilloso equilibrio personal es solo la consecuencia de la total integración de su vida en las relaciones con el mundo de lo sobrenatural.
 Después de muchos años trabajando estos temas, aun tenemos la ilusión que aparezcan nuevos documentos que nos aclaren algunas etapas en la vida de Madre Clara María.  Los años de su infancia  -¿No fue su matrimonio con Alfredo Alvarado una ruptura brusca del mundo de su infancia?- estuvieron marcados fuertemente por dos situaciones: por una parte, después del incidente del secuestro, el padre estuvo ausente de su vida, cierto autor hablando de la infancia de Federico Nietzsche, decía que los niños que crecen sin padre son luego, en la adultez, incapaces de llenar la sensación de soledad que les dejó el hecho de ser hijos sin padre.  Un ejemplo claro de esto es la frecuencia y la importancia que el tema de la soledad tiene en los escritos de San Juan de la Cruz.  El segundo abandono en la vida de nuestra venerada Madre fue el de su esposo, el inconstante  Félix Alfredo Alvarado, que se contentaba con aparentar.  Cuando esto sucede Madre Clara María es ya una mujer adulta, alrededor de los 26 años, con mayores recursos psicológicos y afectivos para superar el golpe, pero este se refleja de manera dramática en sus hijos varones Alfredo y Cipriano, dos personas dolientes,  a quienes se les dificulta hallar un camino en la vida y que llevan vidas absolutamente mediocres comparadas con las de sus deslumbrantes hermanas María Modesta y Florencia Gertrudis.
 Madre Clara María era una persona de muchos recursos psicológicos y espirituales que le permitían superar desde la altura las grandes dificultades que tuvo que atravesar durante su vida.  Lo primero que hace la Madre es buscar refugio y consuelo en la Santísima Virgen María, a quien vivenciaba existencialmente como su Madre.  Aunque  Doña Carmen, su madre, no murió sino hasta1907, su relación parece que fue un poco distante, tal como lo podemos deducir del testamento en el que Carmen López, sabiendo las dificultades económicas por las que pasaba su hija de manera habitual, prácticamente la deshereda nombrando a sus nietos herederos universales de sus bienes, alegando que Madre Clara María tiene muchas deudas y todo lo derrochará en ayudar a los pobres.
 Así, la Santísima Virgen María es para  Madre Clara María la Madre a la que se puede acudir en cualquier necesidad, siempre cercana, llena de amor y de ternura, compasiva y misericordiosa.  La importancia que la Virgen María tiene en la vida de Madre Clara lo podemos ver por la cantidad de sus poesías que tratan tema mariano.
 La relación con Cristo es siempre más fácil para una mujer.  Para el varón Jesús es el compañero, el amigo, el hermano, etc., pero para la mujer es el amigo, el novio, el esposo amado y así las connotaciones afectivas pueden ser más hondas y vivénciales, para confirmar lo anterior basta que ver que las mujeres en la Iglesia son las maestras del amor místico.
 Esta vivencia esponsal de Cristo que posee Madre Clara es una trascendencia de su propia y desdichada experiencia matrimonial con Alfredo Alvarado, porque Cristo es el Esposo perfecto, el único que en realidad es siempre fiel y, por lo tanto, al único que vale la pena amar. 

                                             Por báculo, mi cruz,

                              Llevaré por las sendas, do me llama Jesús

Y me viste amoroso por sandalias mis Reglas y mis votos sagrados

Por collares de perlas que nos dejan ligados con el amado esposo,

                           ¡Oh! ¡Qué dulces cadenas!

                                              

Pero es en su poesía  El Alma y el Diurno Jardinero,  donde con mayor claridad se expresa que Jesús es el Esposo del Alma.

                         JESUS.

 Siéntate aquí a mi lado Alma, vén, conversemos;

Nos hemos desposado y en mi abrasado pecho

También te traigo de mi boquita el beso.

Dime ahora,

¿Me quieres así como yo te quiero?

¡Ay no me dejes nunca! ni por el mundo entero!

 

EL ALMA.

 ¡Ah! Mi Jesús amado, ya no tendré

otro dueño, y en agradarte a ti

pondré todo mi empeño.

 En la Iglesia, San José, es una figura paterna,  Sombra del Padre,  lo llamó San Juan Crisóstomo en una de sus homilías. En esta perspectiva San José es como un vitral del Padre Eterno y en sus actitudes de servicio y de entrega a Jesús y María podemos descubrir en él la plenitud de la paternidad a la que por su condición sexuada es llamado el varón.
 El Papa León XIII  declaró a San José Patrono de la Iglesia Universal, para que desempeñara en la familia de Cristo el mismo papel protector que realizó para con la Sagrada  Familia de Nazaret.  La Palabra Patrono viene de la misma raíz latina de padre, pero con un pequeño énfasis en la dimensión de protección y prestación de seguridad que es propia del padre.
 La espiritualidad Josefina, tal como la vivió Madre Clara, no se centra exclusivamente en el patrocinio universal de San José, sino que lo personaliza: San José es también mi padre, lo mismo que la Virgen María es mi Madre.
 En San José, como el que hace en la tierra las veces del Padre del Cielo, descubre Madre Clara  la figura masculina en su dimensión paterna, y se acoge a él como al  padre que le hizo falta en la tierra y deposita en él toda la confianza filial que podría haber depositado en su padre Daniel Quirós y me atrevo a sospechar que recibió de él toda la ternura, la seguridad, la capacidad de gobernar la propia vida, que es la función del padre en la familia humana.
 No siquiera la función proveedora escapa a la vivencia de la paternidad de San José.  Es muy conocida la frase de Madre Clarita dirigida a San José: ¡San José, no estoy bromeando!, esto lo quiero ya, ya.   Una expresión así no sale de los labios sino de quien posee una relación filial muy concreta y muy real con el Custodio del Redentor.
 La frase citada puede contener mucho de anecdótica, pero expresa el amor que hay dentro de Madre Clara para el Esposo de la Virgen María, ya en la redacción del Reglamento de 1915, casi podíamos decir en la etapa uterina de la vida de las Carmelitas de San José,  Madre Clara María tenía muy clara la paternidad espiritual y la confianza en la protección de San José para la naciente comunidad, por eso en una frase contundente escribió:   Reglamento para la Comunidad de las Hermanas Terceras de Nuestra Señora del Monte Carmelo, fundada en Santa Tecla el año 1915 en la casa convento de Belén con el nombre de Teresas de San José.
 Si queremos encontrar el secreto de la vida admirable de Madre Clara María de Jesús no puede ser otro que su amor práctico a Jesús, José y María.

Roberto Bolaños Aguilar

 



[1]    Quizás deberíamos consultar el no menos curioso libro en tres grandes volúmenes del Padre Arturo Rodríguez sobre la Poesía de Madre Clarita.  Admirable obra de este sacerdote carmelita que dedicó mucho tiempo a buscar las fuentes, el significado gramatical y sintáctico, así como la simbología de las 16 poesías escritas por Madre Clara María.

Meditación 9

Meditación 9

MADRE CLARA MARÍA Y LA MÚSICA.

Las personas de espíritu más elevado han sido siempre muy sensibles a la belleza y a la fealdad.  Después de su conversión  la prueba más dura para San  Francisco de Asís fue el encuentro con el leproso, putrefacto y nauseabundo, que acabó con el gran gesto de autovencimiento que fue el beso que Francisco dio al hermano enfermo.  Pero Francisco siguió siendo una persona  poética y musical, como lo demuestran algunos de sus escritos: Loado sea mi Señor por el hermano sol…

 Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, los grandes maestros de Madre Clara, fueron  escritores de altísimas dotes poéticas y musicales: Mi Amado, las montañas/  los valles solitarios nemorosos/ las ínsulas extrañas/ los ríos sonorosos/ el silbo de los aires amorosos, / la noche sosegada/ en par de los levantes de la aurora/ la música callada/ la soledad sonora: la cena que recrea y enamora.
 San Alfonso María de Ligorio fue poeta y músico de notables vuelos, tal como lo demuestran sus composiciones musicales barrocas entre las que queremos destacar el Dueto entre el Alma y Cristo y la Cantata de la Pasión.
 En realidad, casi la mayoría de los santos de la Iglesia han sido amantes de la música porque ella es una de las expresiones más sublimes del alma humana.  Parafraseando a Platón el gran músico romántico alemán  Ludwig Van Bethoveen,  dijo que  “La música es la más alta de las filosofías”.[1]
 Es claro que los santos, aunque en algunos casos vibraron intensamente con la música popular e incluso llegaron a recoger las melodías  populares para hacer canciones a “lo divino”,  con mucha frecuencia disfrutaban de lo que, en general, podríamos llamar “música clásica”, sea religiosa o profana.
 La música, de modo especial la música sacra, pensaba el Papa San Pío X,  debe estar inspirada en los textos sagrados y elevar el espíritu a Dios, esto sin negar los recursos técnicos y la belleza propia de la música.
 La Sierva de Dios, Madre Clara María de Jesús,  gustaba mucho de la música popular, como los villancicos que se cantan en la noche de Navidad,  o las lamentaciones que se entonan en la Semana Santa. Los piadosos cánticos a la Virgen María y los alabados al Santísimo Sacramento del Altar.  Pero su sensibilidad espiritual la llevó a sentir verdadero placer estético cuando escuchaba la música de los clásicos.   Escuchando una vez la Serenata de Schubert,  trasportada de emoción exclamó: Al que no le gusta la música creo que no le gustará ni el cielo.
 Claro está que nuestra capacidad de apreciar y disfrutar la música está en proporción a nuestra preparación musical, aunque Santo Tomás de Aquino piensa que lo bello es lo que agrada a los sentidos sin más.  Sor Genoveva del Buen Pastor cree que Madre Clara María había recibido en su infancia y adolescencia lecciones de música, porque sabía leerla e incluso corregía a sus hermanas cuando daban alguna nota falsa en una interpretación musical.
 Su amor a Jesús hacía que fuera muy exigente en la celebración litúrgica, sea del Oficio Divino o de la  Santa Misa. Debido a eso quería que el canto fuera verdaderamente  armonioso para que agradara a Aquel que se merece lo mejor.
 Para ello estaba deseosa de que sus hijas aprendieran el sublime arte de la música y el canto.  Un día compró un piano de segunda mano, que por cierto transportaron unos reclusos de la penitenciaria,  e inmediatamente colocó un pequeño cartel con las hermanas que se prepararían musicalmente y los horarios de clases y ensayos personales.  Esto sucedió posiblemente a principios de  1925.
 Las hermanas avanzaban en sus conocimientos y técnicas musicales, de modo que cuando Madre Clara María regresó de su viaje a Roma en busca del  visto bueno de la Santa Sede para su Congregación, las hermanas quisieron sorprenderla con una bien preparada y ensayada velada musical.  Las Crónicas de Belén recogieron el recuerdo de aquel hecho:
 Madre Genoveva y Madre Isabel Melara tocaron Las Dos Hermanas; Madre Teresa del Niño Jesús, la Serenata de Schubert;  Madre Lidia Flores, El Miserere;  Madre Concepción Varela,  Canción de Cuna y Madre Magdalena del Sagrado Corazón, Loy Don Bal.
 En su poesía también está presente la música en su dimensión cultual. Madre Clara María pensará con frecuencia en el canto de los coros angélicos: 
 ¡Oh celestiales coros! ¡ presto !, ¡ venid !, ¡bajad !
¡Tañendo vuestras arpas! Quiero a mi Dios cantar.
Sencillos pastorcitos: Prestadme aquella voz
¡Con que alegres cantasteis! ! Al que es vuestro Dios ¡   [2]
 El 8 de diciembre de 1928, día de su feliz tránsito al cielo, por primera vez Madre Isabel de San José y el coro formado por las niñas del hospicio cantarían la misa en honor a la Inmaculada concepción de María.  Madre Clara, por prescripción médica, estaba recostada en su habitación, pero al terminar la celebración, salió para decir a las hermanitas del coro: ¡Han cantado como los mismos ángeles!
 Los que la conocieron, afirman que la Sierva de Dios poseía una hermosa voz.  Poco después de la misa se inició la Hora Santa al final de la cual el coro entonó un cántico a la Santísima Virgen María, uno de los grandes amores de Madre Clara.  La tradición de las Carmelitas de San José afirma que el canto que las niñas cantaban era: Es tu nombre, dulcísimo Virgen, una rosa cortada del cielo.
 Ya no pudo cantar con el ancho caudal de voz que Dios le había dado, pero en voz muy baja,  como un hilito de agua cristalina, hizo segunda al coro de las niñas.
En unas cuantas horas se apagaría su voz para siempre, pero el canto de amor a Dios que fue su vida sigue resonando en este templo espiritual que es la Iglesia.

 Roberto Bolaños Aguilar



[1]    Platón escribió que “la filosofía es la más alta de las músicas”, frase en la que es fácil descubrir un trasfondo pitagórico.

[2]    El Báculo A.

Meditación 8

Meditación 8

Monseñor Pérez y Aguilar y 

Madre Clara María.

 Sin duda, uno de los grandes prelados que ha tenido El Salvador fue Monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar,  Obispo de San Salvador desde 1888 y Primer Arzobispo de El Salvador desde 1913 hasta su santa muerte el 17 de abril de 1926.
 En la historia de las Carmelitas de San José tuvo parte muy principal, al ser él quien aprobó los Estatutos de creación de la  Hermandad de Terciarias Carmelitas de Santa Teresa y San José de vida común el 7 de octubre de 1916.
 ¿Pero… cuál fue en realidad el papel que tuvo el Ilustre Arzobispo de la Fundación de las Carmelitas de San José?  Llama la atención que en la tradición y las Constituciones de la Congregación de fundada por la Sierva de Dios Clara María Quirós se diga que ésta realizó la fundación a instancias del Arzobispo de San Salvador, como si la idea y la iniciativa hubiera partido de él y en última instancia fuera Monseñor Pérez y Aguilar el verdadero Fundador.
 La primera vez que Doña Clara de Alvarado se encontró con el Obispo de San Salvador fue durante la Visita Canónica que éste realizara a la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Santa Tecla en el año de 1891.  Ella estuvo presente en una reunión que tuvo el Obispo con las cofradías y hermandades de la Parroquia, pues era la Tesorera de la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores.  En esa ocasión Doña Clara recibió el elogio del Prelado por la manera clara y actualizada con que llevaba las cuentas de la Hermandad.
 No tenemos noticia de otros encuentros entre ellos hasta que Doña Clara de Alvarado anda en trámites para la fundación de una Comunidad de Terciarias Carmelitas en una pequeña casa que con grandes esfuerzos habían construido las Carmelitas en los terrenos de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, que también se hallaba en construcción, para  lo que contaron con el apoyo decidido del celoso sacerdote  José María López Peña, entonces Director de la Cofradía del Carmen.
 Al menos en dos ocasiones a través de la Curia Arzobispal, las Terciarias Carmelitas de Santa Tecla fueron reconvenidas por el Arzobispo a quien desagradaba el proyecto de una Fraternidad Carmelita.  A finales de 1914 Doña Clara de Alvarado y algunas compañeras se instalaron en la casita junto a la Iglesia del Carmen para iniciar su proyecto de vida fraterna en común.
 En estos años, la gran preocupación, entre otras naturalmente, del Arzobispo Pérez y Aguilar era lograr que los Padres Jesuitas se hicieran cargo del seminario de la Diócesis. Quiso la Providencia que se desencadenara en México una persecución contra la Iglesia Católica que hizo que los Padres de la Compañía buscaran refugio en nuestras tierras.  Así realizó, Monseñor Pérez y Aguilar, el deseo tan largamente acariciado de tenerlos al frente del Seminario y de la Iglesia de La Presentación  que después se llamaría Iglesia San José.
 Fue el párroco del Carmen en Santa Tecla, P. José María López Peña, quien había solicitado al Arzobispo a dos padres jesuitas para que colaboraran con él en el apostolado.  Monseñor Pérez y Aguilar, sin embargo, lo que hizo fue trasladar al Padre López Peña a la basílica del Sagrado Corazón de Jesús y nombrarlo Canónigo Teologal de la Catedral y conceder la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen a los Padres de la Compañía. En el contrato que se hace con el Provincial de los Jesuitas de México se dice que las Hermanas Terciarias Carmelitas que viven en los terrenos de la Parroquia no tienen ninguna injerencia en su administración, ni en su apostolado, pero, el  Obispo, ve como más conveniente para la administración parroquial y la comodidad de los religiosos de San Ignacio que las Carmelitas abandonen la casa que habitaban. 
 Un día, a principios de febrero de 1915 llama a Doña Clara de Alvarado, Priora de la Comunidad, para manifestarle su decisión.
 –        Doña Clara, quiero que me dé su casita en la Iglesia del Carmen, dijo el Obispo.
–        Para Dios, respondió la Sierva de Dios, mi casa, mi corazón y mi vida, Excelencia.
 Es en este momento cuando el Arzobispo de San Salvador se da cuenta de la grandeza espiritual de Madre Clara María. Sin más es capaz de desprenderse de algo que a ella y sus hermanas les ha costado años de esfuerzos y sacrificios. Todo sea para la mayor gloria de Dios que redundará del apostolado de los Padres Jesuitas.
 Aquel gesto de obediencia a la autoridad eclesiástica y de desprendimiento total de los bienes terrenos, obtuvo la benevolencia del Prelado para la obra de Madre Clara que estaba dando sus primeros pasos y entonces pensó que con la fundación del Hogar Adalberto Guirola el Convento de Belén se quedaría desocupado, ¿por qué no entregarlo a las Terciarias Carmelitas para que continúen allí su proyecto de vida fraterna en común?  La solución le pareció conveniente y propuso a Madre Clara que se trasladara con sus hermanas a Belén.
 Las compañeras de Madre Clara no aceptaron el traslado y cada una volvió a su casa, dando por concluido el proyecto.  Madre Clara, no, con sus escasas pertenencias se trasladó el 18 de febrero de 1915 al maltrecho convento de Belén.  Se trataba de comenzar de nuevo.
 Poco a poco Dios fue concediendo a la Fundadora compañeras que se entusiasmaran con su proyecto de vida fraterna carmelitana y servicio amoroso a los más pobres entre los pobres. 
Durante estos primeros meses de permanencia en Belén, Madre Clara fue redactando un pequeño y simple reglamento para la convivencia de la comunidad. En él fue mezclando sabiamente elementos espirituales, ascéticos y disciplinares, aunque el documento está muy lejos de los tecnicismos jurídicos que acostumbran las curias eclesiásticas.
 Desde su palacio el Arzobispo seguía atentamente los acontecimientos de la pequeña comunidad de Belén, por lo que en octubre de 1916 consideró que había llegado el momento de formalizar a la pequeña comunidad de Belén; para ello, elaboró o mandó elaborar, unos Estatutos que regirían la vida de las Terciarias Carmelitas. Estos Estatutos, que intentan traducir jurídicamente, aunque sea de forma lejana,  el Reglamento escrito de puño y letra de Madre Clara, fueron aprobados por el Cabildo de Catedral el 7 de octubre de 1916.  La inauguración de la Hermandad de Terciarias  Carmelitas de vida común quedó fijada para el día 14 de octubre de 1916, víspera de la fiesta de la Madre Santa Teresa.
 En la mente de Monseñor Pérez y Aguilar estaba bien claro que la comunidad de Belén era un grupo de fieles laicas, pertenecientes de la Hermandad de Terciarias Carmelitas, que deseaban llevar vida comunitaria, tal como lo permitían las Reglas de la Orden Tercera del Carmen.  En otros protagonistas las cosas no estaban tan claras:  El Padre José María López Peña siempre había tenido la idea que se trataba de una nueva Congregación Religiosa y como tal se refirió siempre a ella, desde las páginas de El Carmelo, ya en el año de 1903.  La misma idea parece manejar el Padre José Encarnación Argueta al predicar los retiros previos a la erección canónica de la Comunidad de Terciarias Carmelitas y, sobre todo, en aquella emotiva escena de cambio de nombre que tuvo lugar ocho días después de la inauguración.
 Madre Clara también era consciente en aquellos primeros años que lo que ella había fundado, con el consentimiento del Arzobispo, era una comunidad de Carmelas del siglo.  Algunas expresiones  suyas confirman esta idea:  “Yo lo único que quería era que las cuatro viejas muriéramos juntas”, “Nunca pensé que sería fundadora.”, y no lo dice sólo por humildad, lo dice de verdad.
 En todo caso la iniciativa viene de Dios a través de un sueño que nos relata hermosamente Sor Genoveva del Buen Pastor, en el que la Sierva de Dios ve manifiesta la voluntad de Dios para que inicie la fundación de una Congregación Religiosa en regla.
 El Arzobispo sigue apoyando a Madre Clara, como cuando destina una parte de las ayudas recibidas para apoyar a la comunidad de Belén damnificada por el terremoto de 1917, pero no entiende el proyecto de la Sierva de Dios, ni le da continuidad, incluso en una comunicación al Nuncio de Su Santidad Monseñor José Marenco llega a incluir a las Carmelitas de San José entre las congregaciones religiosas nacidas en su Diócesis y consulta a la Santa Sede si la erección canónica realizada por él es válida para la erección de un Instituto de Vida Religiosa femenino de votos simples.
 Consulta sí, pero no actúa, pues todo era tan fácil como que él debía enviar a la Sagrada Congregación para los Religiosos la documentación referente a la piadosa asociación de fieles que pretende convertirse en Instituto Religioso, solicitando el visto bueno de la Sagrada Congregación.  En la misma inquietante inactividad se quedó su sucesor Monseñor  José Alfonso Belloso y Sánchez.
 Madre Clara, mujer de contemplación activa como todas las fundadoras,  decide tomar en sus propias manos el negocio de la aprobación romana del Instituto y emprende un largo viaje a la Ciudad del Vaticano entre junio y octubre de 1925.
 La Curia Arzobispal, sin embargo, no le brindó ni el apoyo ni la información necesaria, como lo harían posteriormente con las Hermanas de Bethania. Pareciera que hubo falta de comunicación entre los protagonistas, pareciera que  el Arzobispo quitó su apoyo a Madre Clara en el último momento, porque pensó que el proyecto no estaba suficientemente maduro, pareciera que hubo bastante negligencia en la Curia Arzobispal en el tratamiento de este asunto.
 Las relaciones de colaboración entre Madre Clara y el Arzobispo Pérez y Aguilar siguieron siendo francas y cordiales, ella, sobre todo, continuó siendo la hija obediente de la Iglesia que había sido toda su vida.  El Arzobispo murió en abril de 1928 y Madre Clara María de Jesús en diciembre de 1928, la aprobación diocesana de las Carmelitas de San José no se logró sino hasta 1962 y la pontificia en 1982.
 Aunque la tradición carmelitana y sus mismas Constituciones hablan de Monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar como el que indicó a Madre Clara María la fundación de las Carmelitas de San José, parece no ser cierto, o su participación tan importante, en los orígenes de la Congregación de Carmelitas de San José. Su papel se redujo a hacer lo que un obispo en estos casos: dar su aprobación al carisma de la vida religiosa en su Iglesia particular.
Roberto Bolaños Aguilar

Madre Clarita

La Obra es de Dios …

Les invitamos a leer y conocer más sobre esta Obra de Dios en la Vida de Madre Clarita, la primera mujer salvadoreña camino a los altares.

Meditaciones

Su nombre es Clara

…Su nombre es Clara

 Quiso Dios que una vez visitara Asís y fuera al convento primero fundado por Santa Clara Scifi, más conocida como Clara de Asís, y nos  mostraran su cadáver incorrupto tras mucho siglos de su muerte en Asís 1253. El cuerpo se encuentra conservado pero horriblemente ennegrecido por el paso del tiempo. A su vista me dije qué diferente de la Santa Clara de Zefirelli, joven, bella, rubia como los trigales de la Toscana. A pesar de ello pensé la santidad es hermosa porque ilumina la oscuridad de este mundo. Dice el Prólogo de San Juan, hablando de Jesús: “Era la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre.” (Jn 1,9)

Pensamos que el gran mérito de Santa Clara y sus Damas Pobres fue decir al mundo, que recién descubría el mercantilismo, que lo que realmente importaba era ser y no tener.

Estas actitudes vividas en cristiano como una forma radical del seguimiento de Cristo, iluminaron nuestro mundo y aún hoy, ocho siglos después de la primavera de Asís, lo siguen iluminando.

Por eso el nombre Clara se llena de un nuevo significado; Clara es la que ilumina, pero porque ella primero ha sido iluminada. Así se comprenden las palabras del Primer Obispo de Chalatenango, Mons. Alas, que los santos, son trasunto de Cristo, su copia fiel.

Muchos siglos habían de transcurrir, y muchas cosas tenían que cambiar, hasta que en una pequeña República latinoamericana, El Salvador, naciera una niña también amante de la pobreza,  de los pobres, y de la imitación de Cristo. ¡También se llamaba Clara!.

Dicen que llovía torrencialmente aquél día, 12 de agosto de 1857. Negros nubarrones encapotaban el firmamento; hacía varios días que no cesaba de llover 

Cuenta la tradición que el día que nació, estaba lloviendo torrencialmente. Pero, por un prodigio, después del alumbramiento brilló esplendoroso el sol. ¿Qué quiere significar esto?. La estrella que brilló en Belén para anunciar el nacimiento de Jesús, es símbolo de la fe que guía al encuentro con el Salvador. El sol que brilla en lo alto, evidentemente simboliza al Redentor como la luz que ilumina a este mundo entenebrecido por el pecado, mundo de pecado fue el que encontró Madre Clara María al nacer, mundo de pecado en su mismo hogar desintegrado; pero Cristo no sólo ilumina nuestras lobregueces, sino que como discípulos suyos somos iluminadores, claros, como lo dijo él mismo en el Evangelio: brille así vuestra luz entre los hombres para que viendo vuestras buenas obras den gloria a vuestro Padre que está en el cielo. (Mt 5,16) Evidentemente Madre Clara María fue luz en su tiempo y en el nuestro; su vida entera iluminaba el camino de hombres y mujeres para llevarlos a Cristo.

Decía aquél 16 de julio  ante la sagrada imagen de Nuestra Señora del Carmen:

¡Sus hijos, pobre Patria, han delinquido!

¡Han negado su fe y su religión!

Y al vicio y al error se han convertido,

Del libertino masonismo al ruido,

Del malhadado naturalismo al son.

Mujer de su tiempo, profundamente enraizada en la problemática histórica de El Salvador, desde la fe cristiana, que ilumina la realidad, condena los desvaríos de su Patria, que también habían condenado nuestros obispos.

Sus padres, Doña Carmen López y Don Daniel Quirós, al enterarse que la Sra. De Quirós esperaba su primer hijo, como todos los padres, pasaron conversando y escogiendo el nombre que pondrían a la criatura próxima a nacer. Sí era varón, y en esto había acuerdo, se llamaría Félix, como su abuelo, sí era niña, aquí no lograban ponerse de acuerdo, se llamaría Isabel, según Don Daniel, Clara, para  su madre. El 12 de agosto, celebraba la Iglesia a Santa Clara de Asís, el mismo cielo señalaba el nombre de la niña que nació…como un nuevo Zacarías cuando junto a la pila bautismal qué nombre habían elegido para su hija, ellos, al unísono respondieron CLARA DEL CARMEN.

Así aquella niña extraordinaria fue puesta bajo la protección de la Santa enamorada de la dama pobreza y de Nuestra Madre del Carmen.

Entonces, el nombre dado a los hijos no era una veleidad de los padres; sino que, fieles a la tradición de la Iglesia y a nuestra cultura cristiana, imponía el nombre de un santo, normalmente el del día del nacimiento en el almanaque, para que este lo tomara bajo su  protección en el difícil camino de la vida y le hiciera llegar a buen puerto.

En este caso, el nombre señala un camino. Madre Clara no sólo fue iluminada por la luz de Cristo, sino que fue luz para los habitantes de Santa Tecla, luz de caridad y faro que conduce a Cristo y a María, como dice el canto.

Clara Quirós también fue una enamorada de la pobreza y, al igual que la de Asís, Fundadora de un Instituto Religioso. A través de sus Carmelitas de San José, Madre Clara María sigue iluminando la vida de muchos hombres y mujeres, niños y niñas. Cuenta Mons. Bougaud, en su monumental biografía de Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal, fundadora de la Orden de la Visitación, que la Santa, en primer lugar, quiso ser Carmelita Descalza, pero un día se le apareció Santa Teresa de Jesús, y le dijo: Yo no te quiero por hija, sino por compañera fundadora. Lo mismo podría decir Santa Clara de Asís a Clara Quirós de El Salvador.

Cuando se convirtió en religiosa cambió su nombre por el de CLARA MARÍA DE JESÚS. En la Sagrada Escritura el cambio de nombre significa la destinación a una misión que se asume desde la libertad. La misión de Madre Clara es ahora totalmente seguir iluminando pero desde una pertenencia total a Jesús y María, con Santa Teresa de Jesús podía decir:

Yo toda me entregué y dí

Y de tal suerte he trocado

Que es mi Amado para mí

Y yo soy para mi Amado .

Su relación con Dios fue el camino de una nueva fecundidad, pues ella es la madre de numerosos niños,  mujeres y hombres que se acercan a ella para gozar aunque sea un instante de su claridad.

                                                 Roberto Bolaños Aguilar +.

Meditacion 3

La Educación de Clara del Carmen.

La tarea de educar a los hijos es una de las más nobles e importantes que pueden asumir un hombre y una mujer a quien Dios le ha dado el don de los hijos.

La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia hace conciencia a los esposos de la obligación que asumen al traer hijos a este mundo, que no consiste sólo en procrearlos y alimentarlos, sino en educarlos, es decir, facilitarles el camino para que en el futuro puedan llegar a ser adultos libres y responsables,  que asuman con gozo sus deberes para con la sociedad en que viven y con la Iglesia a la que pertenecen.

En este sentido educar es potenciar todas las cualidades de la persona humana, tanto en el orden físico, como psicológico, social, moral y espiritual.  Los padres son los primeros responsables, por derecho natural, de la educación de sus hijos, tarea en la que pueden ser ayudados sea por el Estado o por la Iglesia, pero esto sólo de manera subsidiaria, de modo que los padres no pueden ni deben descargar la obligación de la educación de sus hijos en nadie.

Hemos hablado de la educación que Clara del Carmen recibió en su hogar, pero también sabemos, por su primera biógrafa, Madre Genoveva del Buen Pastor,  que asistió a un colegio de los que existían en ese tiempo en la ciudad de San Salvador.  ¿Sería el mismo del Profesor José María Cáceres?  ¿ o el de la señorita de origen francés Agustina Charvin?  Lo cierto es que su educación intelectual  podemos descubrirla en sus escritos posteriores, de manera especial en sus Poesías, en sus conocimientos musicales y matemáticos, en su hermosa caligrafía, algo muy importante en aquellos lejanos años, y en el dominio aceptable que poseía de la lengua de francesa.

La inteligencia de Clara del Carmen no era de tipo especulativo, sino más bien práctico, con cierto predominio de los aspectos volitivos,  esto en consonancia con los énfasis educativos de la época, hicieron de la Fundadora de las Carmelitas de San José, una persona sumamente disciplinada, atenta al cumplimiento de su deber, sin perder por ello la espontaneidad, la alegría y el salero que la caracterizaron.  En este sentido es dable afirmar que Madre Clara María  pedía a sus hermanas que hicieran bien las cosas, sobre todo aquellas que, como la Liturgia, se refieren a la gloria de Dios, pero sin excesos, teniendo siempre en cuenta el amor del prójimo.

Aunque suene a anacronismo podemos decir que Madre Clara María tuvo un alto coeficiente de inteligencia emocional, que la hacía saber ubicarse en el contexto en que vivía y proyectarse de manera positiva en él.

Jerónimo Gracián, el notable escritor español autor de “El Criticón”, decía que “la verdadera universidad son los libros”.  Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sabemos que la formación continuada es una necesidad si no queremos quedar desfasados en los cambios constantes de nuestro mundo.  Aun en los momentos difíciles de su vida, Madre Clara María,  tuvo el hábito de la lectura de buenos libros, sobre todo de espiritualidad, lo que a la larga le dio un conocimiento extraordinario de algunos autores como San Agustín, San Juan de la Cruz y, de manera especial, la Madre Santa Teresa de Jesús.

Gracias a los estudios del Padre Arturo Rodríguez sobre las Poesías de Madre Clara, podemos darnos cuenta de su vida intelectual, de sus lecturas, de las influencias que tuvo y, sobre todo, de su admirable conocimiento de la Sagrada Escritura, sin duda el libro que más influencia tuvo en su vida, adelantándose en  muchos años al Concilio Vaticano II que puso en manos de los laicos las páginas abiertas de la Biblia.[1]

San Alfonso María de Ligorio respondió a una comunidad de religiosas que le escribieron para pedirle que les enviara cilicios y cadenillas para la penitencia, que les enviaba “un lote de libros espirituales que más que los cilicios les ayudarían a ser santas”.

No quisiéramos presentar a Madre Clara María como una mujer de hondas preocupaciones intelectuales, pero si destacar la importancia que en su vida tuvo el interés por el conocimiento y la formación del intelecto  y del espíritu.

Roberto Bolaños Aguilar.



[1]    Con esto no queremos afirmar que antes del Concilio Vaticano II la Iglesia no hubiera dado importancia a la lectura de la Sagrada Escritura entre los fieles laicos, basta recordar la obra del Papa San Pío X, pero sí que a partir de entonces se ha dado de una forma más intensa.

 

Oración del Centenario

ORACION DEL CENTENARIO 

(Diócesis de San Miguel)

Oracion para el año Preparatorio del Centenario de la Diócesis de San Miguel

Una Salvadoreña a los Altares…

UNA SALVADOREÑA A LOS ALTARES…

 

    En mi enfermedad, larga y de recuperación aún más larga, algunos amigos, bastantes, gracias a Dios, han permanecido conmigo. Es tremendamente cierto, que en la cárcel y la enfermedad se conoce a los verdaderos amigos. Al respecto afirma el Eclesiástico 6, 8: “Hay amigos que sólo lo son cuando les conviene, pero que no lo serán en las dificultades” y, en 6, 14: “Un amigo fiel es un refugio seguro; el que lo halla ha encontrado un tesoro.” Durante mi enfermedad, sobre todo en mis momentos de desaliento, he hallado siempre presente –invisible no significa ausente- a Madre Clara María Quirós, Fundadora de la Congregación de Carmelitas de San José.

Desde que tuve noticias de ella, cerca del año 2000, tuve interés en conocer su prodigiosa vida. Lo primero que tendría que decir es que fue como la mujer fuerte de que nos habla la Escritura, pero sin perder su ternura; y trabajadora, como cualquier mujer salvadoreña. En cierto sentido, puede ser propuesta como atractivo modelo para la mujer latinoamericana de nuestro tiempo. En torno a dos ejes giró toda su vida; Madre abandonada de seis hijos, prefiere en este caso ser madre a ser mujer, y, cristiana, vivenció radicalmente su condición bautismal (virtud heroica). Ambos aspectos fundamentales de su vida se armonizan en su papel de fundadora de la primera Congregación femenina de El Salvador. Cuando sus compañeras la querían llamar Reverenda Madre solía decir: “la madre soy.”. Esto es una maternidad a lo “divino”.

Soy testigo, lo he visto no me lo han dicho, de las numerosas personas de todas las edades que llegan a su tumba a pedir su intercesión para obtener de Dios un favor, una gracia, o también para agradecerla, como el leproso samaritano del Evangelio. A partir de esa época ha sido una presencia protectora en mi vida y un poderoso estímulo en el camino cristiano.

Las personas santas en la Iglesia de Cristo tienen una doble función: ser intercesores nuestros en la presencia divina, entendiendo su mediación en la única función mediadora de Cristo, como tan bien lo dijo el Vaticano II; y servirnos de arquetipo de lo que es ser cristiano. Una vez oí a un Obispo llamar a los santos trasunto de Cristo, se refería a Monseñor Romero, otro salvadoreño camino de los altares.

 

         FUE DECLARADA HIJA MERITÍSIMA DE EL SALVADOR. EN 2005.

 

El sacerdote, dice San Alfonso, en su función mediadora entre Dios y los hombres, debe llevar una vida intachable para ser grato en la presencia de Dios; de igual manera que un diplomático al ser declarado “non grato”  se ve obligado a abandonar su función de mediador entre dos naciones. Esto, pero en mayor grado, es necesario también a la mediación de nuestros amigos los santos: ser gratos a Dios.  “Has hallado gracia delante de Dios”, dice el arcángel Gabriel a María.

Es indudable que con su vida de entrega a Dios y al hombre, Madre Clarita es agradable a Dios. Con una vida así, me decía un sacerdote, es innegable su santidad.

Mi relación con la Sierva de Dios se puede definir como maternal, por su parte, y de filiación espiritual, por la mía. En mi habitación del convento sólo hay tres retratos que recuerdan a mis tres madres: la celeste, la Virgen María, la espiritual, Madre Clara María y, la terrena, la mujer que me dio el ser. Esta realidad de la maternidad espiritual ha definido y polarizado nuestro encuentro.

Esta maternidad espiritual, vivida a la manera carmelitana, tiene una doble vertiente: por una parte arquetípica, ella es uno de mis modelos de vida cristiana, por otra, se expresa en forma de especial protección-intercesión. Dice el profeta Isaías 66, 13: “como un hijo a quien consuela su madre, así yo los consolaré a ustedes”.

Mi relación de filiación ha ido intensificándose con el paso del tiempo y el mayor conocimiento de su obra. Madre Clara María es uno de esos grandes cristianos del cumplimiento heroico de los deberes de la vida cotidiana.

Por eso la confianza en su intercesión, parafraseando a San Pablo, “sé en quien he confiado”. Y, al que no me crea el poder de su intercesión, le respondo con Santa Teresa, que haga la prueba.

En muchas ocasiones he estado convencido de esta peculiar protección. Como cuando los médicos, tan prudentes, con tanta ciencia y experiencia, me dieron por desahuciado, un caso desesperado de infarto cerebral, pero para Dios no hay imposibles. Poco a poco fui recuperando la luz de la conciencia, entonces pedí que me leyeran la Novena de Madre Clarita. Desde entonces la he realizado de manera continua, sin dejar de rezarla un solo día. He mejorado mucho desde entonces, superando toda expectativa. Un dato: los médicos decían, que si salía del apurado trance quedaría parapléjico…hoy muevo todos mis miembros, con dificultad. es cierto, pero los muevo…estuve sin habla, tuve que aprender a hablar de nuevo…y he conservado mis facultades mentales. Pero sobre todo le agradezco a Dios me haya dado una oportunidad más de conversión y de reorientar mi vida.

Todo se lo debo al cuidado maternal de Madre Clarita y su vigilancia amorosa sobre mi vida, la misma que manifestó en su vida terrena con su hijo Cipriano Doroteo Manuel de Jesús…un tiro al aire.

Su obra y su espíritu perduran en las hijas de su corazón las Carmelitas de San José. Un grupo de cristianas que se dedican a hacer, sin grandes aspavientos, el bien a sus hermanos hombres y mujeres por todo el mundo. Así cumple Dios el sueño profético de Madre Clara María de Jesús del árbol y el  prado que recoge pajarillos de toda variedad.

No es mi condición de Postulador de su Causa de Beatificación, en su etapa diocesana, lo que ha incrementado mi confianza en su intercesión, ni mis apetencias como historiador, sino mi contacto personal frecuente con sus hijas Carmelitas. Su verdadera herencia.  Ella misma lo dijo un día, en un momento de grave crisis de su Congregación: Sí esto no es obra de Dios se disolverá como la sal en el agua, pero sí es obra de Dios permanecerá.

Cuenta San Juan  en su Evangelio, que tras el signo de Jesús de transformar el agua en vino en las bodas de Caná, Dios manifestó su gloria (la de Jesús) y creció la fe de sus discípulos en Él. Lo más fructífero de este encuentro con Madre Clara es que creo en Jesús con mayor firmeza y Él ha manifestado en mí su gloria y su poder.

Yo tengo un sueño, fue el mítico discurso de Martin Luther King, yo también tengo un sueño, más modesto según se vea, ver en la gloria de los altares a Madre Clarita. Dice un antiguo proverbio chino: el camino más largo comienza con el paso más corto. Este largo camino ya se ha comenzado, quiera Dios glorificarse en su Sierva.

Roberto Bolaños Aguilar

Santander, 2013

 

Nuevos Favores por intercesión de Madre Clarita

Damos gracias a Dios que nos ha permitido visitar Costa Rica finalizando el mes de julio del 2012 y recoger 61 nuevos testimonios de favores alcanzados por la intercesión de Madre Clarita, Dios sea glorificado al darnos tantas bendiciones,les invitamos a seguir orando por esta Causa para gloria de Dios.