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Meditación 15

Mediación 15

Madre Clara María Quirós

Prototipo de la mujer salvadoreña.


Dentro de las celebraciones del Año Internacional de la Mujer, el Santo Padre Juan Pablo II, publicó su Carta Apostólica “Mulieris Dignitatem, sobre la dignidad y la vocación de las mujeres.

En esa Carta el Santo Padre no recuerda el mensaje cristiano  sobre la las mujer y nos describe, en un mundo con frecuencia pensado por y para los varones, aun sin tener en cuenta esa aberración socio-cultural de la masculinidad que es el machismo, el mensaje liberador de la Palabra de Dios para la mujer.

Este día, 8 de marzo, en este lugar tan ligado a sus vivencias humanas y cristianas que es el Convento de Belén, a una mujer salvadoreña excepcional en todos los sentidos, pero sobre todo como una mujer cristiana que supo descubrir en el seguimiento de Cristo el camino de su realización como mujer, como madre y esposa y también como persona consagrada totalmente al amor de Dios.  Todos sabemos que hablamos de MADRE CLARA MARÍA DE JESÚS.

La Carta Apostólica destaca en primer lugar la dignidad de la mujer como persona, como miembro de la especia humana.  En este sentido el Libro del Génesis en la Sagrada Escritura nos habla de la igualdad radical entre el varón y la mujer, como seres creados a imagen y semejanza del Creador.

Sin embargo, esta igualdad que se funda en la semejanza que en el varón  y la mujer existe con respecto a Dios, no anula las diferencias, que se originan en la condición sexuada de la persona humana,  “en el principio Dios los creó varón y mujer”, dice el Libro del Génesis, y que posibilita la apertura al otro en una dimensión de complementariedad.  La Escritura nos presenta a la mujer como compañera del hombre, igual a él en dignidad y vocación a vivir en comunión con Dios.

El segundo fundamento de la dignidad de la mujer, que viene a reforzar el primero,  es su condición de hija de Dios, hermana de Jesucristo y coheredera del Reino de los Cielos.  Dios creó a los seres humanos para hacerlos partícipes de su amor salvador y plenificador de todas las potencialidades de la persona humana.

El pecado, sin embargo, vino a alterar significativamente las relaciones de igualdad y ayuda mutua entre el varón y la mujer, convirtiéndola en una relación de dominación de la mujer por parte del varón: “Buscarás con ardor a tu marido y  éste te dominará”, constata el libro del génesis.

Adán y Eva, abusando de su libertad, permitieron que el mal moral y el físico se introdujeran en el mundo que de las manos de Dios había salido perfecto y bueno.

El mundo sumergido en las tinieblas del pecado debería esperar el advenimiento del Mesías, Luz del Mundo.

La Nueva Alianza en la Sangre de Cristo, con su fuerza de liberación, abrió la posibilidad para que la mujer fuera nuevamente valorada en su papel de compañera  del hombre en el camino de la salvación,  ambos son llamados a vivir en el amor.

A partir de un solo hecho, la maternidad divina de la Virgen María, podemos entender este proceso de revaloración de la dignidad altísima de la mujer como virgen o como madre.

El Evangelio está lleno de mujeres humilladas, explotadas, marginadas, ofendidas, vulneradas en sus derechos fundamentales, que en su encuentro con Cristo descubren no sólo su propia dignidad, como personas y como hijas de Dios, sino el camino de la propia liberación porque, como recuerda Monseñor Romero, en el Magnificat de María hay una profunda espiritualidad de la liberación, cuando en él se afirma: DERRIBA DEL TRONO A LOS PODEROSOS Y ENALTECE A LOS HUMILDES…

El Evangelio señala a la mujer como caminos de realización personal el de la virginidad y el de la maternidad.  El primero se abre al amor universal, sobre todo de los pobres y humildes, amando a Dios con un corazón sin divisiones.  El segundo, se concreta como un servicio a la vida y a la promoción de la persona humana de los hijos.

La cultura de la muerte en la que vivimos, niega a la mujer el camino de su liberación integral cuando le dice que ser virgen es algo que pasó de moda,  pero tampoco le abre el camino de la maternidad, reduciéndola a mero objeto del oscuro deseo de los hombres.

Al pensar en  Madre Clara María de Jesús, podemos ver encarnados los valores que como auténtico pone el Evangelio a las mujeres.  En este sentido podemos descubrir en Madre Clara María a una mujer totalmente liberada en el seguimiento de Cristo y en el amor a sus hermanos más abandonados,  los pobres.

Muchas de las situaciones que viven las mujeres de nuestro pueblo salvadoreño, fueron  también experimentadas por nuestra Madre.  Comenzando por el fenómeno de una ascendencia ilegítima, gran parte de los salvadoreños nacen de uniones irregulares o ilegítimas.

Doña Juana López, su abuela, tuvo tres hijos, Carmen, Serafina y César, pero no conocemos a su padre.  Esto se proyectó como una mancha difícil de borrar para Doña Carmen López en su matrimonio con el aristócrata Don Daniel Quirós Escolán.

Años después Madre Clara, liberaría a la mujer del estigma de la ilegitimidad cuando estableció que ser hija ilegítima o natural no iba a constituir un obstáculo para las jóvenes buenas con vocación religiosa,  que no eran culpables de la ilegitimidad de su nacimiento, que deseaban consagrarse al Señor en las Carmelitas de San José. ¿No había escrito el Profeta Ezequiel,  el que peque ese morirá?

Doña Carmen López, la  mamá de Madre Clara, se casa con Don Daniel Quirós, quien al año y medio de matrimonio la abandona con su hija Clarita, después de una corta pero dramática convivencia matrimonial. Doña Carmen fue una mujer abandonada que tuvo que hacer frente a la vida ella sola con el fin de sacar adelante a su hija.

La misma Madre Clara María, cuando estaba en el mundo y era Doña Clara Quirós de Alvarado, conoció la vileza de un hombre que la abandonó con cinco hijos y una por nacer, después de once años de matrimonio y que también cometió la villanía de desacreditarla.  La Madre no se acobardó,  sino como lo habían hecho su abuela y su madre, se puso al frente de su familia,  se entregó al trabajo honesto y esforzado, para sacar adelante a los hijos que el Señor le había dado.  Trabajo, honradez, fortaleza de ánimo,  sacrificio por su familia, profunda vida cristiana son los valores y las actitudes que revela  Doña Clara del Carmen en esta etapa de su vida.  Cuántas veces ella en su oración repetiría, las palabras de Jesús en el Evangelio: “No estoy sola,  el Padre Celestial está conmigo.”

Madre Genoveva del Buen  Pastor, dirá de ella,  Madre Clarita es como la Mujer Fuerte de la Escritura.[1]

A partir del abandono de su esposo Don Alfredo, Madre Clara María vivió sólo para el amor de sus hijos y el de Dios.  Era Dios quien le daba la fortaleza que necesitaba en los momentos difíciles, porque los hijos dan grandes alegrías, pero también grandes dolores. Era en centrada en el amor de Dios en donde ella iba descubriendo el camino por donde la divina voluntad quería llevarla, hasta fundar una Congregación en donde el carisma se presenta sobre todo como un servicio de amor a los niños y a las niñas que en sus hogares no tienen las posibilidades económicas, morales y espirituales para devenir en personas maduras y equilibradas en todos los sentidos.

A muchas mujeres les resulta fácil, ante la problemática de la vida, lanzarse por los caminos fáciles del pecado y del envilecimiento.  Madre Clara, ante el abandono de su esposo,  quiso mantenerse en una vida altamente virtuosa, honesta, laboriosa y espiritual, de modo que en Santa Tecla  era para las mujeres un modelo de vida y un ejemplo a seguir.

Incluso los valores cívicos de Madre Clara María han sido destacados por el gran historiador y ex director de la Academia Salvadoreña de la Historia, Don Roberto Molina Morales.

Toda las problemática que la Santa Fundadora tuvo que afrontar en su vida,  una vida difícil, dirá algún periodista,  sin doblegarse, sin desanimarse, sin perder la compostura tienen un solo secreto y este es su identificación muy honda y verdadera con el misterio de la Cruz.  Madre Clarita quiso vivir crucificada con Jesucristo Crucificado, sabiendo, que quien participa de la muerte de Cristo participará también de la gloria de la Resurrección.

El que ha sufrido con sabiduría,  se vuelve compasivo frente a todas las situaciones de sufrimiento humano.  Por eso Madre Clara no podía permanecer indiferente frente al clamor de los que sufren: los pobres, los enfermos, los que padecen la injusticia de los poderosos,  los niños y las niñas,  las mujeres casadas,  las madres solteras,  las viudas, los ancianos y las ancianas.  Ninguna forma del sufrimiento humano escapará a la compasión de esta mujer que después de tanto sufrimiento era sólo corazón.

En realidad, la síntesis de la figura histórica y cristiana de Madre Clara María, podíamos expresarla en una  sola frase: VIVIÓ UNA VIDA DE SANTIDAD, si por santidad entendemos el amor de Dios y el de los hermanos llevados al extremo de lo heroico.

La personalidad armoniosa,  equilibrada, atractiva y muy rica en matices humanos de Madre Clara María de Jesús, expresa la experiencia de liberación interior vivida con Dios y en Dios.   Doña Clara del Carmen en su encuentro con Cristo fue totalmente renovada espiritualmente, fue hecha una mujer nueva llamada a vivir sólo para Dios y para el servicio del prójimo, por eso el Señor le dio un nombre nuevo –a vino nuevo, odres nuevos- : CLARA MARÍA DE JESÚS. Madre Clarita es ejemplo de los grandes valores, morales y espirituales, que caracterizan a la mujer salvadoreña.

Roberto Bolaños Aguilar



[1]    Sirácida 26, 1-3.

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