Meditación 10

Meditación 10

A Jesús por María, pero a María por José.

En la piedad popular cristiana está muy difundida la devoción a los nombres de Jesús, María y José y es frecuente en labios de las personas piadosas la jaculatoria en la que se los invoca: Jesús, José y María os amo, salvad almas; Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía;  Jesús, José y María asistidme en mi última agonía.

 Esta misma invocación encuentra eco en el corazón de Madre Clara María y digo en el corazón porque es una realidad que arraiga en lo más profundo de su ser.  Es cierto que su poesía ACRÓSTICO  a algunos puede parecernos un capricho poético de la Madre  -¿qué quiso decir?- [1], pero expresa muy claramente la devoción de la Sierva de Dios a la Sagrada Familia de Nazaret.

Joya de inmenso precio,

Escondido diamante,

Seráfico rubí,

Unión, rico topacio,

Sois, ¡oh Divino Infante!


Mar que nos dio esta perla,

Anacarada concha,

Ruborosa, entreabierta;

Imitas a las ondas,

                                        Al querellarte a solas;


Y con suave murmullo,


Juguetean tus olas

Ofreciendo a la brisa

Sus armónicas trovas

Entre espumas y blondas.

Preguntarse por qué camino se llega a Jesús es como querer indagar en los movimientos del Espíritu Santo  – El es como el viento, que sientes su fuerza pero no sabes de dónde viene ni a dónde va-  aquí si que resulta verdadero que todos los caminos auténticos conducen a Jesús. En la biografía de Madre Clara María es patente la clase de relación personal, intensa, cálida, profunda,  tal como es su personalidad, que tiene con Jesús, José y María y en ella hayamos un  orden de primacía cuya cima ocupa Jesús, pero también es obvio que a Jesús la Sierva de Dios ha llegado por María, sobre todo por la devoción popular a la Virgen María que se reviste de esa forma tan especial y tan nuestra como son las Hermandades y Cofradías, sin embargo la devoción mariana redunda, refluye o se origina en la devoción al Santo Patriarca José, que es el Esposo virginal de la Madre de Dios.
 Es evidente que en todas nuestras escogencias y afinidades hay un matiz psicológico. Cuando estudiamos la vida de los grandes convertidos como San Agustín, Santa María Egipcíaca o Santa Margarita de Cortona el momento de la conversión coincide con un estado de tedio existencial que de otra forma posiblemente habría concluido en el suicidio. De la misma manera algunas de nuestros énfasis en la vida espiritual responden a necesidades psicológicas urgentes y perentorias.
 Hay muchas personas a quienes la relación interpersonal con el Padre Celestial se les dificulta porque entre el Padre bueno y el creyente se interpone, por ejemplo, la imagen de un padre tiránico y prepotente; o, por el contrario, la imagen del Padre del Cielo viene a llenar el vacío afectivo del padre terreno ausente o indiferente.  Lo mismo sucede con Jesús o con María o con el Santo Patriarca José, sin que por ello pretendamos afirmar que la explicación psicológica es la última para estas realidades de fe.
 Cuando hacemos un recorrido por la vida de Madre Clara María y alguno de sus énfasis espirituales, podemos fácilmente darnos cuenta que su maravilloso equilibrio personal es solo la consecuencia de la total integración de su vida en las relaciones con el mundo de lo sobrenatural.
 Después de muchos años trabajando estos temas, aun tenemos la ilusión que aparezcan nuevos documentos que nos aclaren algunas etapas en la vida de Madre Clara María.  Los años de su infancia  -¿No fue su matrimonio con Alfredo Alvarado una ruptura brusca del mundo de su infancia?- estuvieron marcados fuertemente por dos situaciones: por una parte, después del incidente del secuestro, el padre estuvo ausente de su vida, cierto autor hablando de la infancia de Federico Nietzsche, decía que los niños que crecen sin padre son luego, en la adultez, incapaces de llenar la sensación de soledad que les dejó el hecho de ser hijos sin padre.  Un ejemplo claro de esto es la frecuencia y la importancia que el tema de la soledad tiene en los escritos de San Juan de la Cruz.  El segundo abandono en la vida de nuestra venerada Madre fue el de su esposo, el inconstante  Félix Alfredo Alvarado, que se contentaba con aparentar.  Cuando esto sucede Madre Clara María es ya una mujer adulta, alrededor de los 26 años, con mayores recursos psicológicos y afectivos para superar el golpe, pero este se refleja de manera dramática en sus hijos varones Alfredo y Cipriano, dos personas dolientes,  a quienes se les dificulta hallar un camino en la vida y que llevan vidas absolutamente mediocres comparadas con las de sus deslumbrantes hermanas María Modesta y Florencia Gertrudis.
 Madre Clara María era una persona de muchos recursos psicológicos y espirituales que le permitían superar desde la altura las grandes dificultades que tuvo que atravesar durante su vida.  Lo primero que hace la Madre es buscar refugio y consuelo en la Santísima Virgen María, a quien vivenciaba existencialmente como su Madre.  Aunque  Doña Carmen, su madre, no murió sino hasta1907, su relación parece que fue un poco distante, tal como lo podemos deducir del testamento en el que Carmen López, sabiendo las dificultades económicas por las que pasaba su hija de manera habitual, prácticamente la deshereda nombrando a sus nietos herederos universales de sus bienes, alegando que Madre Clara María tiene muchas deudas y todo lo derrochará en ayudar a los pobres.
 Así, la Santísima Virgen María es para  Madre Clara María la Madre a la que se puede acudir en cualquier necesidad, siempre cercana, llena de amor y de ternura, compasiva y misericordiosa.  La importancia que la Virgen María tiene en la vida de Madre Clara lo podemos ver por la cantidad de sus poesías que tratan tema mariano.
 La relación con Cristo es siempre más fácil para una mujer.  Para el varón Jesús es el compañero, el amigo, el hermano, etc., pero para la mujer es el amigo, el novio, el esposo amado y así las connotaciones afectivas pueden ser más hondas y vivénciales, para confirmar lo anterior basta que ver que las mujeres en la Iglesia son las maestras del amor místico.
 Esta vivencia esponsal de Cristo que posee Madre Clara es una trascendencia de su propia y desdichada experiencia matrimonial con Alfredo Alvarado, porque Cristo es el Esposo perfecto, el único que en realidad es siempre fiel y, por lo tanto, al único que vale la pena amar. 

                                             Por báculo, mi cruz,

                              Llevaré por las sendas, do me llama Jesús

Y me viste amoroso por sandalias mis Reglas y mis votos sagrados

Por collares de perlas que nos dejan ligados con el amado esposo,

                           ¡Oh! ¡Qué dulces cadenas!

                                              

Pero es en su poesía  El Alma y el Diurno Jardinero,  donde con mayor claridad se expresa que Jesús es el Esposo del Alma.

                         JESUS.

 Siéntate aquí a mi lado Alma, vén, conversemos;

Nos hemos desposado y en mi abrasado pecho

También te traigo de mi boquita el beso.

Dime ahora,

¿Me quieres así como yo te quiero?

¡Ay no me dejes nunca! ni por el mundo entero!

 

EL ALMA.

 ¡Ah! Mi Jesús amado, ya no tendré

otro dueño, y en agradarte a ti

pondré todo mi empeño.

 En la Iglesia, San José, es una figura paterna,  Sombra del Padre,  lo llamó San Juan Crisóstomo en una de sus homilías. En esta perspectiva San José es como un vitral del Padre Eterno y en sus actitudes de servicio y de entrega a Jesús y María podemos descubrir en él la plenitud de la paternidad a la que por su condición sexuada es llamado el varón.
 El Papa León XIII  declaró a San José Patrono de la Iglesia Universal, para que desempeñara en la familia de Cristo el mismo papel protector que realizó para con la Sagrada  Familia de Nazaret.  La Palabra Patrono viene de la misma raíz latina de padre, pero con un pequeño énfasis en la dimensión de protección y prestación de seguridad que es propia del padre.
 La espiritualidad Josefina, tal como la vivió Madre Clara, no se centra exclusivamente en el patrocinio universal de San José, sino que lo personaliza: San José es también mi padre, lo mismo que la Virgen María es mi Madre.
 En San José, como el que hace en la tierra las veces del Padre del Cielo, descubre Madre Clara  la figura masculina en su dimensión paterna, y se acoge a él como al  padre que le hizo falta en la tierra y deposita en él toda la confianza filial que podría haber depositado en su padre Daniel Quirós y me atrevo a sospechar que recibió de él toda la ternura, la seguridad, la capacidad de gobernar la propia vida, que es la función del padre en la familia humana.
 No siquiera la función proveedora escapa a la vivencia de la paternidad de San José.  Es muy conocida la frase de Madre Clarita dirigida a San José: ¡San José, no estoy bromeando!, esto lo quiero ya, ya.   Una expresión así no sale de los labios sino de quien posee una relación filial muy concreta y muy real con el Custodio del Redentor.
 La frase citada puede contener mucho de anecdótica, pero expresa el amor que hay dentro de Madre Clara para el Esposo de la Virgen María, ya en la redacción del Reglamento de 1915, casi podíamos decir en la etapa uterina de la vida de las Carmelitas de San José,  Madre Clara María tenía muy clara la paternidad espiritual y la confianza en la protección de San José para la naciente comunidad, por eso en una frase contundente escribió:   Reglamento para la Comunidad de las Hermanas Terceras de Nuestra Señora del Monte Carmelo, fundada en Santa Tecla el año 1915 en la casa convento de Belén con el nombre de Teresas de San José.
 Si queremos encontrar el secreto de la vida admirable de Madre Clara María de Jesús no puede ser otro que su amor práctico a Jesús, José y María.

Roberto Bolaños Aguilar

 



[1]    Quizás deberíamos consultar el no menos curioso libro en tres grandes volúmenes del Padre Arturo Rodríguez sobre la Poesía de Madre Clarita.  Admirable obra de este sacerdote carmelita que dedicó mucho tiempo a buscar las fuentes, el significado gramatical y sintáctico, así como la simbología de las 16 poesías escritas por Madre Clara María.

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