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Clara María - Biografía completa:

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Novena:

Oración - Para la devoción privada:

Meditaciones

Meditación 12

Meditación 12

El perfil de la Carmelita de San José en los escritos de Madre Clara María

Cuando Madre Clara María estuvo cierta que Dios la estaba inspirando para fundar una Congregación Religiosa que se dedicara a evangelizar a los pobres cuentan las crónicas que se dedicó a diseñar lo que sería el hábito de las aspirantes en su congregación, el de las profesas era prácticamente idéntico al de las carmelitas descalzas, y cuando lo hubo elaborado lo confeccionó, vistió a una de las aspirantes con él y la llevó al Palacio Episcopal a presentar a su modelo al severo Monseñor Pérez y Aguilar.  Cuando vio a la joven vestida con el hábito el Arzobispo sólo dijo bien, bien, correspondiendo de ésta manera al entusiasmo de la madre que estaba como niña con juguete nuevo.

 Pero Madre Clara María, además, había elaborado un perfil mental de lo que debería ser la Carmelita de San José, algunos de estos rasgos los encontramos en sus escritos El Reglamento  y Las Reglitas de Perfección.

 Parece evidente que Madre Clara tiene un respeto profundo por las personas y por su historia, sobre todo aquellos aspectos de los que la misma persona no es culpable, por eso, rompiendo con esquemas seculares en la Iglesia, se decidió a aceptar jóvenes que provinieran de uniones consensuales, no bendecidas por el matrimonio sacramental. Actualmente casi en ninguna Congregación u Orden religiosa se pide tal requisito, acaso porque nos hemos convencido que no hay hijos ilegítimos sino padres ilegítimos, que no merecían serlo, como decía nuestro ilustre pensador Don Alberto Masferrer.

 Madre Clara pensaba que la Carmelita de San José debía ser una mujer sana,  con gran fortaleza moral y mucho equilibrio psicológico. A una joven que pedía ingreso le respondió:Te acepto si vienes dispuesta a llevar una vida sacrificada.

 Dos de los aspectos de lo que Madre Clara concebía como una vida sacrificada, no olvidemos la dimensión sacrificial de la vida consagrada de la que ya hemos hablado en otra parte, eran el trabajo y la pobreza.

 En cuanto a la pobreza, afectiva y efectiva, Madre Clara era tremendamente exigente, no transigía ni aun en cosas pequeñas o que parecen triviales, como permitirle a una religiosa usar unos pañuelos con encajes o a otra usar un jabón de olor, que en aquellos años era un verdadero lujo.  En el fondo de esta radicalidad en la pobreza de Madre Clara María estaba la sabiduría de siglos que dice que los institutos que se relajan en cuanto a la pobreza entran en decadencia espiritual. Para Madre Clara la pobreza es el distintivo, el traje de gala, de la verdadera esposa de Cristo.

 El trabajo es fundamental en al concepción de vida religiosa que tiene Madre Clara y no sólo como ley de vida, sino como ley de crecimiento espiritual.  El Convento de Belén en tiempos de la Sierva de Dios era un verdadero emporio de actividades laborales: la costura, la panadería, el apiario,  la lavandería, los bordados, etc., todas deberían estar ocupadas y con la mente elevada a Dios, de modo que el trabajo era una verdadera oración.  En Belén, una comunidad semi contemplativa, se cumplía el ideal de San Benito de Nursia, ORA ET LABORA.

 Acaso la dimensión de la vida sacrificada a la que más importancia da la Madre es la obediencia: A Belén has venido a Obedecer.  La obediencia dirá no es sólo a los superiores o a los iguales, sino que a veces tenemos que obedecer incluso a los inferiores.

 La Carmelita de San José debe ser una mujer fuerte, esto es con capacidad para mantenerse firme en la prueba o en el dolor, tal como lo manifestó Madre Clara María en las diferentes pruebas que tuvo que afrontar;  la Madre insiste en la fortaleza y la caridad que debe haber en las relaciones interpersonales dentro de la comunidad: No tienen que ser como de cristal que hasta con el aliento se empaña, pero deben pensar que sus hermanas son de frágil cristal para tratarlas con toda delicadeza.

 La castidad consagrada por el Reino de los Cielos es uno de los elementos esenciales, en este aspecto las personas que conocieron a Madre Calara María se admiraban profundamente que habiendo sido una mujer casada, sin embargo fuera una mujer tan casta en todas las dimensiones de su persona, incluso en el lenguaje y es que se necesita un corazón puro para poder amar sólo a Dios.

 Madre Clara creía que la pureza de costumbres había de distinguir a la Carmelita de San José,  actitud que se manifiesta en el pudor, en el recato y en la modestia.  A sus hijas les pedía que anduvieran con la mirada baja, que evitaran la lectura de libros perniciosos, que se cuidaran de ciertas amistades, especialmente con personas del otro sexo,  que evitaran las conversaciones superficiales para poder conservar la pureza que es una virtud  que tanto agrada a Dios y a sus ángeles.

 La Carmelita de San José, por su propia vocación, ha de ser una mujer dada a la contemplación.  En Madre Clara era notable, ya desde el tiempo de seglar,  la constancia en la vida de oración que hizo de ella una mujer de contemplación muy subida.  El alma silenciosa tiene su conversación en los cielos, con los ángeles y santos, convirtiendo de modo prodigioso todas sus faenas del día y aun en descanso de la noche, en una muy alta, subida y constante oración.

 Los hombres y mujeres de nuestro mundo que viven en sociedades donde parece que Dios se oculta o se le ignora, han de recibir de los religiosos y religiosas el testimonio de su trato asiduo con Dios, por medio de la oración.  El gran teólogo alemán Karl Rahner dijo que los cristianos del siglo XXI deberían ser místicos, es decir experimentados en las relaciones con Dios por medio de la Contemplación.

 En un primer momento Madre Clara María dio cierta preponderancia en las comunidades de Carmelitas de San José a la vida contemplativa, de ahí su insistencia en el silencio interior y exterior;  incluso muchos años después las Carmelitas de San José se autodefinían como una Congregación semi-contemplativa. Fue Monseñor Aparicio y Quintanilla quien en un Capítulo General las invitó a lanzarse al apostolado y ser de esta manera una Congregación Apostólica.  La síntesis de esta doble tendencia existente en la Congregación es la definición del Carisma que ofrecen las Constituciones como APOSTÓLICAS.

 Madre Clara María pensó en una Carmelita de San José que fuese muy sensible a los sufrimientos y a las esperanzas del Pueblo de Dios, así como al clamor por la justicia de los oprimidos, de manera especial en el caso de las mujeres.  Esta sensibilidad por todas las manifestaciones del sufrimiento humano, ha de llevar a la Carmelita a un compromiso creativo, profundo, constante con las luchas por la liberación integral de la persona humana.  Madre Clara María afirmaba que haría todos los sacrificios necesarios por salvar un alma, en nuestro lenguaje actual, ello significa que la Carmelita ha de estar siempre dispuesta a sacrificarse por llevar una palabra de liberación a los hombres y mujeres que gimen atados a las cadenas de cualquier tipo de opresión.

 Se cazan más moscas con gotas de miel que con barril de hiel. Qué maravillosos efectos tiene en los demás una simple sonrisa, esfuérzate por sonreír, dice un pensamiento, y acabarás sonriendo de verdad.  Madre Clara pensaba que la Carmelita de San José debía ser una mujer cortés y bien educada, con tal finalidad, escribió sus “Reglitas de Perfección” en las que enseñaba a sus hijas la manera de conducirse en el trato con los demás, en diferentes circunstancias de la vida. Madre Clara no pensaba que sus hijas fueran mujeres de mundo, pero sí auténticas damas que supieran estar en diferentes ambientes y circunstancias.

 La plenitud de vida que la Carmelita encontraría en su Congregación, debía hacer de ella una mujer satisfecha consigo misma y, en consecuencia, alegre.  Estoy convencido que una de las características de la espiritualidad de Madre Clara María fue su alegría constante por poder hacer la voluntad de Dios.

 Si alguna hermana estaba triste por algún dolor físico o situación espiritual, la Madre la mandaba a llamar, inmediatamente era capaz de establecer una relación de empatía con la hermana, y después de unas palabras de consuelo y compasión, la hermana salía alegre de poder sufrir algo con Cristo.

 Un perfil no es un retrato, el perfil recoge algunos rasgos, los esenciales,  el retrato recoge todos los rasgos intentando imitar con la mayor perfección a la realidad.  Aquí hemos ofrecido algunos rasgos de la Carmelita de San José, el que quiera el retrato que mire hacia Madre Clara María de Jesús. 

Roberto Bolaños Aguilar

Meditación 11

Meditacion 11

Dejad que las Niñas vengan a mí.

“Años más tarde, otra admirable mujer, Madre Clara Quirós, reabrió  nuevamente en el convento de Belén, otro Asilo de Huérfanas.” Don Roberto Molina Morales, autor de la frase precedente, está hablando de la Señorita Pilar Velásquez. Esta es otra de tantas historias engarzadas.

 Debieron haberse conocido, pudieron haberse tratado, convivieron por años en la misma Ciudad, eran almas idénticas, la última sucesora de la santa Señorita Pilar, Joaquina Sandoval, después ingresó a la Comunidad de Madre Clara María, ¿porque la historia no nos dice nada de esas dos mujeres excepcionales que pudieron haber sido grandes amigas, compañeras en la aventura espiritual? En cierto sentido ¿No es Madre Clara la  continuadora de la obra de Doña Pilar?

 Madre de seis hijos, abandonada vilmente por su marido, Doña Clara Quirós conocía perfectamente las dificultades, los sufrimientos y las angustias que hay que pasar para educar  el cuerpo, la mente y el alma de un hijo; también sabía ella que no es lo mismo que un niño tenga un hogar, aunque sea muy humilde o presidido por uno solo de los padres, que vagar por el mundo sin arraigo existencial alguno, como esos niños que  acurrucan en cualquier lugar para pasar la noche, mal cubiertos por un cartón, expuestos a todas las malas intenciones y con un sueño sin sueños.  En aquellos años a todos esos niños y niñas se les llamaba “huérfanos” y los orfanatos eran los asilos para esos huérfanos de la vida, con frecuencia una caricatura de hogar, pero siempre algo es mejor que nada.[1] 

 Cuando Madre Clara llegó a las puertas del Convento de Belén había tres o cuatro niñas que la esperaban, era el resto fiel de esa maravillosa institución creada por la compasión de la Señorita Pilar Velásquez, una auténtica santa salvadoreña, cuya vida debe ser investigada para dar a conocer sus méritos y sus virtudes, que se llamaba  Asilo de Belén. El Señor revelaba así a la Santa Fundadora otro estilo de maternidad,  la maternidad espiritual de aquellas hijas del arroyo de la vida.[2]

 Todos sabemos que la maternidad lleva implícito el dolor, porque si es cierto que el libro del Génesis constata el hecho de que las mujeres paren con dolor a sus hijos también revela que la madre está constantemente alumbrando con dolor al hijo en todos los momentos de su vida. La maternidad es una corona de lágrimas, creo que de ello, aunque vírgenes, todas las mujeres tienen experiencia.

 Pronto aquel grupito de niñas comienza a multiplicarse por el simple hecho que Belén no era un orfanato más, sino que era un hogar en el que el primer lugar en el cariño, en la ternura, en la compasión lo tenían siempre las niñas.  La maternidad biológica de Madre Clarita había sido una preparación para esta nueva forma de maternidad que sería una participación en el misterio de la compasión de Dios: Por que tanto amó Dios al mundo que le envió a su propio Hijo para que todo el que crea en El no se pierda…

 A Madre Clara le interesa sobre todo la educación de esas niñas que la Providencia con mano amorosa ha puesto en sus manos y que son también sus hijas, igual en su afecto que Carmen,  Mercedes, Gertrudis y María, para ello busca maestras o las prepara de entre sus hermanas religiosas, las menos dotadas intelectualmente aprenden un oficio, lo importante es tener una manera honrada de ganarse la vida y la parte más delicada de la formación se la reserva ella,  la educación moral y religiosa.

 Sabemos detalles de una ternura sorprendente, como  aquella niña que envejeció en Belén, llamada Sofía,  la Chofi,  que contaba que cuando vino de su pueblo a Santa Tecla, cayó enferma de unas fiebres que no le pasaban.  Madre Clarita llamó al médico, el Dr. Godofredo Arrieta,  quien recetó a la niña aquella medicina que algunos conocimos, llamada Osomulsión, de sabor bastante desagradable porque era hecha a base de hígado de bacalao; naturalmente la Chofi no quería tomar la medicina pero la Madre,  madre al fin, la recostaba en una almohadita y ella misma le daba la medicina, después de lo cual le daba a la pequeña un caramelo para que endulzara las amarguras de la vida.  Como a mi se me olvida todo, si quieren pregúntenselo a la Leonarda, que era otra de aquellas niñas que acogió en Belén la Sierva de Dios y nunca quisieron irse de allí, porque ese era su hogar.

 En tiempos de Madre Clara a nadie, a ninguna niña, se le cerraron las puertas de Belén, si podía pagar, lo que pudiera pagar o si no podía pagar daba igual,  lo que realmente importa, decía, es salvar sus almas.

 San Pablo recomienda a los padres no ser demasiado exigentes con sus hijos para que no pierdan los ánimos, lo que no quiere decir que no hay que disciplinarlos. Amor, estudio, trabajo y oración eran los ejes sobre los que giraba la pedagogía de Madre Clara María.

 Cuentan  que en una ocasión la Madre encontró a dos niñas hablando picardías y las corrigió tiernamente pero con autoridad esperando que se corrigieran, pero otra vez en los lavaderos las encontró hablando de lo mismo y les mandó que volvieran a su casa porque si querían condenarse no sería en la santa casa de Belén.

 Era tal el cariño que Madre Clara tenía por las niñas del Hospicio y tanta la ternura con que las acogía que éstas la conocían con un nombre muy simple, pero lleno de sentido, para ellas era LA MADRECITA.

 Creo que la cualidad más evidente de las personas santas es su capacidad para trasparentar a Dios. “hay momentos en la vida en los que Dios parece tan evidente”, dice la trágica Blanche Dubois en una de las escenas cumbres del teatro norteamericano.[3]

 Aquellas niñas víctimas descubrían en Madre Clara María de Jesús el rostro compasivo de Jesús.

Roberto Bolaños Aguilar


[1]    Recordamos con pavor la novela inglesa “Jane Eyre”, de Charlotte Bronte,   y el David Cooperfield de Charles Dickens.

[2]    El término santa aplicado a Madre Clara María se emplea en el sentido popular, como persona virtuosa y devota, sin pretender prevenir el juicio sobre su santidad que corresponde solo a la Santa Madre Iglesia.

[3]    Se trata de la obra “Un Tranvía llamado Deseo”   de Tenessee Williams.

Meditación 10

Meditación 10

A Jesús por María, pero a María por José.

En la piedad popular cristiana está muy difundida la devoción a los nombres de Jesús, María y José y es frecuente en labios de las personas piadosas la jaculatoria en la que se los invoca: Jesús, José y María os amo, salvad almas; Jesús, José y María os doy el corazón y el alma mía;  Jesús, José y María asistidme en mi última agonía.

 Esta misma invocación encuentra eco en el corazón de Madre Clara María y digo en el corazón porque es una realidad que arraiga en lo más profundo de su ser.  Es cierto que su poesía ACRÓSTICO  a algunos puede parecernos un capricho poético de la Madre  -¿qué quiso decir?- [1], pero expresa muy claramente la devoción de la Sierva de Dios a la Sagrada Familia de Nazaret.

Joya de inmenso precio,

Escondido diamante,

Seráfico rubí,

Unión, rico topacio,

Sois, ¡oh Divino Infante!


Mar que nos dio esta perla,

Anacarada concha,

Ruborosa, entreabierta;

Imitas a las ondas,

                                        Al querellarte a solas;


Y con suave murmullo,


Juguetean tus olas

Ofreciendo a la brisa

Sus armónicas trovas

Entre espumas y blondas.

Preguntarse por qué camino se llega a Jesús es como querer indagar en los movimientos del Espíritu Santo  – El es como el viento, que sientes su fuerza pero no sabes de dónde viene ni a dónde va-  aquí si que resulta verdadero que todos los caminos auténticos conducen a Jesús. En la biografía de Madre Clara María es patente la clase de relación personal, intensa, cálida, profunda,  tal como es su personalidad, que tiene con Jesús, José y María y en ella hayamos un  orden de primacía cuya cima ocupa Jesús, pero también es obvio que a Jesús la Sierva de Dios ha llegado por María, sobre todo por la devoción popular a la Virgen María que se reviste de esa forma tan especial y tan nuestra como son las Hermandades y Cofradías, sin embargo la devoción mariana redunda, refluye o se origina en la devoción al Santo Patriarca José, que es el Esposo virginal de la Madre de Dios.
 Es evidente que en todas nuestras escogencias y afinidades hay un matiz psicológico. Cuando estudiamos la vida de los grandes convertidos como San Agustín, Santa María Egipcíaca o Santa Margarita de Cortona el momento de la conversión coincide con un estado de tedio existencial que de otra forma posiblemente habría concluido en el suicidio. De la misma manera algunas de nuestros énfasis en la vida espiritual responden a necesidades psicológicas urgentes y perentorias.
 Hay muchas personas a quienes la relación interpersonal con el Padre Celestial se les dificulta porque entre el Padre bueno y el creyente se interpone, por ejemplo, la imagen de un padre tiránico y prepotente; o, por el contrario, la imagen del Padre del Cielo viene a llenar el vacío afectivo del padre terreno ausente o indiferente.  Lo mismo sucede con Jesús o con María o con el Santo Patriarca José, sin que por ello pretendamos afirmar que la explicación psicológica es la última para estas realidades de fe.
 Cuando hacemos un recorrido por la vida de Madre Clara María y alguno de sus énfasis espirituales, podemos fácilmente darnos cuenta que su maravilloso equilibrio personal es solo la consecuencia de la total integración de su vida en las relaciones con el mundo de lo sobrenatural.
 Después de muchos años trabajando estos temas, aun tenemos la ilusión que aparezcan nuevos documentos que nos aclaren algunas etapas en la vida de Madre Clara María.  Los años de su infancia  -¿No fue su matrimonio con Alfredo Alvarado una ruptura brusca del mundo de su infancia?- estuvieron marcados fuertemente por dos situaciones: por una parte, después del incidente del secuestro, el padre estuvo ausente de su vida, cierto autor hablando de la infancia de Federico Nietzsche, decía que los niños que crecen sin padre son luego, en la adultez, incapaces de llenar la sensación de soledad que les dejó el hecho de ser hijos sin padre.  Un ejemplo claro de esto es la frecuencia y la importancia que el tema de la soledad tiene en los escritos de San Juan de la Cruz.  El segundo abandono en la vida de nuestra venerada Madre fue el de su esposo, el inconstante  Félix Alfredo Alvarado, que se contentaba con aparentar.  Cuando esto sucede Madre Clara María es ya una mujer adulta, alrededor de los 26 años, con mayores recursos psicológicos y afectivos para superar el golpe, pero este se refleja de manera dramática en sus hijos varones Alfredo y Cipriano, dos personas dolientes,  a quienes se les dificulta hallar un camino en la vida y que llevan vidas absolutamente mediocres comparadas con las de sus deslumbrantes hermanas María Modesta y Florencia Gertrudis.
 Madre Clara María era una persona de muchos recursos psicológicos y espirituales que le permitían superar desde la altura las grandes dificultades que tuvo que atravesar durante su vida.  Lo primero que hace la Madre es buscar refugio y consuelo en la Santísima Virgen María, a quien vivenciaba existencialmente como su Madre.  Aunque  Doña Carmen, su madre, no murió sino hasta1907, su relación parece que fue un poco distante, tal como lo podemos deducir del testamento en el que Carmen López, sabiendo las dificultades económicas por las que pasaba su hija de manera habitual, prácticamente la deshereda nombrando a sus nietos herederos universales de sus bienes, alegando que Madre Clara María tiene muchas deudas y todo lo derrochará en ayudar a los pobres.
 Así, la Santísima Virgen María es para  Madre Clara María la Madre a la que se puede acudir en cualquier necesidad, siempre cercana, llena de amor y de ternura, compasiva y misericordiosa.  La importancia que la Virgen María tiene en la vida de Madre Clara lo podemos ver por la cantidad de sus poesías que tratan tema mariano.
 La relación con Cristo es siempre más fácil para una mujer.  Para el varón Jesús es el compañero, el amigo, el hermano, etc., pero para la mujer es el amigo, el novio, el esposo amado y así las connotaciones afectivas pueden ser más hondas y vivénciales, para confirmar lo anterior basta que ver que las mujeres en la Iglesia son las maestras del amor místico.
 Esta vivencia esponsal de Cristo que posee Madre Clara es una trascendencia de su propia y desdichada experiencia matrimonial con Alfredo Alvarado, porque Cristo es el Esposo perfecto, el único que en realidad es siempre fiel y, por lo tanto, al único que vale la pena amar. 

                                             Por báculo, mi cruz,

                              Llevaré por las sendas, do me llama Jesús

Y me viste amoroso por sandalias mis Reglas y mis votos sagrados

Por collares de perlas que nos dejan ligados con el amado esposo,

                           ¡Oh! ¡Qué dulces cadenas!

                                              

Pero es en su poesía  El Alma y el Diurno Jardinero,  donde con mayor claridad se expresa que Jesús es el Esposo del Alma.

                         JESUS.

 Siéntate aquí a mi lado Alma, vén, conversemos;

Nos hemos desposado y en mi abrasado pecho

También te traigo de mi boquita el beso.

Dime ahora,

¿Me quieres así como yo te quiero?

¡Ay no me dejes nunca! ni por el mundo entero!

 

EL ALMA.

 ¡Ah! Mi Jesús amado, ya no tendré

otro dueño, y en agradarte a ti

pondré todo mi empeño.

 En la Iglesia, San José, es una figura paterna,  Sombra del Padre,  lo llamó San Juan Crisóstomo en una de sus homilías. En esta perspectiva San José es como un vitral del Padre Eterno y en sus actitudes de servicio y de entrega a Jesús y María podemos descubrir en él la plenitud de la paternidad a la que por su condición sexuada es llamado el varón.
 El Papa León XIII  declaró a San José Patrono de la Iglesia Universal, para que desempeñara en la familia de Cristo el mismo papel protector que realizó para con la Sagrada  Familia de Nazaret.  La Palabra Patrono viene de la misma raíz latina de padre, pero con un pequeño énfasis en la dimensión de protección y prestación de seguridad que es propia del padre.
 La espiritualidad Josefina, tal como la vivió Madre Clara, no se centra exclusivamente en el patrocinio universal de San José, sino que lo personaliza: San José es también mi padre, lo mismo que la Virgen María es mi Madre.
 En San José, como el que hace en la tierra las veces del Padre del Cielo, descubre Madre Clara  la figura masculina en su dimensión paterna, y se acoge a él como al  padre que le hizo falta en la tierra y deposita en él toda la confianza filial que podría haber depositado en su padre Daniel Quirós y me atrevo a sospechar que recibió de él toda la ternura, la seguridad, la capacidad de gobernar la propia vida, que es la función del padre en la familia humana.
 No siquiera la función proveedora escapa a la vivencia de la paternidad de San José.  Es muy conocida la frase de Madre Clarita dirigida a San José: ¡San José, no estoy bromeando!, esto lo quiero ya, ya.   Una expresión así no sale de los labios sino de quien posee una relación filial muy concreta y muy real con el Custodio del Redentor.
 La frase citada puede contener mucho de anecdótica, pero expresa el amor que hay dentro de Madre Clara para el Esposo de la Virgen María, ya en la redacción del Reglamento de 1915, casi podíamos decir en la etapa uterina de la vida de las Carmelitas de San José,  Madre Clara María tenía muy clara la paternidad espiritual y la confianza en la protección de San José para la naciente comunidad, por eso en una frase contundente escribió:   Reglamento para la Comunidad de las Hermanas Terceras de Nuestra Señora del Monte Carmelo, fundada en Santa Tecla el año 1915 en la casa convento de Belén con el nombre de Teresas de San José.
 Si queremos encontrar el secreto de la vida admirable de Madre Clara María de Jesús no puede ser otro que su amor práctico a Jesús, José y María.

Roberto Bolaños Aguilar

 



[1]    Quizás deberíamos consultar el no menos curioso libro en tres grandes volúmenes del Padre Arturo Rodríguez sobre la Poesía de Madre Clarita.  Admirable obra de este sacerdote carmelita que dedicó mucho tiempo a buscar las fuentes, el significado gramatical y sintáctico, así como la simbología de las 16 poesías escritas por Madre Clara María.

Meditación 9

Meditación 9

MADRE CLARA MARÍA Y LA MÚSICA.

Las personas de espíritu más elevado han sido siempre muy sensibles a la belleza y a la fealdad.  Después de su conversión  la prueba más dura para San  Francisco de Asís fue el encuentro con el leproso, putrefacto y nauseabundo, que acabó con el gran gesto de autovencimiento que fue el beso que Francisco dio al hermano enfermo.  Pero Francisco siguió siendo una persona  poética y musical, como lo demuestran algunos de sus escritos: Loado sea mi Señor por el hermano sol…

 Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, los grandes maestros de Madre Clara, fueron  escritores de altísimas dotes poéticas y musicales: Mi Amado, las montañas/  los valles solitarios nemorosos/ las ínsulas extrañas/ los ríos sonorosos/ el silbo de los aires amorosos, / la noche sosegada/ en par de los levantes de la aurora/ la música callada/ la soledad sonora: la cena que recrea y enamora.
 San Alfonso María de Ligorio fue poeta y músico de notables vuelos, tal como lo demuestran sus composiciones musicales barrocas entre las que queremos destacar el Dueto entre el Alma y Cristo y la Cantata de la Pasión.
 En realidad, casi la mayoría de los santos de la Iglesia han sido amantes de la música porque ella es una de las expresiones más sublimes del alma humana.  Parafraseando a Platón el gran músico romántico alemán  Ludwig Van Bethoveen,  dijo que  “La música es la más alta de las filosofías”.[1]
 Es claro que los santos, aunque en algunos casos vibraron intensamente con la música popular e incluso llegaron a recoger las melodías  populares para hacer canciones a “lo divino”,  con mucha frecuencia disfrutaban de lo que, en general, podríamos llamar “música clásica”, sea religiosa o profana.
 La música, de modo especial la música sacra, pensaba el Papa San Pío X,  debe estar inspirada en los textos sagrados y elevar el espíritu a Dios, esto sin negar los recursos técnicos y la belleza propia de la música.
 La Sierva de Dios, Madre Clara María de Jesús,  gustaba mucho de la música popular, como los villancicos que se cantan en la noche de Navidad,  o las lamentaciones que se entonan en la Semana Santa. Los piadosos cánticos a la Virgen María y los alabados al Santísimo Sacramento del Altar.  Pero su sensibilidad espiritual la llevó a sentir verdadero placer estético cuando escuchaba la música de los clásicos.   Escuchando una vez la Serenata de Schubert,  trasportada de emoción exclamó: Al que no le gusta la música creo que no le gustará ni el cielo.
 Claro está que nuestra capacidad de apreciar y disfrutar la música está en proporción a nuestra preparación musical, aunque Santo Tomás de Aquino piensa que lo bello es lo que agrada a los sentidos sin más.  Sor Genoveva del Buen Pastor cree que Madre Clara María había recibido en su infancia y adolescencia lecciones de música, porque sabía leerla e incluso corregía a sus hermanas cuando daban alguna nota falsa en una interpretación musical.
 Su amor a Jesús hacía que fuera muy exigente en la celebración litúrgica, sea del Oficio Divino o de la  Santa Misa. Debido a eso quería que el canto fuera verdaderamente  armonioso para que agradara a Aquel que se merece lo mejor.
 Para ello estaba deseosa de que sus hijas aprendieran el sublime arte de la música y el canto.  Un día compró un piano de segunda mano, que por cierto transportaron unos reclusos de la penitenciaria,  e inmediatamente colocó un pequeño cartel con las hermanas que se prepararían musicalmente y los horarios de clases y ensayos personales.  Esto sucedió posiblemente a principios de  1925.
 Las hermanas avanzaban en sus conocimientos y técnicas musicales, de modo que cuando Madre Clara María regresó de su viaje a Roma en busca del  visto bueno de la Santa Sede para su Congregación, las hermanas quisieron sorprenderla con una bien preparada y ensayada velada musical.  Las Crónicas de Belén recogieron el recuerdo de aquel hecho:
 Madre Genoveva y Madre Isabel Melara tocaron Las Dos Hermanas; Madre Teresa del Niño Jesús, la Serenata de Schubert;  Madre Lidia Flores, El Miserere;  Madre Concepción Varela,  Canción de Cuna y Madre Magdalena del Sagrado Corazón, Loy Don Bal.
 En su poesía también está presente la música en su dimensión cultual. Madre Clara María pensará con frecuencia en el canto de los coros angélicos: 
 ¡Oh celestiales coros! ¡ presto !, ¡ venid !, ¡bajad !
¡Tañendo vuestras arpas! Quiero a mi Dios cantar.
Sencillos pastorcitos: Prestadme aquella voz
¡Con que alegres cantasteis! ! Al que es vuestro Dios ¡   [2]
 El 8 de diciembre de 1928, día de su feliz tránsito al cielo, por primera vez Madre Isabel de San José y el coro formado por las niñas del hospicio cantarían la misa en honor a la Inmaculada concepción de María.  Madre Clara, por prescripción médica, estaba recostada en su habitación, pero al terminar la celebración, salió para decir a las hermanitas del coro: ¡Han cantado como los mismos ángeles!
 Los que la conocieron, afirman que la Sierva de Dios poseía una hermosa voz.  Poco después de la misa se inició la Hora Santa al final de la cual el coro entonó un cántico a la Santísima Virgen María, uno de los grandes amores de Madre Clara.  La tradición de las Carmelitas de San José afirma que el canto que las niñas cantaban era: Es tu nombre, dulcísimo Virgen, una rosa cortada del cielo.
 Ya no pudo cantar con el ancho caudal de voz que Dios le había dado, pero en voz muy baja,  como un hilito de agua cristalina, hizo segunda al coro de las niñas.
En unas cuantas horas se apagaría su voz para siempre, pero el canto de amor a Dios que fue su vida sigue resonando en este templo espiritual que es la Iglesia.

 Roberto Bolaños Aguilar



[1]    Platón escribió que “la filosofía es la más alta de las músicas”, frase en la que es fácil descubrir un trasfondo pitagórico.

[2]    El Báculo A.

Meditación 8

Meditación 8

Monseñor Pérez y Aguilar y 

Madre Clara María.

 Sin duda, uno de los grandes prelados que ha tenido El Salvador fue Monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar,  Obispo de San Salvador desde 1888 y Primer Arzobispo de El Salvador desde 1913 hasta su santa muerte el 17 de abril de 1926.
 En la historia de las Carmelitas de San José tuvo parte muy principal, al ser él quien aprobó los Estatutos de creación de la  Hermandad de Terciarias Carmelitas de Santa Teresa y San José de vida común el 7 de octubre de 1916.
 ¿Pero… cuál fue en realidad el papel que tuvo el Ilustre Arzobispo de la Fundación de las Carmelitas de San José?  Llama la atención que en la tradición y las Constituciones de la Congregación de fundada por la Sierva de Dios Clara María Quirós se diga que ésta realizó la fundación a instancias del Arzobispo de San Salvador, como si la idea y la iniciativa hubiera partido de él y en última instancia fuera Monseñor Pérez y Aguilar el verdadero Fundador.
 La primera vez que Doña Clara de Alvarado se encontró con el Obispo de San Salvador fue durante la Visita Canónica que éste realizara a la Parroquia de la Inmaculada Concepción de Santa Tecla en el año de 1891.  Ella estuvo presente en una reunión que tuvo el Obispo con las cofradías y hermandades de la Parroquia, pues era la Tesorera de la Hermandad de Nuestra Señora de los Dolores.  En esa ocasión Doña Clara recibió el elogio del Prelado por la manera clara y actualizada con que llevaba las cuentas de la Hermandad.
 No tenemos noticia de otros encuentros entre ellos hasta que Doña Clara de Alvarado anda en trámites para la fundación de una Comunidad de Terciarias Carmelitas en una pequeña casa que con grandes esfuerzos habían construido las Carmelitas en los terrenos de la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, que también se hallaba en construcción, para  lo que contaron con el apoyo decidido del celoso sacerdote  José María López Peña, entonces Director de la Cofradía del Carmen.
 Al menos en dos ocasiones a través de la Curia Arzobispal, las Terciarias Carmelitas de Santa Tecla fueron reconvenidas por el Arzobispo a quien desagradaba el proyecto de una Fraternidad Carmelita.  A finales de 1914 Doña Clara de Alvarado y algunas compañeras se instalaron en la casita junto a la Iglesia del Carmen para iniciar su proyecto de vida fraterna en común.
 En estos años, la gran preocupación, entre otras naturalmente, del Arzobispo Pérez y Aguilar era lograr que los Padres Jesuitas se hicieran cargo del seminario de la Diócesis. Quiso la Providencia que se desencadenara en México una persecución contra la Iglesia Católica que hizo que los Padres de la Compañía buscaran refugio en nuestras tierras.  Así realizó, Monseñor Pérez y Aguilar, el deseo tan largamente acariciado de tenerlos al frente del Seminario y de la Iglesia de La Presentación  que después se llamaría Iglesia San José.
 Fue el párroco del Carmen en Santa Tecla, P. José María López Peña, quien había solicitado al Arzobispo a dos padres jesuitas para que colaboraran con él en el apostolado.  Monseñor Pérez y Aguilar, sin embargo, lo que hizo fue trasladar al Padre López Peña a la basílica del Sagrado Corazón de Jesús y nombrarlo Canónigo Teologal de la Catedral y conceder la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen a los Padres de la Compañía. En el contrato que se hace con el Provincial de los Jesuitas de México se dice que las Hermanas Terciarias Carmelitas que viven en los terrenos de la Parroquia no tienen ninguna injerencia en su administración, ni en su apostolado, pero, el  Obispo, ve como más conveniente para la administración parroquial y la comodidad de los religiosos de San Ignacio que las Carmelitas abandonen la casa que habitaban. 
 Un día, a principios de febrero de 1915 llama a Doña Clara de Alvarado, Priora de la Comunidad, para manifestarle su decisión.
 –        Doña Clara, quiero que me dé su casita en la Iglesia del Carmen, dijo el Obispo.
–        Para Dios, respondió la Sierva de Dios, mi casa, mi corazón y mi vida, Excelencia.
 Es en este momento cuando el Arzobispo de San Salvador se da cuenta de la grandeza espiritual de Madre Clara María. Sin más es capaz de desprenderse de algo que a ella y sus hermanas les ha costado años de esfuerzos y sacrificios. Todo sea para la mayor gloria de Dios que redundará del apostolado de los Padres Jesuitas.
 Aquel gesto de obediencia a la autoridad eclesiástica y de desprendimiento total de los bienes terrenos, obtuvo la benevolencia del Prelado para la obra de Madre Clara que estaba dando sus primeros pasos y entonces pensó que con la fundación del Hogar Adalberto Guirola el Convento de Belén se quedaría desocupado, ¿por qué no entregarlo a las Terciarias Carmelitas para que continúen allí su proyecto de vida fraterna en común?  La solución le pareció conveniente y propuso a Madre Clara que se trasladara con sus hermanas a Belén.
 Las compañeras de Madre Clara no aceptaron el traslado y cada una volvió a su casa, dando por concluido el proyecto.  Madre Clara, no, con sus escasas pertenencias se trasladó el 18 de febrero de 1915 al maltrecho convento de Belén.  Se trataba de comenzar de nuevo.
 Poco a poco Dios fue concediendo a la Fundadora compañeras que se entusiasmaran con su proyecto de vida fraterna carmelitana y servicio amoroso a los más pobres entre los pobres. 
Durante estos primeros meses de permanencia en Belén, Madre Clara fue redactando un pequeño y simple reglamento para la convivencia de la comunidad. En él fue mezclando sabiamente elementos espirituales, ascéticos y disciplinares, aunque el documento está muy lejos de los tecnicismos jurídicos que acostumbran las curias eclesiásticas.
 Desde su palacio el Arzobispo seguía atentamente los acontecimientos de la pequeña comunidad de Belén, por lo que en octubre de 1916 consideró que había llegado el momento de formalizar a la pequeña comunidad de Belén; para ello, elaboró o mandó elaborar, unos Estatutos que regirían la vida de las Terciarias Carmelitas. Estos Estatutos, que intentan traducir jurídicamente, aunque sea de forma lejana,  el Reglamento escrito de puño y letra de Madre Clara, fueron aprobados por el Cabildo de Catedral el 7 de octubre de 1916.  La inauguración de la Hermandad de Terciarias  Carmelitas de vida común quedó fijada para el día 14 de octubre de 1916, víspera de la fiesta de la Madre Santa Teresa.
 En la mente de Monseñor Pérez y Aguilar estaba bien claro que la comunidad de Belén era un grupo de fieles laicas, pertenecientes de la Hermandad de Terciarias Carmelitas, que deseaban llevar vida comunitaria, tal como lo permitían las Reglas de la Orden Tercera del Carmen.  En otros protagonistas las cosas no estaban tan claras:  El Padre José María López Peña siempre había tenido la idea que se trataba de una nueva Congregación Religiosa y como tal se refirió siempre a ella, desde las páginas de El Carmelo, ya en el año de 1903.  La misma idea parece manejar el Padre José Encarnación Argueta al predicar los retiros previos a la erección canónica de la Comunidad de Terciarias Carmelitas y, sobre todo, en aquella emotiva escena de cambio de nombre que tuvo lugar ocho días después de la inauguración.
 Madre Clara también era consciente en aquellos primeros años que lo que ella había fundado, con el consentimiento del Arzobispo, era una comunidad de Carmelas del siglo.  Algunas expresiones  suyas confirman esta idea:  “Yo lo único que quería era que las cuatro viejas muriéramos juntas”, “Nunca pensé que sería fundadora.”, y no lo dice sólo por humildad, lo dice de verdad.
 En todo caso la iniciativa viene de Dios a través de un sueño que nos relata hermosamente Sor Genoveva del Buen Pastor, en el que la Sierva de Dios ve manifiesta la voluntad de Dios para que inicie la fundación de una Congregación Religiosa en regla.
 El Arzobispo sigue apoyando a Madre Clara, como cuando destina una parte de las ayudas recibidas para apoyar a la comunidad de Belén damnificada por el terremoto de 1917, pero no entiende el proyecto de la Sierva de Dios, ni le da continuidad, incluso en una comunicación al Nuncio de Su Santidad Monseñor José Marenco llega a incluir a las Carmelitas de San José entre las congregaciones religiosas nacidas en su Diócesis y consulta a la Santa Sede si la erección canónica realizada por él es válida para la erección de un Instituto de Vida Religiosa femenino de votos simples.
 Consulta sí, pero no actúa, pues todo era tan fácil como que él debía enviar a la Sagrada Congregación para los Religiosos la documentación referente a la piadosa asociación de fieles que pretende convertirse en Instituto Religioso, solicitando el visto bueno de la Sagrada Congregación.  En la misma inquietante inactividad se quedó su sucesor Monseñor  José Alfonso Belloso y Sánchez.
 Madre Clara, mujer de contemplación activa como todas las fundadoras,  decide tomar en sus propias manos el negocio de la aprobación romana del Instituto y emprende un largo viaje a la Ciudad del Vaticano entre junio y octubre de 1925.
 La Curia Arzobispal, sin embargo, no le brindó ni el apoyo ni la información necesaria, como lo harían posteriormente con las Hermanas de Bethania. Pareciera que hubo falta de comunicación entre los protagonistas, pareciera que  el Arzobispo quitó su apoyo a Madre Clara en el último momento, porque pensó que el proyecto no estaba suficientemente maduro, pareciera que hubo bastante negligencia en la Curia Arzobispal en el tratamiento de este asunto.
 Las relaciones de colaboración entre Madre Clara y el Arzobispo Pérez y Aguilar siguieron siendo francas y cordiales, ella, sobre todo, continuó siendo la hija obediente de la Iglesia que había sido toda su vida.  El Arzobispo murió en abril de 1928 y Madre Clara María de Jesús en diciembre de 1928, la aprobación diocesana de las Carmelitas de San José no se logró sino hasta 1962 y la pontificia en 1982.
 Aunque la tradición carmelitana y sus mismas Constituciones hablan de Monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar como el que indicó a Madre Clara María la fundación de las Carmelitas de San José, parece no ser cierto, o su participación tan importante, en los orígenes de la Congregación de Carmelitas de San José. Su papel se redujo a hacer lo que un obispo en estos casos: dar su aprobación al carisma de la vida religiosa en su Iglesia particular.
Roberto Bolaños Aguilar

Meditación 7

Meditación 7

Cómo me dan pena las abandonadas…

 

 Conversando con una señora, devota de Madre Clarita, me decía que ella sentía a la Sierva de Dios muy cercana a su vida, porque a ella también la había abandonado su marido.

 Este es uno de los acontecimientos más dolorosos en la vida de Madre Clara María y en la de sus hijos, porque la separación de sus padres afecta profundamente el psiquismo y la conducta de los hijos.

 Todos sabemos como Clara del Carmen Quirós contrajo matrimonio con Félix Alfredo Alvarado más por obedecer a su madre que porque realmente quisiera formar una comunidad de vida y de amor con aquel joven costarricense al que apenas conocían.  No obstante, una vez casada, Doña Clara fue una esposa y una madre modelo que hizo del matrimonio, con sus gozos y sus sombras, un camino de santidad.  Doña Clara Quirós fue “la perfecta casada”.

 Don Alfredo, en cambio, era un hombre veleidoso, dado a los gastos excesivos y sin control, poco realista, es decir con un desfase entre lo deseado y las capacidades, inmaduro, sin una verdadera experiencia de familia y muy limitado en cuanto a compromisos que, como el matrimonio, implican toda la vida de toda la persona.  Un canonista actual diría que había en él un “grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar”.

 El año 1884 falleció el abuelo de Doña Clara, Lic. Don Félix Quirós,  y este hombre que durante su vida no quiso conocer a su nieta, hija legítima de su hijo mayor Daniel,  se acordó de ella en su testamento, dejándole en herencia la parte de su fortuna que hubiera correspondido a su hijo, que había muerto en 1867. Para aquellos años era una cantidad nada despreciable: 26,000 pesos, aproximadamente.

 Doña Clara del Carmen, pensando en sus hijos, y en la prodigalidad de su marido, solicitó a un juez le concediera la administración de sus bienes, separando de ello a Don Alfredo a quien por ley le correspondía administrar los bienes de su esposa. El juez segundo de Primera Instancia Civil de Santa Tecla, oyendo a algunos testigos presentados por la Demandante que afirmaban la insolvencia económica del Demandado,  Don Alfredo poseía numerosas deudas que no había cancelado, resolvió otorgándole a Doña Clara de Alvarado la ilimitada administración de los bienes heredados.

 En febrero de 1885, Alfredo Alvarado, abandonó el domicilio conyugal en Santa Tecla.  En mayo del mismo año, seguía en domicilio desconocido, como afirma un documento judicial.

 Lleno de resentimiento por la decisión prudente y justa de su esposa, Alfredo, sin reflexionar suficientemente, se aparta de su familia, aunque en principio continúa viviendo en San Salvador. Decimos sin reflexionar, porque en el mes de septiembre se entrevista con el Obispo de San Salvador, Monseñor José Luis Cárcamo y Rodríguez,  contándole su propia versión de los hechos, como suele suceder, y, además, solicitando su intervención ante su esposa para que reanuden la convivencia matrimonial.

 La falta de principios morales de Don Alfredo Alvarado queda de manifiesto cuando sabemos que en esta misma época escribe una carta a su esposa en la que la trata duramente, con insultos y calumnias, llegando incluso a la bajeza de escribirle un anónimo con toda clase de improperios  y dudando, sin ningún fundamento, de la pureza de su relación con algún sacerdote, muy allegado a la familia.

 La actitud del mal esposo, tan carente de hombría, que aprovecha cualquier ocasión para hablar mal de su honesta esposa, ofende tanto el sentido moral y de justicia del pueblo tecleño que piden a las autoridades que lo expulsen del país por extranjero indeseable.  Así es como Alfredo Alvarado marcha a Guatemala desde donde continúa con los ataques a su esposa y, contradictoriamente, exigiendo a las autoridades eclesiásticas que obliguen a Doña Clara del Carmen a marchar a Guatemala con sus hijos.

 El Vicario Capitular de San Salvador, Monseñor Miguel Vechiotti,  ante las denuncias y constantes apremios del Señor Alvarado, inicia una investigación sobre el asunto y concluye declarando la inocencia de Doña Clara del Carmen, a quien define como una mujer piadosa, y afirmando que de caer en manos de Alvarado la herencia recibida por su esposa, en muy poco tiempo ésta y sus tiernos hijos, María Modesta del Carmen, la mayor, tenía apenas diez años, se verían obligados a mendigar el pan.

 No conforme con esto, Alvarado, se dedicó a difamar a su esposa no sólo con denuncias ante las autoridades eclesiásticas sobre las relaciones sospechosas de Doña Carmen con su director espiritual el Padre Félix Sandoval, sino que, incluso, es posible que las haya publicado en un periódico guatemalteco de la época.

 Pero Dios es el defensor del inocente y confunde la lengua de los calumniadores.  Ante esta dramática situación Doña Clara del Carmen, guardó silencio, no comentó ni dijo nada, aun años después de ocurridos los hechos.  Su conducta sin tacha, su vida de piedad, su entrega amorosa a Dios y a los pobres fueron los mejores argumentos en contra de las odiosas calumnias de Alfredo Alvarado.  Dijo Rubén Darío que el barro puede manchar a un diamante, pero aún así el diamante seguirá siendo diamante.

 Convencido de la inutilidad de sus pretensiones Alvarado abandonó Guatemala y se mudó a Nicaragua, de Nicaragua se trasladó a Puerto Limón, en su natal Costa Rica, en donde alcoholizado y lleno de remordimientos falleció de un ataque al corazón en octubre de 1905.

 Madre Clara María perdonó de corazón a su esposo, rezaba con frecuencia por él y al enterarse de su muerte pidió al Padre del Cielo que no tuviera en cuenta su pecado y le abriera las puertas de su misericordia.

 Las personas que nos hacen mal, que nos dañan, que nos destruyen, en el fondo nos están ayudando a ir al cielo, por eso el Santo Evangelio nos invita a orar por aquellos que nos persiguen, nos calumnian y dicen toda suerte de cosas malas de nosotros. La muerte de Alfredo abrió a Doña Clara la posibilidad de realizar la aspiración de toda su vida: consagrarse totalmente al servicio de Dios.

 Roberto Bolaños Aguilar

Meditación 6

Madre Clara María, modelo de patriotismo


Cuando se declaró a Madre Clara María como hija meritísima de El Salvador, la Honorable Asamblea Legislativa, la propuso como modelo de los valores espirituales, morales y cívicos propios de la mujer salvadoreña.

Hasta hoy, en nuestro país, hemos celebrado el patriotismo heroico de nuestros Próceres, pero gracias a las investigaciones de algunos de nuestros historiadores, entre ellos el Lic. Carlos Cañas Dinarte,  sabemos que también hubo mujeres que lucharon valerosamente por nuestra independencia y que también merecen el título de Próceres de nuestra Patria.

El heroísmo de muchas mujeres ha sido constatado en los anales de la historia.  Se cuenta que las madres espartanas cuando sus hijos iban a la guerra, realizaban una ceremonia muy importante para mover a sus hijos al heroísmo, entregándoles el escudo de guerra les decían:  Retorna con el o sobre el, es decir, vuelve victorioso o muerto, porque no quiero un hijo que no esté dispuesto a dar su vida por salvar a su patria.

 El patriotismo es el amor, el respeto y la búsqueda del bien de la tierra que nos vio nacer.  En este sentido el amor a la patria es uno de los sentimientos y virtudes más nobles de las personas humanas.

 El amor a la Iglesia, que es nuestra madre, el pueblo en el que hemos nacido para la vida eterna, también es un sentimiento que ennoblece y santifica al que lo vive.  La Reina Blanca de Castilla, madre de San Luis, Rey de Francia, solía decir a su hijo, para moverlo a vivir su fe de manera heroica: Prefiero verte muerto a que cometas un solo pecado mortal.

 Don Alberto Masferrer, en su obra, nos acerca a un concepto de patria y patriotismo, que creemos importante para comprender el patriotismo de Madre Clara María.   La palabra Patria, dirá el escritor salvadoreño,  significará en primer lugar y sobre todo, LA VIDA DE LOS SALVADOREÑOS QUE VIVEN ACTUALMENTE.  El escudo, la bandera, los próceres, los antepasados, las guerras con los vecinos, Atlacatl, la mitología india y todo lo demás que forman el ayer, pasará a segundo término, por muy interesante que parezca.

 El insigne historiador salvadoreño, Don Roberto Molina Morales, en su libro sobre tecleños ilustres, presenta a Madre Clara María, Fundadora del Hospicio de Belén, como matrona amante de la Patria hasta el punto que ofrece a Dios la vida de uno de sus hijos  con tal de salvar a la Patria que se haya en peligro por la invasión de las tropas guatemaltecas de Justo Rufino Barrios. 

 Justo Rufino Barrios no sólo fue derrotado en las afueras de la ciudad de Chalchuapa, cuando ya había tomado Santa Ana, sino que perdió la vida en la batalla.  Entonces, dirá, Don Roberto Molina, Dios aceptó el sacrificio de Doña Clara de Alvarado y se llevó a María Francisca Mercedes que murió de difteria en marzo de 1885.

 Nunca hemos dudado de la seriedad del Historiador salvadoreño, pero tras algunos años investigando sobre la vida de la Sierva de Dios, no hemos encontrado un solo punto de apoyo a la hipótesis de Don Roberto Molina.  Teológicamente es poco congruente con la imagen del Dios cristiano, recordemos la escena del sacrificio de Isaac, que acepte ofrendas en la que vaya de por medio la vida de una persona, en este caso de una niña de apenas 4 años de edad.  Tampoco es congruente la escena con una madre cristiana que como Doña Clara amó tanto a sus hijos.

 ¿Qué es lo que quiso decir entonces el Autor?  Pienso que lo que quiso destacar fue el intenso amor de Doña Clara de Alvarado a su Patria, El Salvador.

 Tres aspectos, a mí entender, resumirían el patriotismo de la Venerable Fundadora: su amor al trabajo,  su entrega a la educación de la mujer, especialmente de las que por su condición socio-cultural  estaban marginadas de ella y, por supuesto, la búsqueda del bien para todos los salvadoreños.

 En vida de Doña Clara del Carmen confluyen dos aspectos que son muy comunes en las mujeres salvadoreñas: el primero, que muchas de ellas son abandonadas por sus esposos; el segundo, que son jefes de familia que tienen que trabajar fuertemente para satisfacer las necesidades de su familia, en este aspecto, es que las mujeres salvadoreñas poseen una gran fuerza moral, temple de carácter, capacidad de sacrificio y de trabajo.

 Uno de los biógrafos de Madre Clara María, el Padre Alberto Barrios Moneo, ha puesto de manifiesto su talento administrativo y su creatividad laboral, de modo que la llama algo así como la primera candidata a la santidad que  ha ejercido la profesión de corredora de bienes raíces (real state);  fundada en esto la autora o el autor de un folletito que anda por ahí dice que “Para solventar sus carencias económicas abre una agencia de ‘Bienes y Raíces’, detalle el más original de su vida, por el que será –no lo dudamos- declarada en su día Patrona ante Dios de quienes se dedican a semejante servicio en la sociedad.”

 El talento administrativo consiste en con pocos medios satisfacer todas las necesidades que se tienen.  Abraham Lincoln, dijo que “nadie –ni una persona, ni una familia, ni una nación-  podía subsistir si gasta más de lo que gana”, [1] en el fondo de este hermoso y  veraz pensamiento subyace la idea burguesa del ahorro – centavo ahorrado es centavo ganado, decía Mr. Magoo-.  Basta ver los libros de cuentas que Doña Clara del Carmen llevó en la Guardia del Santísimo y en la Hermandad de la Virgen de Los Dolores o el libro de cuentas de las Hermanas Carmelitas de San José desde su fundación hasta el año 1928 para confirmar el talento de la Sierva de Dios en el uso del dinero, un talento que posiblemente haya heredado de la familia Quirós, que aun hoy conforman una de los “trust” económicos más importantes del país.

 Parece que se ha extrapolado un poco lo de la dedicación de Doña Clara a la venta de inmuebles por medio de un representante, el negocio de bienes raíces, tal como lo concebimos actualmente, no existía en su tiempo.  Existen en los periódicos de la época algunos anuncios al respecto, pero nada más.  Lo que consta de manera más clara es que con la herencia recibida de su abuelo paterno compró al menos cuatro casas en Santa Tecla que daba en alquiler y así contaba con unos ingresos fijos que le permitían cubrir las necesidades familiares y ayudar a la Iglesia y a los pobres que acudían a ella.  Por otra parte, yo, preferiría ver algún día a nuestra Madre Clarita como Patrona de las esposas y madres abandonadas, ¡Dios lo dirá!

 A todos dejaba admirados la capacidad de trabajo de Doña Clara del Carmen.  Tenía tiempo para Dios, tiempo para su familia, tiempos para sus negocios, tiempo para la Iglesia, tiempo para los pobres, tiempo para sí misma; claro, que esta mujer extraordinaria era de poco dormir, cuando ya era religiosa, mientras las demás hermanas descansaban, ella seguía hasta altas horas de la noche trabajando en los talleres, cortando queso con un serrucho, cosiendo y remendando la ropa de las niñas o simplemente leyendo.  Estando ya bastante enferma, sus religiosas le decían que descansara y ella respondía con mucha dulzura: Mi descanso será  allá arriba, en el cielo.

Una de las características de la personalidad de Madre Clara María es su gran sensibilidad hacia el sufrimiento del prójimo y su valoración cristiana de la dignidad de las personas.  Uno de los historiadores de El Salvador afirma que una de las consecuencias de la extinción de los ejidos dictada por el Gobierno del Dr. Zaldívar fue la desintegración de la familia salvadoreña en las clases humildes. En los inicios del siglo XX se dio, además, un desplazamiento de las zonas rurales a la ciudad y con ello la aparición de nuevas formas de explotación, entre ellas la explotación sexual de la mujer.  ¿Quiénes eran más vulnerables a este tipo de opresión? Evidentemente las niñas y jóvenes que se encontraban desprotegidas socialmente.

 Este fenómeno, las niñas y jóvenes en peligro de corrupción moral, preocupaba grandemente a Madre Clara María.  Su respuesta a este fenómeno se orienta preponderantemente en el sentido de evitar la corrupción que de regenerar a las ya caídas, para ello piensa que la forma de prevenir es la educación integral de la mujer, por ello su obra se orienta a enseñar a las jóvenes a leer y escribir, a prepararlas con un oficio y, por supuesto, en cultivar en ellas el respeto al santo nombre de Dios y la práctica de las virtudes cristianas.  Madre Clara infundía en aquellas jóvenes la idea de su dignidad como personas y como hijas de Dios.  Desde esta perspectiva es como podemos afirmar que Madre Clara María es  benemérita de la educación nacional.

 Un episodio curioso en la vida de Madre Clara se dio cuando se intentaba aprobar la Constitución liberal de 1886.  En sus disposiciones, el proyecto de Constitución, contemplaba el divorcio y la educación pública laica que iban en contra de la doctrina católica.  Todos sabemos que el siglo XIX en El Salvador, y en América Latina en general, fue de constante conflicto entre liberales y conservadores.

 En una de sus Poesías, Madre Clara, describe al pueblo salvadoreño alejado de Dios, impío, viviendo en contra de las leyes divinas.

 Sus hijos!, ¡Pobre Patria!,   ¡han delinquido!

¡Han negado su fe y su religión!

Y al vicio y al error se han convertido,

Del liberalismo masónico al ruido,

Del malhadado naturalismo al son[2].

 Ampáranos propicia en estos días,

De escándalo y negra corrupción

Yo elevo a ti las pobres manos mías

Y entre sollozos, cantos y armonías,

Te ruego nos alcances tu perdón.

 La Iglesia Católica a través de sus pastores expresó su opinión en contra de aquellas disposiciones del proyecto constitucional que iba en contra de la ley divina y del derecho de los padres a escoger el tipo de educación que quieren para sus hijos.

 Los laicos también se organizaron, enviando a la Asamblea Constituyente cartas en las que se oponían al proyecto de Constitución, influenciado especialmente por la masonería.  En Santa Tecla, varones y mujeres, por separado, enviaron sendas cartas al Parlamento.  Los pliegos con cientos y cientos de firmas comenzaban con las de las personas notables de la Ciudad; entre las primeras mujeres que firmaron aquella petición en defensa del bien común, del bien de las familias y de la educación católica, estaba Doña Clara de Alvarado.  Un acto de verdadero patriotismo.

Roberto Bolaños



[1]    Esta frase célebre fue comentada, como sólo él sabe hacerlo, por el Dr. David Escobar Galindo, en una de sus colaboraciones sabatinas para La Prensa Gráfica.

[2]   Ciertamente en El Salvador el liberalismo y la masonería causaron mucho daño a la Iglesia Católica, contraponiendo su concepción del mundo naturalista a la de ésta.  No es que los liberales fueran ateos, al contrario, con frecuencia eran católicos,  católico como mis padres pero liberal como mis tiempos,  era su lema; otro en cambio habían renunciado a la idea del Dios Cristiano para aceptar al Dios de los filósofos, es decir, que sin negar su existencia afirmaban que no intervenía para nada en los asuntos humanos.  Sorprende el conocimiento que Madre Clara tenía de las ideologías de su tiempo.  Cr. Roberto Bolaños, HISTORIA DE LAS IDEAS EN EL SALVADOR, Vol. IV, Siglo XIX.

Meditación 5

Una Seglar Comprometida

El encabezado de este apartado puede parecer anacrónico, ya que el término “seglar comprometido” es de nuestro tiempo, posterior al Concilio Vaticano II, pero a Doña Clara Quirós de Alvarado se le puede con toda propiedad, adelantándose a su época, llamar una seglar comprometida.

A principios de este siglo cierto autor francés de cuyo nombre no quiero acordarme escribió, hablando del papel de los laicos en la vida de la Iglesia, que este se reducía al de los “corderos de Santa Inés: sólo sirven para bendecirlos y trasquilarlos”.[1]  Aunque la afirmación del teólogo no es del todo cierta, hemos de reconocer que la revaloración del papel de los laicos en la Iglesia comenzó a partir de las dos grandes constituciones apostólicas Lumen Gentium, Luz de los Pueblos, y Gaudium et Spes,  Alegría y Esperanza, del Concilio Vaticano II.

Un seglar, es un católico, que quiere vivir su consagración bautismal en el mundo,  para impregnar las realidades temporales de valores evangélicos.  En cuanto bautizado, todo hombre y toda mujer, está llamado al anuncio del Evangelio, es decir, a presentar a Jesucristo y su mensaje como camino de plenitud y de salvación. 

Dentro de la Iglesia todos participamos de la misión de anunciar a Jesucristo, en razón de nuestro propio bautismo, aunque no todos tenemos conciencia de ello, de allí que el término seglar o laico comprometido signifique un bautizado que participa, desde la parroquia o un movimiento eclesial, de la misión evangelizadora de la Iglesia Católica.

El compromiso laical nace de una primera experiencia fundamental: el encuentro personal  con Cristo.  Sólo la persona que ha tenido una experiencia transformante de Cristo siente la necesidad de anunciarlo a los demás.  En este sentido podemos recordar la parábola de la dracma perdida, como la mujer barre toda la casa y cuando la encuentra sale muy contenta a contarle a sus vecinas que ha encontrado la dracma que había perdido.

Hace algunos días, leía en la vida de un santo esta expresión:  No es posible narrar en pocas páginas la vida de un santo. Quizás tampoco sería factible hacerlo en varios volúmenes. Se pueden describir hechos externos, pero ¿quién puede penetrar en la intimidad de una vida santa?  El santo es un hombre de Dios, un alma que se ha identificado con Jesucristo, ‘como Tú Padre, estás en mí y yo en Ti (Juan 17,21)…  No obstante, los santos no son superhombres, ni personas fuera de lo común, seres inenarrables. [2]

La experiencia de Dios en los seres humanos es gradual, como un proceso de iluminación que va desde la penumbra hasta la plena luz, no sin tropiezos y dificultades pero siempre con una total fidelidad a la gracia.

Madre Clara María de Jesús fue sumamente pudorosa con su vida espiritual, pocas veces hablaba sobre ello, alguna vez, en ese ambiente de confidencia que se da entre madre e hijas, habló a sus religiosas sobre su experiencia de Dios, dijo cosas maravillosas, pero les pidió que nunca lo contaran a nadie, al menos mientras ella viviera.

No obstante, la intensidad de su experiencia espiritual se trasluce en su alegría, en su abandono en manos de la Providencia, en su fe a toda prueba, en su esperanza sin desfallecimientos, en su caridad ardorosa, en sus escritos, etc.  Pero, aun así, continúa siendo verdad que la historia de un alma no se puede narrar, ni ficcionar.   Por sus frutos los conoceréis, dice el Evangelio.

Presiento que la experiencia espiritual de Madre Clarita comenzó muy temprano, en torno a los ocho o nueve años, cuando realizó su primera comunión y que tuvo su origen en una precoz devoción a la Santísima Eucaristía que la hacía madrugar, en ocasiones excesivamente, para asistir a la Santa  Misa.

Con el paso de los años fue madurando y creando en ella auténticas actitudes de oración.  Siendo ya religiosa y fundadora, decía una de sus primeras compañeras en el Convento de Belén que cada vez que pasaba por la capilla, estaba Madre Clara de rodillas ante el Santísimo.

Uno de los aspectos positivos del sufrimiento es que puede abrirnos a la experiencia del Dios de todo consuelo.  La vida matrimonial de Doña Clara del Carmen era para ella fuente de muchos sinsabores e insatisfacciones que se guardaba sólo para sí, o para el sacerdote que se encargaba de dirigirla espiritualmente.  Don Alfredo Alvarado, un hombre egoísta, que vivía para sí, no era capaz de satisfacer la necesidad de amor, de ternura, de diálogo y comprensión que necesitaba una persona de la capacidad espiritual de su mujer.  Posiblemente ella vivió también la experiencia de tantas mujeres casadas de sentirse utilizada, relegada a un segundo o tercer plano en la vida del marido, y viviendo, por ello, una gran soledad.

No todas las mujeres, sin embargo, encuentran la fuerza moral y espiritual necesaria para mantenerse firmes, como una frágil ola en contra de la tempestad. Ahí tenemos el ejemplo reciente y doloroso de Lady Diana  Spencer, Princesa de Gales.

En los momentos de gran dificultad, sea económica o conyugal, Doña Clara del Carmen no buscaba salidas fáciles, no consuelo en palabras engañosas, sino que su refugio era su Dios: ¿Señor, adónde iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna.

Me gustaría saber qué pensaba doña Carmen López viuda de Quirós cuando su hija le contaba algo de sus desconciertos conyugales. ¿Pensaría que se había equivocado al inducir a su única hija al matrimonio con un hombre al que apenas si conocían?, ¿Le aconsejaría paciencia y resignación para sobrellevar la pesada cruz del matrimonio? Ciertamente en su  madre Clara del Carmen no encontraba la palabra de aliento, de fuerza y de consuelo que necesitaba para sí misma y para ser el sostén moral de sus pequeños hijos.

Entonces Doña Clara se volvió a otra Madre, madre con mayúsculas porque es la Madre de Dios y la Madre nuestra: la Santísima Virgen María, que con razón es llamada Consuelo de los Afligidos.

Era a la Virgen María a quien Doña Clara del Carmen confiaba las amarguras más íntimas de su corazón y en quien encontraba el consuelo, la serenidad, la fortaleza necesaria para continuar adelante con su vida conyugal y familiar.  En estos primeros años de matrimonio ingresa como socia a la Hermandad de Nuestra Señora de Los Dolores, de la que a los pocos meses es nombrada por sus compañeras tesorera.

Doña Clara de Alvarado es una mujer con una profunda vocación contemplativa, pero, al mismo tiempo,  práctica y de acción, por lo que inmediatamente se organiza con sus compañeras de Hermandad para obtener fondos con el fin de renovar la imagen y las vestiduras de la Virgen de Los Dolores y, por supuesto, ayudar a los pobres en la medida de las posibilidades de la Hermandad. En su vida  Madre Clara María siempre estuvo convencida que el amor de Dios se muestra en el amor al prójimo, tal como lo enseña Jesús.

Su trabajo como tesorera de la Hermandad de La Virgen de Los Dolores fue tan eficaz, ordenado y discreto que mereció el elogio del Arzobispo de San Salvador, Monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar, mi ilustre antepasado, personaje, además, muy influyente en la vida de la Sierva de Dios, como lo veremos más adelante.

Dios va guiando el camino de nuestra vida, de tal forma que, sin violentar nuestra libertad, vayamos respondiendo a las mociones de su gracia con mayor intensidad y fidelidad.  La Hermandad de Los Dolores de la Virgen fue el primer peldaño en la entrega de Doña Clara del Carmen al servicio de la Iglesia y de sus hermanos más pobres, el segundo, fue su incorporación a la Guardia de Honor del Santísimo Sacramento.

Sin duda ninguna las Hermandades y Cofradías no han sido en la Iglesia Salvadoreña sólo una forma de agrupación de los fieles católicos con el fin de obtener ciertos fines, sino que también han abierto el camino de una auténtica experiencia religiosa a sus asociados.  Las Cofradías y Hermandades  representaron en su momento el papel que hoy tienen los movimientos eclesiales.

En su  Carta Encíclica  Iglesia de la Eucaristía el Papa Juan Pablo II afirma que el amor a Cristo en la Eucaristía se expresa aun en pequeños detalles como el cuidado que se tiene con los vasos y ornamentos sagrados, el amor se hace patente en las pequeñas cosas de cada día.  La finalidad de la Guardia del Santísimo Sacramento era precisamente ese: el cuidado amoroso de todo lo que tuviera que ver con la Santísima Eucaristía y, por supuesto, la adoración del augusto misterio del Santísimo Sacramento del Altar.

Pero es que la Hermandad del Santísimo Sacramento también enseña a sus socios el camino de la oración contemplativa a los pies de Jesús presente en el Sagrario.  Doña Clara del Carmen ya tenía  experiencia en el camino de la oración cuando se hace  de la Guardia del Santísimo, pero es en esta asociación donde descubre dos cosas importantes: el camino de la oración contemplativa y el gozo de la oración hecha a los pies del Santísimo.  “Su lugar favorito para la oración –dice Madre Magdalena del Sagrado Corazón-  era ante el Sagrario.”

La verdadera piedad eucarística no se queda en la mera adoración extática de tipo quietista, sino que trasciende necesariamente a un compromiso con los hermanos, que son sagrarios vivientes.

Una constante en la vida de las personas santas es que descubren en el sacerdote una especie de  transparencia de Cristo, el sacerdote, a pesar de todas sus limitaciones, es para ellas otro Cristo.  En este sentido es destacable la actitud de Santa Catalina de Siena  quien llega a afirmar que aunque el Papa fuera el mismo Demonio, si Dios permitiera que esto ocurriera, ella le obedecería.  Recordemos que la Santa Doctora de Siena solía llamar al Papa “el dulce Cristo en la tierra”.

En Madre Clara María, cuando aun era una señora casada, descubrimos esta  veneración por los sacerdotes, en quienes descubre al mismo Cristo, que la lleva a obedecerlos de una manera radical y a servirlos con la delicadeza de una madre.

En este sentido es como podemos entender el que a ella se le encomendara durante muchos años la administración de los ejercicios del clero.  Ella se convertía en Marta, atenta a todos los detalles, hasta los más ínfimos, de modo que nada faltara a los sacerdotes en esos días de contemplación que eran los ejercicios espirituales del Clero. Ella era Marta para que ellos fueran María.

Los primeros hermanos a los que Doña Clara de Alvarado quería servir era a sus sacerdotes. Pero eso no la hacía desvincularse u olvidarse de sus hermanos los pobres, sobre todo los más necesitados.  Es admirable que Doña Clara encontrara el tiempo necesario para cumplir con sus obligaciones como madre y esposa y además para visitar a los enfermos, a quienes prestaba los servicios más humildes, aun con enfermedades contagiosas, y acompañaba en la agonía con sus rezos, hasta que entregaban sus almas a Dios.

Otra dimensión importante de su servicio a los hermanos era la atención a los matrimonios en dificultades.  Iba a sus casas y allí, una vez que ellos le exponían sus problemas, entre los tres buscaban una solución de modo que el vínculo matrimonial no se rompiera.

Se cuenta que había una señora, Julia, a quien su esposo solía maltratar físicamente cuando estaba ebrio.  En esos terribles momentos, la señora agredida corría a buscar refugio en Madre Clara María, quien le daba acogida en el Convento de Belén, por lo menos, hasta que el marido, recobrada la sobriedad, iba a pedirle perdón y a llevarla consigo al hogar conyugal.

El Apóstol San Juan afirma que nadie puede decir que ama a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano a quien ve, y es que el criterio de verdad de nuestro amor a Dios no puede ser otro que el amor a los hermanos, con preferencia a los pobres.  Este principio evangélico lo vemos maravillosamente realizado en Madre Clara María de Jesús,  que amó a Dios por encima de todo y a su prójimo como a sí mismo.

Roberto Bolaños



[1]    Había una tradición en Roma que las religiosas del Monasterio de  Santa Inés, se dedicaban a cuidar un pequeño rebaño de corderos, que en la fiesta de la Presentación del Señor eran bendecidos por el Santo Padre para que después las religiosas cortaran su lana y con ella elaboraran el palio que en su oportunidad el Papa entregaría a los Arzobispos como signo de su dignidad arzobispal.

[2]    Miguel Dolz, San Josemaría Escrivá, 6 de octubre de 2002,  (Ediciones RIALP S.A. Madrid, octubre 2002)   página 9.

Meditación 4

La Cruz del Santo Matrimonio

La Cruz del Santo Matrimonio.

 Desde muy pequeña, Clara del Carmen, había descubierto que lo más importante en la vida es amar a Dios por encima de todo y consecuente con esta experiencia nace en su corazón el deseo de consagrar toda su persona  al amor de Dios y de los hermanos por medio de la vida religiosa.  Es difícil saber de dónde nace esta idea en la niña, que seguramente no comprendería exactamente la hondura de su deseo.  Tampoco es fácil comprender como Santa Margarita María de Alacoque siendo una niña consagra su virginidad a Dios por medio de un voto, en estos casos hemos de acudir a una explicación más allá de los límites de la  psicología o de la ética, para decir que es consecuencia de la gracia de Dios actuando en el corazón de estas personas  excepcionales.

Su madre, Doña Carmen v. de Quirós, sin embargo, tiene otros planes más mundanos para su hija: la quiere casada y con hijos. Este deseo de la madre de Clara del Carmen nace de su deseo de tener siempre junto a sí a su hija, de conocer a sus nietos.  En realidad los proyectos matrimoniales de la madre son un poco egoístas, mirando a su propio bienestar o a sus propias expectativas, sin tener en cuenta los deseos y las inclinaciones de su hija.

Los planes vocacionales de Clarita se van concretando. Conoce que las Madres Ursulinas están en Guatemala, que se dedican a la educación de las jóvenes y, además, que estarían dispuestas a recibirla, según se lo había comentado su tío Rodrigo Quirós, que viajaba a Guatemala con frecuencia.  La jovencita de catorce años se va ilusionando con la entrega de su vida a Dios.  Su madre, sin embargo era astuta, y además conoce que Clarita no es capaz de desobedecerla ni en el más pequeño de sus deseos, alguno de sus panegiristas dirá que no se sabe en San Miguel que Clara del Carmen haya desobedecido alguna vez a su madre.

Santo Tomás de Aquino afirma que los hijos no están obligados a obedecer a su padre en lo relativo a la elección de estado, lo que equivale a decir que no tienen autoridad para mandar que entren a la vida religiosa, o al estado sacerdotal o matrimonial.

A casa de Carmen López llegaba asiduamente de visita un joven costarricense, Félix Alfredo Alvarado Martínez, tenía unos 22 años,  que había llegado a San Salvador hace algunos años, después de vivir en Guatemala y Nicaragua.  Se presentaba como profesor y vestía con buen gusto, tenía un porte elegante,  bien parecido, conversador ameno, pero tras aquella apariencia encantadora había un hombre bastante egoísta, inconstante en sus obligaciones, dado al derroche de dinero en proyectos sin mayor fundamento, mujeriego, etc.

A la señora viuda de Quirós, cuya experiencia matrimonial había sido tremendamente dolorosa, le pareció que el Profesor Alvarado Martínez era el candidato perfecto para esposo de su hija y que de esta manera se le quitaran de la cabeza esas locas ideas de hacerse monja.

Clarita que estaba por cumplir los quince años era una jovencita muy bonita, con una educación excelente, entroncada con una de las familias más ilustres de El Salvador y, además, posible heredera de parte de la herencia de su acaudalado abuelo y de los bienes, tampoco despreciable, de la familia López.

Nunca sabremos si Félix Alfredo amó verdaderamente a Clara del Carmen, por los hechos posteriores casi podemos decir que no, que estaba entusiasmado ante la perspectiva de un matrimonio tan ventajoso, acaso se enamorara de ella, pues era una hermosa mujer de la que no era difícil prendarse, pero entre amar y querer hay una diferencia infinita.

Casi estamos seguros que cuando se casó con Alfredo, Clara del Carmen no estaba enamorada de él, porque ella siempre estuvo enamorada de su Dios, pero quizás con el paso de los años y la convivencia llegaría a quererlo como su esposo y padre de sus hijos que era, también amando al esposo  o a la esposa se ama a Dios.

Hay dos hechos que no podemos entender si los miramos a través de criterios actuales.  El primero es que fuera Doña Carmen López la que tomara la decisión de que su hija se casara con el profesor costarricense. Cuenta Madre Genoveva del Buen Pastor que un día su madre llamó a Clarita para proponerle una decisión de gran importancia, ella quería que se casara con Don Alfredo Alvarado.  Con la mayor sencillez, la joven respondió: ¡Como usted diga Mamá!

En aquellos años, en El Salvador no había hecho su aparición el “amor romántico”, eran los padres quienes decidían  con quien debían contraer matrimonio sus hijos, sin que a los hijos les pareciera una injerencia inadmisible en su mundo afectivo. Nosotros estamos acostumbrados que para casarse con alguien, normalmente, hay que estar enamorado de esa persona, y que la decisión de unir sus vidas es algo que corresponde exclusivamente a los novios, sin que la familia o el grupo social tenga mayor participación que congratularse con ellos y hacer votos por su felicidad.  Entonces se pensaba que el amor vendría con la convivencia y, sobre todo, con los hijos.

Tampoco el que tuviera apenas quince años era algo de lo que deberíamos extrañarnos, teniendo en cuenta que la expectativa de vida en aquellos años era muy corta, mi abuela, que era casi contemporánea de Madre Clarita (1889) se casó a los 14 años. Esto significaba que las personas, tanto los varones como las mujeres maduraban antes que en nuestro tiempo, en el que la juventud se ha prolongado casi hasta los treinta años, y las decisiones importantes como casarse también.

En algún escrito sobre Madre Clarita he leído que a los quince años “Clarita desconoce la psicología varonil”,  lo que parece verdadero si hablamos de un nivel práctico, no así el especulativo, puesto que 11 años de matrimonio prueban lo contrario.  La publicación del libro “Los Hombres son de Marte y las Mujeres de Venus” ha venido a alertarnos sobre las diferencias profundas entre la mente del varón y la de la mujer, por lo que se puede afirmar que es el amor el que ayuda a superar esas dificultades de entendimiento entre el varón y la mujer y no ese virtual conocimiento de la psicología varonil.

En todo caso, lo admirable en este caso es la obediencia sin reservas de Clarita a la petición de su madre, aunque ello significara renunciar a su propio proyecto de vida que e orientaba a la  consagración de su persona a Dios en la vida religiosa.

Cuenta el célebre autor francés Monseñor Bougaud,  en su biografía de Santa Juana Francisca Fremiot de Chantal, Fundadora de la Orden de la Visitación, que tras quedar viuda fue al convento de las Carmelitas Descalzas de París a solicitar ser admitida, y la Priora, Ana de Jesús, poseedora del don de discernimiento espiritual, le dijo que “Santa Teresa no la quería como hija sino como compañera”, esto es como Fundadora igual que ella.

Dios, en sus misteriosos designios, llevaría a Clara del Carmen por muy diversos caminos, para hacerla, casi al final de su vida, realizar su ideal de ser religiosa, pero como Fundadora de un nuevo Instituto Religioso.

Madre Clara no solía hablar de sus años de vida matrimonial con Don Alfredo Alvarado, presumimos no fue del todo feliz como mujer casada.  San Alfonso María de Ligorio solía decir que “en cuarenta años que llevaba confesando a mujeres casadas, no había encontrado ninguna que fuera totalmente feliz”.

Clara del Carmen llegó al matrimonio renunciando a su proyecto de ser religiosa, no obstante, personas que le conocieron en aquella etapa de su vida nos la presentan como una esposa y madre modelo en todos los sentidos.  Los once años que duró su vida matrimonial los vivió enteramente consagrada a cumplir con sus obligaciones familiares, tan es así, que su mismo esposo cuando ya se había separado de ella, en un raro momento de sinceridad, dice que  “en todo el tiempo que duró su vida conyugal no tiene el menor reproche que hacerle”.

En la Carta a los Efesios, dice San Pablo, que las mujeres obedezcan en todo  sus maridos, como al Señor.  Doña Clara del Carmen fue una esposa en todo obediente a su esposo, no con una obediencia servil sino cristiana, lo que quiere decir que no hay en ella una anulación de la voluntad ni de la libertad, sino que su obediencia nace de la vivencia que es “lo que conviene en el Señor”.

El matrimonio, enseña la Iglesia, está orientado por su propia índole natural a la procreación de los hijos.  En el matrimonio  Alvarado Quirós pronto comenzaron a venir los hijos y procrearon en total seis hijos, según lo reconoce Madre Clara María en su testamento: María Modesta del Carmen, Cipriano Alfredo, Francisca Mercedes, Cipriano Manuel de Jesús,  María Gertrudis y María.

La relación con Don Alfredo, era la de una esposa cristiana. Cada vez que meditamos en esta etapa de la vida de la Madre, no podemos menos que recordar a Santa Rita de Cascia que también fue modelo de esposa obediente y sumisa, por motivos sobrenaturales, a su esposo Fernando.

Don Alfredo, sin embargo, no era el esposo que ella merecía, alguien que no supo estar a la altura de la compañera que Dios le había dado.  Desde el principio vivió ocultando parte de su historia, se presentaba como Profesor, no siéndolo, enredado en proyectos que no tenían posibilidad de salir adelante, como el de Liceos y Colegios de los que quería ser propietario y Director, sin tener la cualificación académica necesaria, invirtiendo dinero que era de su familia en dichos proyectos, sin que le importara la estabilidad económica de su familia, que corría a cuenta de los bienes y del trabajo de su esposa, ausentándose con frecuencia y por largas temporadas del hogar para vivir en San Salvador, pero toda la ruindad de su alma se mostraría en acontecimientos posteriores.  Doña Clara del Carmen, sin embargo, lo trataba como si fuera el mejor y el más leal de los esposos.

Con gran esmero, Clara del Carmen se dedicó a la educación humana y cristiana de sus hijos, para todos con el mismo amor y con la misma veneración. Es una lástima que nadie haya recogido los recuerdos de sus hijos sobre madre tan santa, porque habría sido un testimonio valiosísimo de cómo de sus virtudes en esta etapa de su vida.

Tengo muy presente la imagen de Doña Clara, dice un testigo, siendo una esposa joven y hermosa, llevando a sus hijitos mayores al colegio que las Señoritas Campos tenían en Santa Tecla.

Otra testigo, igualmente recordará, que Doña Clara era una de las personas que más colaboraban en la vida parroquial, era una mujer de Iglesia, dice.  El párroco de la Inmaculada Concepción tenía mucha confianza en ella. Un día, mientras estaban en el Santo Vía crucis el párroco es llamado para atender a una persona que se encontraba moribunda. El Sacerdote le entrega a Doña Clara el libro del que leía y le dice: “Siga Usted”.

Ella, se vio un poco sorprendida y se puso nerviosa, así que comenzó a pasar páginas diciendo: aquí no es, aquí tampoco, hasta que halló la página correspondiente y prosiguió con el santo ejercicio.

Madre Genoveva dirá que sin ningún libro, Madre Clara María, hacía unas meditaciones sobre el camino de la cruz como ella jamás leyó en ningún otro libro.  Esto, de alguna manera, expresa la profunda, asidua y amorosa contemplación de la pasión y muerte de Jesús realizada por la Madre Fundadora.

Al concluir las labores del día, todavía le quedaban fuerzas a Doña Clara del Carmen para dedicarse a la lectura de libros piadosos y espirituales: San AgustínSan Juan de la Cruz, Tomás de Kempis, pero, sobre todo, Santa Teresa de Jesús, con quien sentía una grande empatía espiritual.

Roberto Bolaños Aguilar.

Meditacion 3

La Educación de Clara del Carmen.

La tarea de educar a los hijos es una de las más nobles e importantes que pueden asumir un hombre y una mujer a quien Dios le ha dado el don de los hijos.

La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia hace conciencia a los esposos de la obligación que asumen al traer hijos a este mundo, que no consiste sólo en procrearlos y alimentarlos, sino en educarlos, es decir, facilitarles el camino para que en el futuro puedan llegar a ser adultos libres y responsables,  que asuman con gozo sus deberes para con la sociedad en que viven y con la Iglesia a la que pertenecen.

En este sentido educar es potenciar todas las cualidades de la persona humana, tanto en el orden físico, como psicológico, social, moral y espiritual.  Los padres son los primeros responsables, por derecho natural, de la educación de sus hijos, tarea en la que pueden ser ayudados sea por el Estado o por la Iglesia, pero esto sólo de manera subsidiaria, de modo que los padres no pueden ni deben descargar la obligación de la educación de sus hijos en nadie.

Hemos hablado de la educación que Clara del Carmen recibió en su hogar, pero también sabemos, por su primera biógrafa, Madre Genoveva del Buen Pastor,  que asistió a un colegio de los que existían en ese tiempo en la ciudad de San Salvador.  ¿Sería el mismo del Profesor José María Cáceres?  ¿ o el de la señorita de origen francés Agustina Charvin?  Lo cierto es que su educación intelectual  podemos descubrirla en sus escritos posteriores, de manera especial en sus Poesías, en sus conocimientos musicales y matemáticos, en su hermosa caligrafía, algo muy importante en aquellos lejanos años, y en el dominio aceptable que poseía de la lengua de francesa.

La inteligencia de Clara del Carmen no era de tipo especulativo, sino más bien práctico, con cierto predominio de los aspectos volitivos,  esto en consonancia con los énfasis educativos de la época, hicieron de la Fundadora de las Carmelitas de San José, una persona sumamente disciplinada, atenta al cumplimiento de su deber, sin perder por ello la espontaneidad, la alegría y el salero que la caracterizaron.  En este sentido es dable afirmar que Madre Clara María  pedía a sus hermanas que hicieran bien las cosas, sobre todo aquellas que, como la Liturgia, se refieren a la gloria de Dios, pero sin excesos, teniendo siempre en cuenta el amor del prójimo.

Aunque suene a anacronismo podemos decir que Madre Clara María tuvo un alto coeficiente de inteligencia emocional, que la hacía saber ubicarse en el contexto en que vivía y proyectarse de manera positiva en él.

Jerónimo Gracián, el notable escritor español autor de “El Criticón”, decía que “la verdadera universidad son los libros”.  Los hombres y las mujeres de nuestro tiempo sabemos que la formación continuada es una necesidad si no queremos quedar desfasados en los cambios constantes de nuestro mundo.  Aun en los momentos difíciles de su vida, Madre Clara María,  tuvo el hábito de la lectura de buenos libros, sobre todo de espiritualidad, lo que a la larga le dio un conocimiento extraordinario de algunos autores como San Agustín, San Juan de la Cruz y, de manera especial, la Madre Santa Teresa de Jesús.

Gracias a los estudios del Padre Arturo Rodríguez sobre las Poesías de Madre Clara, podemos darnos cuenta de su vida intelectual, de sus lecturas, de las influencias que tuvo y, sobre todo, de su admirable conocimiento de la Sagrada Escritura, sin duda el libro que más influencia tuvo en su vida, adelantándose en  muchos años al Concilio Vaticano II que puso en manos de los laicos las páginas abiertas de la Biblia.[1]

San Alfonso María de Ligorio respondió a una comunidad de religiosas que le escribieron para pedirle que les enviara cilicios y cadenillas para la penitencia, que les enviaba “un lote de libros espirituales que más que los cilicios les ayudarían a ser santas”.

No quisiéramos presentar a Madre Clara María como una mujer de hondas preocupaciones intelectuales, pero si destacar la importancia que en su vida tuvo el interés por el conocimiento y la formación del intelecto  y del espíritu.

Roberto Bolaños Aguilar.



[1]    Con esto no queremos afirmar que antes del Concilio Vaticano II la Iglesia no hubiera dado importancia a la lectura de la Sagrada Escritura entre los fieles laicos, basta recordar la obra del Papa San Pío X, pero sí que a partir de entonces se ha dado de una forma más intensa.