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Oración - Para la devoción privada:

Comentario a la Poesía 1

 A la Virgen de Bethem

niñas

Sentí una emoción indescriptible la primera vez que tuve entre mis manos la versión original de las poesías de Madre Clarita, pues era poner mis manos donde alguna vez las puso ella. Eso sin juzgar de sus valores estéticos y de su técnica poética, pues para ello doctores tiene la Santa Madre Iglesia.

Su letra hermosa, caligráfica, clara, serena, hecha sin prisas es vehículo de alta espiritualidad cristiana. Ella en verdad logró en lenguaje poético transmitir con justeza y sencillez las ideas de la doctrina cristiana, ideal de este estilo de poesía, lo que entre nosotros sólo había logrado el Padre Bernal.

Sin duda, una de sus poesías más logradas es la que lleva por título A la Virgen de Betlem, que es una hermosa paráfrasis de la oración tradicional de la salve.

Sin pretensiones de gran poeta, Madre Clarita comienza afirmando con contundencia que sólo los amores de Dios comprende.

Es claro que la Sierva de Dios quiere delimitar bien su campo, que no es el de la mera literatura, sino el de la experiencia de Dios, que trasciende los límites de la razón, pues trata de expresar una vivencia de fe.

Ya lo dijo San Juan de la Cruz, que la experiencia de intimidad con Dios:

Es un sublime sentir,

Un sentir no sabiendo,

Toda ciencia trascendiendo.

 Y Santo Tomás de Aquino piensa que hay dos tipos de conocimiento; uno discursivo, que tiene como instrumento la razón, y el otro directo e inmediato que tiene como causa la intuición; en ese sentido hemos de entender el “Sólo los amores de Dios comprendo”, por la autorrevelación de Dios en la persona del creyen

Acaso Madre Clarita, recordara con nostalgia su vocación poética, pero su seguimiento de Cristo le pide dejarlo todo, aun la lícita poesía religiosa; al parecer hubo una época de su vida, más productiva en este sentido.

Ella ocupa un interesante recurso poético para introducir su poesía. Se imagina, que escucha un eco (una voz eca) que le recuerda su condición de poeta. Ella escuchando tal voz se siente halagada (hueca) y, sin llegar a la vanidad, es decir sin comprender lo que la voz le dice, pues quiere dejar claro que sólo el amor de       Dios le interesa, hace de su poesía una oración, sublimación la llamaría S. Freud.

Una tarde, recuerdo;…

Oí que una voz eca (el eco de una voz)

Me arguía de poetisa;

Y yo muy hueca

Recibía los loores,

De cosas que no entiendo,

pues sólo los amores

de Dios comprendo.

Pero sentime ufana,

Al cabo…y atrevida

Un día de la mañana,

Pulsé mi lira

Que, aunque ya destemplada,

Y envejecida,

Me dió sus acordes:

 Madre Clara María no solía fechar sus poesías, sobre todo en las versiones corregidas, por eso cuando las leemos nos preguntamos ante sus escritos ¿y esta poesía cuándo la escribió? Evidentemente las circunstancias históricas, se nos escapan y las biográficas también, por eso sólo podemos elucubrar sobre la fecha de composición de sus poesías.

Imaginamos que “A Nuestra Señora de Belén”  fué escrita ya tarde en la vida de Madre Clara María, ya era religiosa en el convento de Belén (1916), antes del terremoto de 1919. La veneración devota  a la Virgen de Belén  está centrada en el antiguo Convento de Belén fundado por los Padre Capuchinos y tiene relación directa con la        Divina Pastora.

La misma Autora habla poéticamente de una lira envejecida y ya desafinada por el desuso. De modo que se puede deducir que pasó muchos años sin pulsar su lira poética. Pero la Virgen María, en el misterio de Belén, bien vale la pena (pues tanto es tu valer, que para nos valer, si nos vales).

Es un momento de mucha tensión poética en el que llega la necesaria inspiración poética (las musas) y pulsando la lira (que nos recuerda cuando la declamación era acompañada por la lira), de su instrumento musical brotan los primeros acordes de su poesía, en realidad de su alma, su poesía no es una mera forma sin alma, ella puede ser definida como poesía del corazón (recordemos el pensamiento de Blas Pascal: el corazón tiene razones que la razón no entiende).

Su estructura formal es muy sencilla, se trata más bien de una oración poetizada, que expresa la devoción mariana de su Autora. Es simplemente una paráfrasis de la oración tradicional que data del siglo XIII, y que algunos atribuyen a San Bernardo de Claraval. Teológica y piadosamente fué comentada por San Alfonso Mª. de Ligorio en sus inmortales “Glorias de María”.

Tres cosas comienza invocando Madre Clara María:

1  La primera expresión, pretende llamar la atención de la Virgen:  ¡Salve Regina!. María es reina, porque su divino Hijo es el Rey de Reyes, pero es reina no de justicia sino de misericordia.  Como a una reina la saluda: ¡Dios te salve!

 2  La segunda expresión de la Autora la invoca como Madre, cuya característica principal es la misericordia, la ternura por sus hijos, el amor entrañable. Entre las cosas que la Virgen María dijo a San Juan Diego en el Tepeyac, recoge el Nican Mopohua, es: no estoy yo aquí que soy tu Madre.

 3  Y la tercera, es la más personalizada. Sí María es la Madre de todos los que creemos en Cristo, es mi madre. La experiencia de la maternidad de María es fundamental en la espiritualidad mariana de Madre Clara María de Jesús.

 Cuenta el teólogo Ruffini en su “Vademecum de Ejemplos Predicables”, que muchas veces me sacó de apuros, que se encontraba Don Bosco conversando con un grupo de pequeños desharapados y les preguntó: ¿quién es María?

 Uno respondió rápidamente: ¡es la Madre de Dios¡. Bien, respondió el santo, pero la respuesta es incompleta.

Otro chico dijo: ¡María es Madre de Cristo y de todos los cristianos!. Mmmmm…musitó Don Bosco…algo falta a tu respuesta.

 Finalmente les dijo: María es mi madre. Ella tiene una relación de maternidad con cada uno de nosotros.

 Madre Clara María no habla de oídas, ni de lo que  ha leído, habla desde la experiencia, de alguien que la ha acompañado a lo largo de su vida y cuya presencia ha sentido en los momentos más difíciles de ella, como cuando, recién abandonada por su esposo, murió en sus brazos su pequeña hija Francisca Mercedes.

 Evidentemente, el lugar donde nace nuestra oración la contextualiza, la encarna. En ese sentido no será lo mismo orar desde la soberbia Londres que hacerlo desde la violenta San Salvador. Oramos desde nuestra vida y peculiar situación.

 Siguiendo la pauta marcada por la Salve, Madre Clara María señala como lugar donde nace su imploración, a Tí clamamos, a Tí suspiramos gimiendo y llorando, el mundo en su carácter existencial: un valle de lágrimas y miserias, de dolores y de afanes, el Edén era un valle de delicias, el mundo un valle de lágrimas.

 La razón espiritual por la que este mundo es un valle de dolores, para merecer quizá sería mejor decir, es el alejamiento de Dios por el pecado, que es la herencia maldita de Adán y Eva-Ave. 

Clamo a tí, Virgen bendita,

Desterrada [1]en este valle

De lágrimas y miseria, de dolores y de afanes,

Que me legó Eva primera,

Con el pecado culpable…..

 En la oración de petición, a Dios agrada nuestra súplica, y hasta nuestra insistencia, saber qué y cómo pedirle a Dios lo que necesitamos es lo más difícil,  es necesario establecer una prioridad entre lo espiritual y lo material necesario; naturalmente hay cosas que el Señor no va a negarnos, como el Divino Espíritu, porque sabe que las necesitamos para alcanzar la meta de nuestra existencia que es la salvación, lo demás será una añadidura. Madre Clara María sabe esto, por eso en su oración poética pide salvarse por la misericordia de Dios:

¡¡Dulcísima Medianera!!

¡¡Concédeme que me salve!!

 Sabe que el Padre Dios, y más la Virgen María no le negarán nada que les pida por su Hijo, por eso dice a María Santísima:

Vuelve, Señora, tus ojos

Y por el Bendito Fruto,

De tus entrañas ¡oh Madre!,

Clemente escucha mis ruegos,

¡¡Dulcísima Medianera!!

¡¡Concédeme que me salve!!

 Madre Clarita sabe perfectamente que “no hay otro Nombre en el cielo y en la tierra por el cual podamos salvarnos que el de Jesucristo”, Él es único Mediador entre Dios y el hombre, pero como enseña el Concilio Vaticano II que, tanto María como la Iglesia, son mediadoras de gracia.

 Pero que sus mediaciones han de entenderse en la mediación única de Cristo.”  Experiencialmente, la Sierva de Dios, sabe que para llegar a Cristo la vía más recta es por María, por ello refugiándose en la celestial protección de tan gran Señora espera y confía.

 Sin embargo el amor de Madre Clara María, a quien llama su Madre, “vuelve Señora tus ojos; a esta tu hija miserable”, reserva el título de Mediador exclusivo, pero en esa única mediación, la mediación de María es prominente, destacada; por eso, le conviene el título único de Medianera. Sin haber cursado la teología, ni hecho estudios especiales de Mariología, teológicamente hila muy fino en su poesía.

 El fin de refugiarse bajo el manto de María es finalmente alcanzar la meta: ver a Dios. Tú y yo sabemos que sólo los limpios de corazón verán a Dios ¿no esa nuestra máxima aspiración?

 Dos imágenes usa Madre Clara María para expresar la vida beatífica en el cielo.

Maria

 La primera es muy hermosa, se trata de pedirle a la Virgen que nos muestre a Jesús; otra tiene que ver con los pechos que ella califica de purísimos, que le amamantaron, y el seno virginal que le acogió; la maternidad divina y humana tienen así que ver con la suprema libertad de acoger una vida que no es propia, ni una excrecencia del propio cuerpo, pero que tiene un lugar dentro de los planes salvíficos del Padre Dios.

 El mayor anhelo de Madre Clara María es ver a Dios, ir al cielo, en otras palabras, por eso, recurre a la intercesión orante ante María, pues sabe perfectamente que sin la ayuda de la gracia (María es la Llena de Gracia) el esfuerzo humano por salvarse es inútil: 

Para que haciéndome digna,

De las promesas, alcance,

De tu Hijo bendítisimo,

Ir a la gloria a gozarle.

Al llegar a poseer y gozar a Dios, cumplida la meta, qué descanso y regocijo, ya todo será alabanza de Cristo, por su misericordia, y de las grandezas de María. En una hermosa estrofa se imagina los gozos celestiales, en que ella, en compañía de los coros angélicos entonará con su vieja lira ¡Salve!¡Salve!.

 Vuelta la mirada “a este valle de lágrimas y de miserias” en donde su oración se torna petición de socorro, sobre todo. En un místico intercambio con los pastores de Belén y con los santos Reyes Magos y presenta en lugar de sus donecillos sus oraciones llenas de fuego (fervientes) y en vez del oro, el incienso y la mirra de los Reyes Magos ofrece sus amarguras, su amor y su oración ardiente. 

magos

En realidad, la poesía-oración de la Sierva de Dios nos habla de su entrañable oración mariana y expresa su convicción de ser hija de María a quien acude en busca de gracia para vencer en la lucha que es la vida cristiana.

 A un fariseo que preguntó a Jesús ¿quién es mi prójimo? El Señor le contestó narrando la historia del hombre malherido por los ladrones y socorrido por un samaritano que lo trató como su prójimo. Al finalizar le dijo: “Ahora vete y haz tú lo mismo.”

 Esta poesía nos muestra no sólo cuán admirable es en Madre Clara María la devoción y confianza marianas, sino para que nosotros, cristianos del siglo XXI hagamos lo mismo.

Maria5

Roberto Bolaños Aguilar.

Santander, Noviembre 2014



[1]    La nostalgia del paraíso, el sentirse como alguien que está lejos de su tierra, es común en los espíritus más sensibles. San Pablo afirma que somos ciudadanos del cielo.

POEMA A MADRE CLARITA, MARTES 12 DE AGOSTO DE 2014

Desde Colombia con cariño a Madre Clarita

A NUESTRA FUNDADORA MADRE CLARITA
M.Clarita1 

A nuestra Madre Fundadora mil gracias damos hoy

 en este día de fiesta por su entrega, ayuda y atención.

 

En una ciudad de El Salvador , una pequeña fue a nacer    

   llena de gracia, nobleza y sensatez, para llenar al mundo con su sencillez.

 

Tú de niña muy pequeña, a tu madre obedecías  

    con prontitud y entusiasmo, siempre estuviste sumisa.

 

Dando crédito a tus frases  “COMO USTED DIGA MAMÁ”     

     se encontraba Madre Clarita, obedeciendo sin renegar.

 

Ya de joven, tu muy grande, decidiste entregarte

  a la obra misionera, para huérfanos ayudarles.

 

Con obediencia y sumisión, a nuestro Cristo Redentor       

  entregaste tu corazón, para enseñarnos hoy 

    el valor de la oración.

 

Siguiendo la obra misionera, a las Carmelitas tu creaste     

    para entregarle a Cristo, un inmenso homenaje.

 

  A muchas personas ayudaste,  llevando a la comunidad           

 a extremos inolvidables.

 

Está llagando el Centenario, el cual vamos a celebrarlo      

 recordando tus palabras, regalando a Dios tu casa, tu corazón y tu vida 

Madre Clarita 

 

Meditación 20

manos

MADRE CLARA MARÍA QUIRÓS

Y LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU.

Recuerdo que en el año de mi Noviciado se nos enseñaron algunas técnicas de meditación en un libro llamado “Caminos de Libertad”. Una de esas técnicas, el libro estaba muy influido por la espiritualidad oriental, consistía en fijar la mirada atenta en una fotografía de un paisaje o de una persona, eso conducía a crear una relajación mental y espiritual que favorecía la meditación y la oración. El otro día contemplaba de modo receptivo una fotografía de Madre Clara María, Me centré casi exclusivamente en su mirada.

Sin duda era una mirada profunda, clara, transparente, pero sí es cierto eso que dicen que la mirada es ventana del alma, en esa mirada había algo más…

Lo primero que se me vino a la mente fue la Bienaventuranza proclamada por el Señor Jesús: ¡Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios!

Naturalmente de esa limpieza del corazón a la que se le promete la visión beatífica nos hablan los ojos de Madre Clara.

MADRE CLARITA

Su mirada habla de los frutos del Espíritu que, en oposición a los frutos de la carne, nos habla San Pablo en su hermosa Carta a los Gálatas.

“Los frutos del Espíritu es caridad, alegría, paz, comprensión de los demás, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí mismo. Estas son cosas que no condena ninguna ley.”  (Gál 5, 22-23)

En algunos sitios el Evangelio habla de que es necesario dar frutos que hemos de dar para alcanzar la vida eterna.  Esto aparece claro en la enseñanza de Jesús sobre la Higuera Estéril y en la Parábola de La Vid y los Sarmientos.

La importancia de los frutos, que en otra parte se llaman frutos de conversión (Mt 3,8), es destacada en el Evangelio de San Juan, cuando compara al cristiano que ha sido injertado en Cristo con los sarmientos y Jesús con la vid que los alimenta y sostiene. “Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador. Toda rama que no de fruto la corta. Y todo sarmiento que no de fruto lo limpia para que dé más fruto.” (Jn  15, 1-2) La misericordia y la paciencia de Jesús quedan patentes en el relato de la “Higuera que No Da Fruto”: “Un hombre tenía una higuera que crecía en medio de su viña. Fue a buscar higos, pero no los halló. Dijo entonces al viñador: mira hace tres años que vengo a buscar higos a esta higuera, pero nunca encuentro nada. Córtala, porque está consumiendo la tierra inútilmente. El viñador contesto: Señor, déjala un año más y mientras tanto cavaré alrededor y le echaré abono. Puede ser que así de fruto y, sí no, la cortas. (Lc 13, 6-9)

En esto de dar frutos, no es tan importante la cantidad, 100%, 60% o 30 %, sino la calidad de la tierra. El sembrador siembra la semilla, el fruto depende de la bondad o maldad de la tierra. Es decir, los frutos del Espíritu dependerán de que lo dejemos actuar en nuestra vida. (dejarse guiar por el Espíritu). Sin nuestra colaboración, el Espíritu es como un pájaro con las alas atadas que no puede remontar el vuelo.

La Escritura, lógicamente, no se preocupa de dar definiciones ni siquiera aproximaciones conceptuales, por eso acudimos al Catecismo de la Iglesia Católica en busca de ella. El número 736 nos  dice: “Gracias a este poder del Espíritu Santo los hijos de Dios pueden dar fruto. El  que nos ha injertado en la Vid verdadera hará que demos  el “fruto del Espíritu que es caridad, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza….”

  De modo que los frutos del Espíritu es el resultado de la acción de Dios en nosotros. Hemos sido destinados a producir estos frutos, tal como lo dice Jesús en el Evangelio: “Os he destinado para que deis fruto, y vuestro fruto permanezca.” (Jn 15, 17)

Los frutos del Espíritu Santo tienen una clara perspectiva de plenitud escatológica. Es el famoso árbol de la vida que estaba en el centro del Jardín del Edén, frutos del Espíritu es sinónimo de vida verdadera, también el Profeta Ezequiel, al describir el nuevo templo de Jerusalén, habla de los árboles plantados a la orilla del torrente de agua viva que brota del templo, nos dice que sus hojas siempre están verdes y producen fruto todo el año: “En los márgenes del torrente, desde principio a fin, crecerán toda clase de árboles frutales; su follaje no se secara, tendrán frutas en cualquier estación. Producirán todos los meses, gracias a esa agua que viene del santuario. La gente se alimentará con sus frutos y sus hojas les servirán de remedio.” (Ez 47, 12)

En la vida de Madre Clara María podemos ver operantes, lejos de teorías, los frutos del Espíritu Santo en nuestra vida cotidiana.. Es más, podemos decir que su vida entera es un dejarse guiar por el Espíritu Santo, demostrando una vez más su condición de hija por el espíritu de adopción que hemos recibido.

Al hablar de frutos del Espíritu, San Pablo, no los enumera taxativamente, es decir, no debemos suponer que sólo esos dones que menciona existen. El Espíritu Santo es libertad, por eso el Nuevo Testamento lo compara con el viento “que lo sentimos soplar pero no sabemos adónde va ni de dónde viene”.

La conclusión que se impone es que hay incontables frutos del Espíritu, pero no debemos aceptar como tales sino aquellos que han sido debidamente comprobados por la comunidad. ¿Ese don te trae paz espiritual?

Los dones del Espíritu han de ser contextualizados dentro de la tensa lucha entre la carne y el espíritu para ser bien comprendidos. Dice San Pablo a los Gálatas: “Los que pertenecen (subrayo la palabra pertenecen) a Cristo Jesús han crucificado la carne con sus impulsos y deseos. Sí ahora vivimos según el espíritu, dejémonos guiar por el Espíritu…” (Gál. 5, 24-25)

De tal modo que entre más nos dejemos guiar por el Espíritu más iremos progresando en nuestra vida espiritual. Porque Al encontrar una persona dócil a sus mociones el divino Espíritu va aumentando sus gracias, porque al tiene mucho más se le dará, pero al que tiene poco se le quitará hasta lo que cree tener.

Es evidente que la gran inspiración del Espíritu a Madre Clara María es la fundación de las Carmelitas de San José, pero a nivel más personal la podemos descubrir como una mujer llena del Espíritu. Los Fundadores de Institutos Religiosos fueron y son hombres y mujeres llenos del Espíritu.

Releyendo, desde esta perspectiva, a las biógrafas primeras de Madre Clara María, nos hablan de los frutos del Espíritu, como de las virtudes que adornaron la vida de la Sierva de Dios, pero nosotros sabemos por experiencia que “Sin Cristo no podemos dar frutos” (sinne me nihil potestis facere). El salmo 85 lo afirma claramente cuando dice: “El Señor dará la  lluvia y nuestra tierra dará sus frutos”.

Sin duda los frutos del Espíritu suponen como base una vida entera de mortificación. No se suele hablar de la vida ascética de Madre Clara María, como tampoco se hace de su vida mística, pero su actitud de abnegación hemos de suponerla cuando contemplamos sus frutos ubérrimos, porque el árbol malo no puede producir frutos buenos.

Flor-61

Entre las actitudes que Madre Genoveva del Buen Pastor y Madre Magdalena del Sagrado Corazón recuerdan de forma especial en Madre Clara destacan su caridad universal, lo mismo ayuda a hombres y mujeres, a niños en peligro moral de corrupción y a  niñas, a justos y pecadores, todos tienen cabida en su inmenso corazón de madre, también se resalta su alegría o gozo espiritual que no es la alegría superficial de las personas, sino el saber en su interior que en esperanza está salvada. El perfecto amor excluye todo temor, siempre hemos reparado con admiración en su actitud ante la muerte. Después de un ataque al corazón les dice a sus hermanas: ¿por qué no me dejaron ir? Y cuando ya enferma seguía trabajando le decían sus hermanas: ¡Madre, descanse!, solía responder con naturalidad: mi descanso será en el cielo.

Dirá Madre Genoveva del Buen Pastor, refiriéndose a las primeras Carmelitas de San José que eran verdaderas maestras de virtudes, yo simplemente diría que estando tan próximas a la Fundadora y al big bang fundacional constituían un grupo de mujeres abiertas al Espíritu. Al escrito de Madre Genoveva yo le llamo las verdaderas florecillas de Madre Clara, en recuerdo de Tomás Celano primer biógrafo de San Francisco de Asís.

Sus disposiciones espirituales, frutos y virtudes, nos dirá Madre Magdalena Barreto, hacen a Madre Clara María una de esas personas que atraen: “El orden, la alegría, la sinceridad y franqueza, el buen trato y la sensibilidad….”.

“…Era muy humilde y sencilla y amante de la vida fraterna…”

“Trabajaba día y noche y no por eso dejaba sus prácticas de piedad, que era el pan que la robustecía y la sostenía.”

Continúa Madre Magdalena: “De ahí, el género de vida que abrazó, sobrio, austero, y espíritu de servicio incondicionalmente…..”

Sin embargo, el fruto del Espíritu que más llama la atención en Madre Clarita es su tremendo equilibrio personal, la armonía entre su vida individual y su vida comunitaria, la madurez con que asume su pasado, la confianza en Dios con que mira al futuro, en una palabra el realismo y la ponderación que manifiesta en su vida entera.

Dominio de sí misma, bondad, generosidad, mansedumbre, de todos esos frutos del Espíritu podemos hallar ejemplo en su vida, pero exceden los estrechos límites de éstas líneas.

 

ROBERTO BOLAÑOS AGUILAR.

 

Meditación 19

Meditación 19

Madre Clara María de Jesús

y la Vida Teologal.

1. María Zambrano, destacada filósofa española, en su libro “El Hombre y lo Divino”, establece que en la estructura más íntima de los hombres y las mujeres existe una dimensión teológica, lo mismo que existe una dimensión política, económica o ética. Esto quiere decir que, por su misma naturaleza el hombre y la mujer están referidos a Dios. Esta verdad humana el Concilio Vaticano II la expresa de manera muy hermosa cuando dice que el hombre está llamado a vivir en comunión con Dios, esto es, a ser uno con su Dios, no por la naturaleza, pero sí por el amor y la uniformidad con la voluntad de Dios. Desde este punto de vista podemos hablar del hombre como una realidad teológica.

La constatación de la anterior afirmación la hacen los filósofos de la religión al fundamentar desde la razón el fenómeno religioso y la apertura del hombre a la trascendencia divina, una apertura que naturalmente supone también la apertura a la trascendencia de los otros, como prójimos; de igual manera podemos recordar que la Historia de las Religiones también constata con sus propios métodos, que a lo largo de la historia de la humanidad, todos los pueblos y en todas las épocas los seres humanos han buscado a Dios, han intentado relacionarse con él y han querido darle culto y tenerlo favorable a través de ofrendas y sacrificios. En la historia no existe un solo pueblo ateo, ni siquiera en aquella época en que el marxismo triunfante imponía a los pueblos el ateísmo y les privaba de su libertad religiosa. El ateísmo es un snobismo de la modernidad, un sueño de la razón.

 Para cada hombre y cada mujer la experiencia de Dios es necesaria y aquello en quienes falta, son seres humanos incompletos, no plenificados por el encuentro amoroso con Dios.

 Acaso la primera experiencia de Dios que tengamos los humanos es la de su ausencia; nos damos cuenta, en los escasos momentos de interioridad que tenemos, que hay algo que falta en nuestra vida, algo que presentimos como muy importante, es más, como absolutamente necesario como el aire para la vida, y tenemos la sensación de ahogo existencial. Quizás por eso, la entera vida humana puede ser definida como una búsqueda. El Cantar de los Cantares nos presenta a la amada que encendida de amor por su Amado sale en su búsqueda: Por la noche, en mi lecho, busqué al amado de mi alma, búsquelo y no lo encontré. Me levanté y salí a buscarlo por la ciudad…

 La dialéctica de la vida espiritual y amorosa es precisamente: Búsqueda, encuentro, búsqueda, encuentro.

 Es claro que esta relación búsqueda-encuentro en el cristianismo se vuelve un tanto más compleja, porque no es sólo el hombre el que anda a la búsqueda de Dios, sino que también Dios es Alguien que busca revelarse a los hombres saliendo a su encuentro; es decir, en las religiones reveladas es Dios que se hace el encontradizo.

 El libro del Éxodo recoge, en el episodio de la zarza que arde sin consumirse, nos muestra lo que podríamos llamar el paradigma del encuentro del hombre con Dios, o, ¿no sería mejor decir de Dios con el hombre?

 Todos conocemos la historia y el estado anímico de un hombre, Moisés, que había pasado de ser Príncipe de Egipto, a ser un desterrado, perseguido por la justicia, extranjero en el territorio de Madián. Refiere el Éxodo que un día, estando cuidando los rebaños de Jetró, su suegro, en las faldas del Monte Sinaí, una elevación impresionante en medio de un desierto, contempla el extraño espectáculo de un arbusto de zarza que ardía sin consumirse; lo interesante no era la zarza que ardía, sino que ardiera sin consumirse.

 En la vida humana Dios ejerce una fascinación tan grande, que todo lo que a él se refiere despierta en nosotros un tremendo interés. La Escritura refiere que el Rey Herodes Antipas al escuchar lo que Jesús hacía, tenía curiosidad por conocerlo. Lástima que para muchas personas Dios sea sólo un objeto de curiosidad, pero no influya en sus vidas para nada.

 Movido por el interés en la zarza ardiendo, Moisés se acerca al lugar donde se encontraba, pero en cuanto se aproximó escuchó una voz que decía: Quítate las sandalias porque el lugar que pisas es sagrado.

 ¿Quién es el que encuentra a Dios? ¡El que se quita las sandalias! Recordemos que en el mundo antiguo los que usaban sandalias eran solo las personas de alcurnia, los pobres andaban descalzos; de manera que quitarse las sandalias era un acto de profunda humildad, casi como desnudarse, para ponerse tal cual se es delante de la divinidad. Dios se oculta a los soberbios y muestra su rostro a la gente humilde.

 Así, desde la más profunda humildad, es como el hombre y la mujer pueden encontrarse con Dios. Moisés entabla un diálogo con Dios. En el momento culminante, Moisés le hace a Yahvé, la pregunta con la que comienza cualquier amistad o cualquier relación de amor: ¿Quién eres? A lo que Yahvé responde con esa brumosa y misteriosa respuesta que tanto hizo meditar a San Agustín: Ego sum qui sum. Yo soy el que soy, que era como decirle yo soy el inefable, el incognoscible, el misterio supremo, el único ser necesario, el que es por excelencia. Yo soy el que seré para ti.

 Descubrir a Dios es para el ser humano la experiencia más gratificante que pueda tener, porque es encontrarse con Aquél que puede dar sentido a su vida y a todo lo que acontece en ella, que puede darle la felicidad y la plenitud que no pueden darle las criaturas caducas. Encontrar a Dios, dirá, el Evangelio es encontrar el “tesoro escondido”, “la perla preciosa”, la “margarita sin par”.

 Algunas veces, sin embargo, pareciera que no somos nosotros quienes encontramos con Dios, sino Él quien nos encuentra a pesar de lo mucho que nos escondemos de su mirada. En los Evangelios casi siempre el Padre aparece como quien toma la iniciativa de ir en nuestra busca, basta recordar las maravillosas parábolas de la Misericordia: la Ovejita perdida y el Hijo Pródigo. (Lucas, 15)

 Con razón dice San Agustín en sus “Confesiones”: Nos has hecho para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descanse en ti.”

 El encuentro con Dios no es sólo uno, el primero es sólo la gracia inicial, como en el caso de la Conversión de San Pablo, y de tantos otros hombres y mujeres a lo largo de la historia, más bien deberíamos hablar de encuentros con Dios a lo largo de nuestra vida, que van profundizando nuestro conocimiento de Él, ahondando nuestra amistad y haciéndonos crecer en gracia y santidad. En todo caso, a pesar del pecado, Dios siempre está dispuesto a iniciar de nuevo, a darnos una nueva oportunidad.

 2. En la vida y espiritualidad de Madre Clara María, resulta evidente la estructura teológica de la persona humana. De hecho la síntesis de su vida queda expresada en aquella frase referida a Jesús presente en la Santísima Eucaristía: Todo lo mejor para Jesús.

 Hemos afirmada que la dimensión teológica de la vida de una persona se concreta en su referencia constante y auténtica a la divinidad. Ciertamente el día más importante en la vida de un cristiano, fuera de otros días también importantes, es el de su bautismo, porque es el día en que es adoptado como hijo por Dios y toda su existencia llamada a morar en la intimidad de la Santísima Trinidad, es decir, a vivir en comunión con Dios.

 El 31 de octubre de 1957, la pequeña Clara del Carmen fue llevada al Templo de Santo Domingo, conocido como La Central, y en una ceremonia íntima, el sacerdote derramó sobre su cabecita el agua de la vida, haciéndola hija del Padre Dios y miembro de la Iglesia de Jesucristo.

 Aquel día toda la existencia de la Niña quedó transformada en Cristo. Este primer encuentro de Clara del Carmen con Dios, un encuentro del que posiblemente no recordara nada, fue tan hondo que con la efusión del Espíritu recibió también las Virtudes Teologales para que dieran vida y eficacia a su respuesta al amor de Dios. Por eso se nos enseña que el sacramento del bautismo imprime carácter, porque definitivamente nos vincula para siempre al amor de Dios.

 La obra de Dios en la persona dependerá en mucho de la respuesta de cada uno al misterio de la gracia, que no es otra cosa que el amor de Dios operando en nuestra vida. Allí está la diferencia entre los santos y los creyentes mediocres; el santo da a la gracia una respuesta radical, generosa, total, nosotros en cambio respondemos a medias, fríamente, con cálculos, etc.

 Madre Clara María desde su más tierna infancia abrió su corazón a la experiencia de Dios, de modo que se dejó transformar gradualmente por el amor de Dios expresado en forma de gracia, hasta dar, como dirá el Apóstol Pablo, la medida de Cristo en su madurez.

 Es claro que esta respuesta al amor de Dios y a su deseo de salvarnos ha de ir reafirmándose y consolidándose con el tiempo, sobre todo, en los grandes momentos de crisis, de dolor y también de gozo y alegría.

 Creo que en la vida de nuestra Santa Fundadora hay tres momentos fuertes en los que su decisión por abrirse a la acción santificadora de Dios definió para siempre su vida.

 Madre Clara fue al matrimonio con la inocencia de un niño y la pureza de un ángel, dirá su biógrafa Madre Genoveva del Buen Pastor; yo, sin embargo diría, que no sólo fue pura e inocente, sino también dispuesta al sufrimiento porque tal matrimonio contrariaba su más íntimo deseo de consagrarse a Dios en la Vida Religiosa.

 Si ya desde niña, Dios la había hecho beber el cáliz del sufrimiento, en un querer asimilarla con él por el camino de la cruz, los años de su vida de casada fueron años de sufrimiento y de cruz, unida, por el deseo de su madre a un hombre que nunca estuvo a la altura de su vida espiritual.

 Sin embargo, de manera absolutamente heroica y excepcional asume aquella cruz que para ella expresa la voluntad de Dios. Nunca una queja, nunca un reproche, nunca levanta la voz, de manera que a los ojos de todo aquél es un matrimonio feliz. El mismo Alfredo Alvarado manifiesta en uno de los pocos momentos en que no se miente a sí mismo, que “en once años de matrimonio no ha tenido el menor motivo de queja”.

 Aquel matrimonio desdichado es para Doña Clara del Carmen, la ocasión de un encuentro cada día en mayor profundidad con Dios. La cruz no se puede llevar con fruto sino es estrechamente unida a Dios. Es él quien la reviste del Don de Fortaleza, quien fundamenta su vida como una roca firme, quien le enseña el valor espiritual del sufrimiento y, además, quien le da la convicción de que a la luz sólo se llega por el camino de la cruz.

 El segundo momento crucial en la vida de Madre Clara es su encuentro con la Santísima Virgen María a través de las Hermandades de Nuestra Señora de Los Dolores y de la Virgen del Carmen.

 Con frecuencia, en nuestra vida María está presente de manera más o menos clara, más o menos consciente, pero en un momento dado nos encontramos con el amor de María que viene a trastocar nuestra manera de ser creyentes.

 El Papa Juan Pablo II nos invitaba hace algunos años a contemplar a Cristo para amarlo más y adentrarnos con Él en el misterio de la Redención. Este es uno de los retos que la Iglesia y los creyentes hemos de asumir en los inicios de este Tercer Milenio (Tertio Millenio Ineunte) en el que queramos o no tenemos que adentrarnos. Sin embargo, el mismo Papa, en su Carta sobre el Santísimo Rosario de la Virgen María, nos invitaba a mirar a Cristo con los ojos de María. La idea es genial, pero, ¿cómo miran a su Hijo los ojos de esta Santísima Madre?… con un amor de entrega incondicional que recuerda el inmenso SÍ del día de la Anunciación.

 Anotarse en las Hermandades mariana de Santa Tecla no sólo destaca que la espiritualidad de Madre Clara María es la del pueblo, ella no pertenece a la Elite que dirigían los Padres Jesuitas. Pero en ese proceso de acercarse a la Santísima Virgen, que hace que la descubra de una manera nueva y más auténtica, la Santa Fundadora aprendió a mirar a Cristo con los ojos de su Madre Santísima. Para Madre Clara hacer esta experiencia no sería nada difícil porque ella sabía perfectamente como miran las madres a sus hijos.

 Por eso, el Padre Alberto Barrios Moneo afirma que fue la devoción mariana la que centró definitivamente la vida de Madre Clara en Cristo Jesús, el Hijo de María.

 El tercer gran momento, y miren que puede haber muchos más, es la fundación de la Congregación de Carmelitas de San José, que llevó a Madre Clara María a ahondar en su consagración bautismal por la consagración total de su persona a Dios en la Vida Consagrada. Ella misma lo expresa en su poesía El Báculo:

Sencillos pastorcitos

Prestadme vuestra voz

Para cantar alegre

TODA SOY DE DIOS.

 La consagración de Madre Clara por medio de los votos religiosos de alguna manera representa el término de su búsqueda de Dios, pero debemos aquí entender término no como fin, sino como encuentro del Amado en quien se reposa para siempre amando cada vez más intensamente.

 Decir que Madre Clara María es una mujer teologal es sólo poner de manifiesto que vivió toda su vida con Dios y para Dios, llegando al final de su vida a ser una imagen viva de nuestro Divino Redentor.

 3. En la vida de toda persona existen ciertos hábitos de bien, que solemos llamar virtudes. Son los actos particulares repetidos los que hacen surgir el hábito, que constituye la forma idéntica de reaccionar ante los estímulos provenientes del entorno.

 Todos hemos oído hablar de las virtudes morales, dentro de las cuales las de mayor importancia son las llamadas virtudes cardinales, que fundamentan a las demás. Las cuatro virtudes cardinales son: justicia, templanza, prudencia y fortaleza.

 También hemos oído hablas de las virtudes teologales, que son la fe, la esperanza y la caridad, y que redimensionan y vitalizan a las virtudes morales haciéndolas un camino de santidad.

 La gracia santificante no es un capital muerto, sino el fundamento de una vida ajustada a Dios, es la participación de la vida divina (2 Pe. 1,4), y, por lo mismo, participación en el conocimiento y en el amor con que el Padre y el Hijo se conocen y se aman en el Espíritu Santo. Esto se evidencia por el noble séquito de la gracia, es decir, por las virtudes teologales, por las que la potencia del alma (razón, voluntad y afectos) quedan habilitadas para la actividad vital de los hijos de Dios.

 Por la fe la inteligencia queda habilitada para ser receptora de las riquezas de la verdad divina; por la esperanza la voluntad, que ansía la felicidad, queda ordenada a la divina bienaventuranza, herencia propia de los hijos de Dios; por la caridad, la facultad de amar, que es también la facultad de apreciar y aceptar los valores, se hace apta para descansar en la unión amorosa con Dios, bien supremo, digno del amor absoluto, pero con un reposo y descanso que es principio de libre actividad.

A la fe, esperanza y caridad se les llama virtudes teologales pues:

 • Solo Dios puede darlas; la única contribución positiva de que el hombre es capaz, consiste en preparar su alma para recibirlas.

• Proporcionan la participación en los bienes propios y exclusivos de Dios; por ella participa el hombre del tesoro de las verdades divinas naturalmente inasequibles, como también de la divina bienaventuranza y de la comunión con la divina caridad.

• Dios mismo es el motivo y el fin (objeto material y formal) de las virtudes teologales. Dios es su fin u objeto material: la fe tiende a Dios en cuanto Dios se conoce a sí mismo y en cuanto es veraz para comunicarle al hombre el tesoro de los misterios de su corazón; la fe tiene a Dios, en cuanto infinitamente dichoso y beatificante; la caridad descansa en Dios, en cuanto digno de un amor absoluto. Dios es también el motivo (objeto formal) de las virtudes teologales: el motivo y el fundamento de la fe es la veracidad de Dios; el de la esperanza la bondad, omnipotencia y fidelidad de Dios, o, en otras palabras, las prometidas riquezas de la divina caridad; el de la caridad, la suma bondad de Dios, digno de un amor absoluto.

 El fin principal de las virtudes teologales no es pertrechar al hombre para su cometido en este mundo – aunque le comunica bríos poderosos para llevarlo a una altura insospechada -, sino para entablar el diálogo con Dios, diálogo que alcanzara su perfección en la eterna bienaventuranza.

 Lo primero que las virtudes teologales están destinadas a elevar y ennoblecer, no son las obras exteriores, sino los sentimientos y las palabras, pues es a Dios a lo que directamente se ordenan; en otros términos, el amor que Dios tiene al hombre y la respuesta que éste le da, tienden directamente a establecer entre Dios y el hombre un activo comercio de amor.

 Pero como las virtudes teologales sorprenden al cristiano en su peregrinación por el mundo, impregnan también todas sus obras exteriores y toda su actuación en el mundo ( o su moralidad entera), dándole el sentido de una respuesta a Dios y de responsabilidad ante Él. Que es como decir que las obras exteriores pedidas por las virtudes morales, si se realizan estando en gracia de Dios, quedarán informadas y animadas por las virtudes teologales y entrarán en el diálogo religioso del hombre con Dios. Entendemos que hay deberes y virtudes morales siempre que el hombre tiene que volver sus manos y su rostro – su alma y su actividad – al mundo, a lo temporal aun cuando se trate de un empeño religioso, cual el empeño de imbuir de espíritu evangélico el ambiente y la sociedad humana: todo ello es actuación moral. Pues bien, por el dinamismo propio de las virtudes teologales la zona de actuación terrenal se trasparenta de tal manera, que el hombre, aunque vuelto hacia el mundo, sigue siempre, en realidad, vuelto hacia Dios.

 Las virtudes teologales nos introducen en el diálogo con Dios pero solo gracias a Cristo y mediante Él. Cristo, Palabra eterna del Padre se convierte en nuestra verdad, en nuestro maestro pero sólo gracias a la fe. La fe dirige nuestro oído interior hacia Cristo y nos lo hace recibir como nuestro Maestro, teniendo entendido que es Cristo quien nos comunica los tesoros de la verdad encerrados en Dios.

 Mediante la esperanza Cristo es el camino que nos lleva a la eterna bienaventuranza. Por su obra redentora Cristo se nos ha revelado y ofrecido como el camino a la bienaventuranza, por su resurrección nos ha puesto ante los ojos el poder infinito de que dispone su amor redentor: he allí las razones que fundamentan nuestra esperanza.

 Cristo es también nuestra vida, por la divina caridad que ha sido infundida en nuestros corazones. Cristo nos patentiza el amor con que nos ama el Padre; Cristo Jesús nos envía el Espíritu Santo que derrama en nuestros corazones la divina caridad, en fin, Cristo Jesús nos hace partícipes de su amor al Padre y del amor que el Padre le profesa a Él, y esto mediante el amoroso misterio de nuestra incorporación a Él.

 En la vida de las personas santas, que son la obra maestra de la gracia y poseyeron las virtudes teologales en grado heroico, es decir, extraordinario, y de manera habitual, podemos ver claramente no sólo la acción del amor de Dios en la persona humana, sino también la plenitud de la vida teologal, es decir, de una existencia toda ella vivida en Dios.

 El gran moralista redentorista Bernard Häring, al hablar de las tres virtudes teologales dice: La tríada de las virtudes teologales, en la unidad de la gracia santificante, es una imagen de la Santísima Trinidad, de la única esencia en las tres personas. Las tres virtudes teologales corresponden también, a las facultades espirituales del hombre, a las de conocer, desear y amar. San Pablo señaló expresamente estas tres virtudes: Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad (1 Co. 13,13) Con ello quiso decir estas virtudes son las condiciones esenciales y permanentes de nuestra vida cristiana. Las manifestaciones todas de la vida cristiana tienen que basarse en estas tres virtudes y amoldarse a ellas.

 El Catecismo de la Iglesia Católica, define a estas virtudes de la siguiente manera:

 La virtud es una disposición habitual y firme para hacer el bien. Las virtudes teologales disponen a los cristianos a vivir en relación con la Santísima Trinidad. Tienen como origen, motivo y a Dios conocido por la fe, esperado y amado por el mismo.

 Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad. Informan y vivifican, todas las virtudes morales.

 Fe: por la que creemos en Dios y creemos todo lo que Él nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de la fe.

 Esperanza: por la esperanza deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para merecerla.

 Caridad: Por la caridad amamos a Dios por encima de todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Es el vínculo de la perfección y la forma de todas las virtudes.

 En la experiencia eclesial la santidad está necesariamente vinculada a la práctica de las virtudes, de todas las virtudes, de una manera perfecta, sacrificada y permanente. Esto hace que en los procesos de canonización una de las partes fundamentales es la información sobre las virtudes heroicas y la fama de santidad del candidato a la santidad oficial.

 En la vivencia popular, en cambio, la santidad más bien se mira como expresión de una profunda amistad con Dios. Uniendo ambas experiencias encontramos el concepto aproximado de la santidad cristiana.

 Nadie puede negar que en el camino de un cristiano la fe, la esperanza y la caridad constituyen las notas diferenciales de una vida virtuosa al estilo humano. En el mundo pagano hubo personas que se esforzaron y lograron un elevado grado de práctica de las virtudes morales; las virtudes teologales redimensionan totalmente las virtudes morales al referirlas a Cristo a quien hemos sido incorporados por el bautismo. Así todas las virtudes nos conducirán a la eterna bienaventuranza que es el fin de la existencia cristiana.

En la vida de Madre Clara María, ya desde sus más tiernos años, encontramos una práctica de las virtudes de manera extraordinaria, sin que ello signifique que no hubo un proceso de maduración en todas las virtudes. En el discurso pronunciado con ocasión de la develación de una placa conmemorativa en la casa en donde nació la Madre, dijo el historiador migueleño, Don Joaquín Cárdenas, “Sus padres Don Daniel Quirós y su madre Doña Carmen López la hicieron educar en un ambiente de dignidad y nobleza. Su juventud se deslizó apacible en la vida del hogar. Refieren anotaciones de familia que Clara del Carmen, fue en su infancia y en su adolescencia e igual en su juventud un dechado de virtud;…

Las virtudes teologales, de las que hemos hablado, son la acción de Dios en la vida de una persona en su circunstancia concreta. A esa acción de Dios en la persona y a la respuesta de ésta al amor que se le oferta, podemos llamarla VIDA TEOLOGAL. La vida entera de Madre Clara María puede ser definida como una vida de una intensidad teologal extraordinaria, ella, realmente, vivió solo por y para Dios.

 Venid, Reyes de Oriente,

Venid, a presenciar…

El amoroso júbilo

Que mi alma siente ya.

¡Soy toda de Jesús!

A otro no puedo amar

Es mi lecho la cruz

! Quiero en ella expirar ¡

 A lo largo de sus setenta y un años de vida, podemos ver como su fidelidad a la gracia va realizando en ella la plenitud de las virtudes teologales.

 Con frecuencia creemos que la fe es sólo la aceptación de las verdades reveladas que la Iglesia nos propone como objeto de fe. Es obvio que este es el principio de la fe que viene a perfeccionar nuestras facultades intelectuales para que seamos capaces de comprender los misterios de nuestra fe. Este asentimiento intelectual que damos a lo que la Iglesia nos propone como divinamente revelado, que San Pablo llama la obediencia de la fe, sin embargo, supone que lo convirtamos también en las obras de la fe, porque la fe para que sea operante ha de llevarse a la práctica en la vida.

 Lo dice el Apóstol Santiago que la fe que no produce obras está como muerta y la fe muerta no conduce a la salvación. En realidad, la fe supone algo más que la aceptación de un conjunto de dogmas o principios de fe, como dice el Padre Bernard Häring, la fe es un encuentro personal con Cristo y en cuanto tal constituye una historia de amor y de amistad. Es evidente que a lo largo de la vida de Madre Clara María la fe es una de sus actitudes fundamentales. No creemos que haya dudado jamás de las verdades que nuestra Iglesia nos enseña que son divinamente reveladas, pero en ella encontramos algunos gestos que nos hacen patente.

Uno de ellos, muy hermoso, fue cuando hizo su profesión como Terciaria Carmelita. En el acta que se encuentra en el libro de la Hermandad, escrita de su puño y letra, no siendo habitual en este tipo de documento ella se compromete a defender el dogma de la Inmaculada Concepción de María desde el primer instante, definido por el Beato Papa Pío IX en 1854.   Dos hechos de fe podemos descubrir en el viejo documento. El primero es la aceptación gozosa de Madre Clara de todo aquello que nuestra Madre la Iglesia nos propone como formando parte de nuestra fe; pero, al mismo tiempo, expresa el amor y la preferencia espiritual que siente la Sierva de Dios por este privilegio mariano:

Tú, a quien la diestra del muy alto quiso

Preservar de la infausta maldición,

Que allegó nuestra madre Eva en el paraíso,

Y EXENTA Y LIBRE DE TODA CULPA te hizo

Ab eterno en limpia concepción.

 El segundo, conocido por poca gente, se refiere al momento en el que se está elaborando el proyecto de Constitución de la República de 1886 de contenido liberal, en el que se propone un Estado Laico que reconoce la libertad religiosa, el divorcio, la educación laica en las escuelas católicas. Es decir, un documento jurídico que no tenía en cuenta algunos derechos de la Iglesia y de los padres católicos y la fundamentación en la ley natural del matrimonio.

 Los católicos salvadoreños, guiados por sus pastores, enviaron piezas de correspondencia a la Asamblea Legislativa protestando por tales atropellos a la fe de un pueblo. Entre las mujeres tecleñas que salieron a la defensa de nuestra fe y de nuestra Iglesia se encontraba la Sra. Clara del Carmen Quirós de Alvarado. ¿No es cierto que uno de los deberes que impone la fe es defenderla?

 La fe, naturalmente, se expresa en la confianza que tenemos en el amor y la providencia del Padre del Cielo, en este sentido también es ejemplar la confianza y la entrega a la voluntad de Dios que podemos descubrir en muchos acontecimientos de la vida de Madre Clarita.

 Creo no es necesario hablar en este lugar de las obras que confirman la fe heroica de Madre Clarita. Son tantos los que podemos alegar y tan corto el espacio que tenemos, pero sólo por citar uno: la fundación de la Congregación de Carmelitas de San José, una institución dedicada al servicio de los más pobres. Cuando comenzó la Congregación la Fundadora no tenía ni recursos económicos, ni apoyos humanos, sólo su fe en que si aquello era obra de Dios nada ni nadie podría destruirla.

 Si nos referimos a la esperanza, también es patente y extraordinaria en la Santa Fundadora. Uno de sus temas favoritos de conversación era la santidad y el cielo, tal como lo atestigua el P. Medardo Jaimes, quien la conoció cuando era un joven seminarista.

 En la etapa final de su vida, esta aspiración de ir al cielo se vuelve no sólo más intensa, sino más confiada: Yo por la misericordia de Dios me salvaré… Esta breve frase expresa toda la hondura de la virtud de la esperanza en Madre Clara María: por una parte expresa su confianza en que Jesús la va a llevar consigo a participar de los gozos eternos en el Reino de los Cielos, pero, por otras, no presume de sus propios méritos, ni de sus fuerzas, sino que también confía que la misericordia de Dios le dará las gracias que sean necesarias para llegar a la meta. No presume, ni desespera, los dos grandes pecados contra la excelsa virtud de la esperanza, simplemente confía, como dice el Salmo 13: En cuanto a mí, confío en tu bondad; conoceré la alegría de tu salvación y cantaré al Señor que me ha tratado bien.

 Hablar de la caridad en la vida de nuestra Sierva de Dios es un poco redundar, porque si alguna virtud practicó con verdadera perfección fue la caridad para con Dios y con el prójimo, sobre todo los pobres y los más necesitados de socorros espirituales.

 Dialogando con el Santísimo Sacramento, le dice:

 ¡Te amo Señor! ¡y con amor ardiente!

Mi corazón te busca por doquier,

Y mi alma herida, con ardor vehemente,

Como el siervo sediento por la fuente,

Vive ansiosa de unirse con tu Ser.

 El amor intenso, y por encima de todo, que tuvo Madre Clara María por Dios, no se queda en el mero sentimentalismo, sino que trasciende a la otra dimensión del amor que es el del prójimo.

 Si Jesús es el Buen Samaritano, el que nos enseña con su vida quién es nuestro prójimo, la Sierva de Dios es también una Buena Samaritana, que recorre las calles de Santa Tecla buscando a las niñas abandonadas, a las que están en peligro de corrupción, a las mujeres abandonadas, a los matrimonios en dificultades. Como Jesús Madre Clara no hace distinciones en su ardiente caridad, también socorre a las familias vergonzantes, acompaña a los enfermos en su lecho de dolor y les prodiga los cuidados y la ternura de una madre, acompaña a los moribundos para sugerirles sentimientos de compunción, de confianza y de amor, lo hizo, incluso con el Arzobispo de San Salvador, Monseñor Pérez y Aguilar, acoge a los pobres y parte con ellos el pan de su comunidad.

 Su caridad se derrama, sobre todo, con los pobres pecadores, que son los más pobres de los pobres porque están privados de la gracia; corrige, exhorta y quiere llevarlos al amor de Jesucristo. Cuántas veces le oyeron decir sus hermanas de Comunidad: Lo importante es salvar sus almas.

 La caridad es el vínculo de la perfección, porque sólo a través de ella se llega a la plenitud espiritual, es la forma de todas las virtudes, porque podríamos entregar nuestros cuerpos como pasto a las llamas que si no tenemos amor no somos nada.

 En el sublime Himno a la Caridad, el Apóstol Pablo dice: Ahora, pues, son válidas la fe, la esperanza y el amor, pero la mayor de estas tres es el amor.

 Con frecuencia he imaginado a Madre Clara María, leyendo las Obras de San Juan de la Cruz, por cierto ¿qué libro es el que tiene entre sus manos en la imagen de todos conocida?, pues en San Juan de la Cruz ella leería que… Al atardecer de nuestra vida seremos examinados en el amor.

¡SOLO EN EL AMOR!

Roberto Bolaños Aguilar

 

Meditación 18

Madre Clara María Quirós, mujer eucarística. 

 

Hace algunos días, celebramos la memoria de  Santa Teresa Benedicto de la Cruz, la célebre filósofa judía convertida al catolicismo y muerta como religiosa carmelita en el campo de concentración de Auschwitz el 9 de agosto de 1942.   Ella, en su biografía de Santa Isabel de Hungría, escribe:   Es una tarea arriesgada el tratar de desvelar lo que se esconde bajo el velo del misterio de Dios.  Pero el dedo de Dios escribe la vida de sus santos para que nosotros podamos leerla y bendecirlo por sus maravillas, y de este modo descubrimos el camino que cada uno tiene que recorrer.”[1]

Ha sido el Papa Juan Pablo II,  de santa memoria, quien en su  Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, habla en uno de los apartados finales de la Santísima Virgen María como modelo de vivencia amorosa de la eucaristía y, como consecuencia de ello, la llama  “mujer eucarística

¿Qué actitudes?  ¿Qué disposiciones? Hacen, según el Papa Juan Pablo II de la Santísima Virgen María una persona que puede ser definida por su relación con la Eucaristía.

  • María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él.
  • María debe haber participado con la pequeña comunidad cristiana en la celebración de la fracción del pan. “ Pero más allá de su participación en el Banquete Eucarístico, la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior.  María es mujer eucarística con toda su vida.  La Iglesia tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio.  No. 53
  • La Eucaristía en cuanto misterio de fe, exige de nuestra parte el más completo abandono a la Palabra de Dios.  De Jesús recibimos en la Ultima Cena el mandato de  hacerlo siempre en conmemoración suya.  María, por su parte, en las Bodas de Caná nos aconseja: “Haced lo que El os diga.”  Porque el que fue capaz de transformar el agua en vino, es igualmente capaz de hacer del pan y del vino su cuerpo y su sangre, entregando a los creyentes en este misterio, la memoria vida de su pascua, para hacerse así “Pan de Vida”.  No. 54
  • La Encarnación del Hijo de Dios, en la que María pronunció su “fiat” a la obra de la Redención de alguna manera hizo que María practicara su fe eucarística, por el hecho de haber ofrecido su seno virginal para la Encarnación del Verbo.  Los meses que María llevó en su vientre a Jesús es un tiempo en el que ella es verdaderamente como una custodia viviente en “donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de Isabel, como irradiando su luz a través de los ojos y la voz de María.” No. 55.   De hecho, dirá el Papa, al fíat de María en la Encarnación corresponde el amén del creyente al recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo.  Todo desde la perspectiva de la fe.
  • María con toda su vida junto a Cristo, y no solamente en el Calvario, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía
  • En el Calvario, Cristo nos entregó a María como Madre y hacer memorial de su sacrificio en la cruz “implica también recibir continuamente este don. Significa toma con nosotros a quien una vez nos fue entregada como madre.  Por eso el recuerdo de María en las celebraciones eucarísticas es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de oriente y occidente.  No. 57.
  • En la Eucaristía, la Iglesia se une plenamente a Cristo y a su sacrificio, haciendo suyo el espíritu de María. Es una verdad que se puede profundizar releyendo el Magnificat  en perspectiva eucarística.  La Eucaristía es, en efecto,  como el canto de María, es ante todo alabanza y acción de gracias.  No. 58.

En otra ocasión, no muy lejana, hemos hablado de la estrecha y amorosa relación de Madre Clara María Quirós con la Santísima Virgen María.  El Padre Alberto Barrios Moneo,  al hablar de la devoción eucarística de nuestra Madre, dijo que en su itinerario espiritual había sido la Virgen Santísima la que había  llevado a Madre Clara a los pies de Jesús Sacramentado.

También lo afirmó el Papa Juan Pablo II cuando dice: Vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don…  Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos con Cristo, aprendiendo de su madre y dejándonos acompañar por ella.  María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como la Iglesia y la Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía.  No. 57.

La fina intuición de Madre Genoveva del Buen Pastor, y su conocimiento de Madre Clara María,  la llevó a escribir que ésta era “un alma eucarística”  ¿Un alma eucarística?, ¿Qué significa esto hablando de Madre Clara María de Jesús?

A lo largo de toda su vida,  casi me atrevería a decir que desde el día en que realizó su primera comunión.  Madre Clara María, fue amando cada vez más intensamente a Jesús, de modo que llegó a  concienciar que todo lo mejor debía ser para Jesús, y así lo comunicaba a sus hijas de la Congregación: ¡Todo lo mejor para Jesús!

Su contacto frecuente con Jesús se realizaba por medio de la oración;  era allí donde ella encontraba a Jesús y Jesús la encontraba a ella.   En esa expansión de su alma profundamente enamorada de Jesús Eucaristía que es su poema: Entretenimiento del Alma, con el Adorable Corazón de Jesús Sacramentado,  se presenta a sí misma como un alma profundamente enamorada de Jesús en el Santísimo Sacramento: 

¡Te amo Señor!  ¡Y con amor ardiente!

Mi corazón te busca por doquier,

Y mi alma herida, con ardor vehemente,

Como el ciervo sediento por la fuente,

Vive ansiosa de unirse con tu Ser.[2]

Testigos de vista, como Madre Magdalena del Sagrado Corazón y la Sra. Dolores Ordóñez, hablan de la predilección de Madre Clarita por la oración ante el Santísimo Sacramento y, además, de las largas horas de rodillas ante el sagrario.  “Cada vez que pasábamos por la capilla, esta ella ahí,  de rodillas ante Jesús Sacramentado”.

¿Qué cosas diría  la Madre a su Jesús Eucaristía?  ¿Qué mercedes le pediría?  ¿Qué sentimientos pondría a sus plantas?, posiblemente son cosas que nunca sabremos, porque ella no solía hablar de su experiencia de oración, sólo en una ocasión, dirá Dolores Ordóñez, nos comentó sobre algunas visiones y locuciones habidas en la oración, pero les mandó severamente que no se lo contaran a nadie.  El único camino para acercarnos a su devoción eucarística es a través de su poesía, que es como asomarse a una habitación totalmente iluminada, llena de tesoros, por el ojo estrecho de una cerradura.

En el “Entretenimiento”  Madre Clara María cita algunos personajes de los Evangelios con los que se siente profundamente identificada por el amor que tuvieron a Jesús y que son propuestos por la Iglesia como modelo de devoción y entrega eucarística: la Santísima Virgen María, en primer lugar,  el Apóstol San Juan, Santa María Magdalena y, también, el Hijo Pródigo.

La primera dimensión de su experiencia eucarística es precisamente  la de alabanza, adoración y bendición al Padre, por haber querido que su Hijo se quedara en el Sacramento del Altar.  A Madre Clarita no le es suficiente para alabar al Santísimo ni la fantasía de los poetas, ni los trinos de las aves,  ni el arpa del profeta,  quiere cantar a su Dios presente en la Eucaristía con la misma voz y sentimiento de la Santísima Virgen María: Mi alma proclama la grandeza del Señor,  mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su esclava…

Para acercarse al Misterio de la Santísima Eucaristía, dirá la Madre, es necesario hacerlo desde una gran humildad,  reconociendo sinceramente nuestra necesidad de perdón y de salvación:

Déjame reclinar en tu regazo,

Cual pródigo desnudo y sin porción.

Permíteme estrecharte en tierno abrazo

Y unida a Ti por tan estrecho lazo,

Escuchar tus palabras de perdón. 

Estar en la presencia de Jesús Eucaristía es como iniciar un diálogo de corazón a corazón,  un intercambio amoroso que se expresa en verbos como morar, permanecer, saciar, etc.

Envía de tu pecho para el mío,

Raudales de ternura y caridad;

Une tu llanto con mi llanto pío

Como se une la gota de rocío

A la inmensidad del insondable mar.

La figura de Santa María Magdalena atrae mucho a Madre Clara María, no sólo porque es la pecadora perdonada, sino, porque fue una de las personas que con mayor intensidad amó al Señor Jesús, la que escogió la mejor parte, según lo dice el mismo Jesús en el Evangelio.

Déjame aquí, Señor, con Magdalena,

Mis amorosas lágrimas verter,

Sentarme a tu banquete y de amor llena,

Como está la abejita en la colmena,

De tu sangre una gota no perder.

Apropiarse del sacrificio de Cristo,  una gota de tu sangre no perder,  hace que entendamos que Madre Clara comprendía y vivenciaba perfectamente la triple dimensión del Misterio Eucarístico: Sacrificio,  Banquete y Presencia.

Pero para la Santa Fundadora,  la Eucaristía era ante todo COMUNIÓN, tal como el mismo Cristo nos lo reveló en el Evangelio:  El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en Mí y yo en él.

La comunión a la que aspira Madre Clara María no es sólo la que se nos ofrece en la Santísima Eucaristía, sino la que ciertos místicos mexicanos,  como Monseñor Luis María Martínez,  CONSUMACIÓN EN LA UNIDAD.  Una unión con Dios que no dependa de la transitoriedad de lo que duran en corromperse las especies eucarísticas, sino aquella que se funda en la comunión de amor y de voluntades y que San Juan de la Cruz llamó el MATRIMONIO ESPIRITUAL.   Este fenómeno místico naturalmente pide y exige la comunión Eucarística. 

¿Quién puede asomarse a la profundidad de un alma, sin tener la sensación de vértigo?

¡Déjame aquí, Señor!…  ¡Aquí rendida!

¡Quiero gozar de tu presencia real!

Quiero internarme en lo hondo de la herida

Para beber sin tasa, ni medida,

Del licor del divino manantial.

Cuando en aquella ceremonia de cambio de nombre, que presidió el Padre José Encarnación Argueta y Doña Clara del Carmen Quirós, cambió su nombre por el de Madre Clara María de Jesús, también a cada una de ellas el sacerdote salesiano les pidió que eligieran una de las cinco llagas de Cristo,  ella escogió la llaga del  costado, la misma de donde brotó sangre juntamente con agua y que simboliza  el nacimiento de la Iglesia, Esposa de Cristo.

En el lenguaje místico beber de la llaga del costado es uno de los  gestos de mayor profundidad amorosa que le es dado realizar a un creyente, porque establece con Cristo una unión definitiva. ¿Quién podrá separarnos del amor de Dios?

Es cierto que para emprender el camino de la Vida Mística hay que estar decidido a dejarlo todo por Dios, a soportarlo todo por Dios,  a ser nada por Dios: 

Remontada como Águila quisiera,

Surcar del orbe el espacio sin fin;

Dejar el mundo, y sin volver siquiera

A mirar su inmundicia en mi carrera

Emprender vuelos de alado Serafín.

La consumación en la unidad sólo se realiza cuando el creyente se ha desarraigado de todo lo creado y ha sido purificado por el amor de Dios hasta quedar en la pura desnudez de la fe, según enseña San Juan de la Cruz.

¡Vida de mi alma!  ¡Vida de mi vida!

Quiero perderme y confundirme en Ti,

Aniquilarme a tus pies, y aquí perdida,

Encontrando en tu seno mi guarida,

Permanecer eternamente allí.

Madre Clara María fue mujer eucarística hasta en los pequeños detalles,  en las delicadezas, que tenía con Jesús  Sacramentado, como querer que hasta los más pequeños detalles del culto eucarísticos fueran dignos del Señor: limpieza y decoro de los ornamentos, vasos sagrados,  libros litúrgicos,  cuidado y aseo del templo, respeto y recogimiento con que se debe participar de la Santa Misa, etc.  En ella se cumplía perfectamente aquello de que quien es fiel en lo pequeño, lo será también en lo grande.

La vivencia eucarística de Madre Clara María no se quedaba sólo en la expresión de la centralidad de Jesús en su vida,  sino que se traducía en una fuerte solidaridad con los pobres y con todos los que experimentan alguna de las formas del sufrimiento humano.  Descubrir por la fe la presencia real (gustada) de Jesús en la Eucaristía ha de llevarnos necesariamente a descubrir a Jesús en el rostro sufriente de cualquier mujer o de cualquier hombre; por eso podemos decir con toda verdad que toda la obra de Madre Clara María de Jesús brota, como de un manantial,  del sagrario en donde se esconde el tesoro mayor de la Iglesia y de los Cristianos: Jesús en el Santísimo Sacramento del Altar.

El 8 de diciembre de 1928, las últimas horas de su vida, Madre Clarita quiso pasarlas ante el Sagrario, en la presencia de Jesús,  el mismo que había conducido su vida a caminos y situaciones a los que ella nunca pensó llegar, a cumbres de amor y santidad que manifestaban el dedo del buen Dios  y su voluntad divina de salvar a todos los hombres y las mujeres.

 El paraíso en la tierra,  llamaba Santa Teresa de Jesús al Santísimo Sacramento del Altar.  Pocas horas después de aquella oración ante el Santísimo, Madre Clarita se encontraría viendo a su Señor cara a cara y entonaría ese Cántico de triunfo del que nos habla el Apocalipsis revelado sólo a los que murieron siendo fieles al Cordero:

Grandes y maravillosas son tus obras,

Señor Dios Omnipotente,

Justicia y verdad guían tus pasos,

Oh Rey de las naciones,

¿Quién no dará honor y gloria a tu nombre, oh Señor?

Porque Tú sólo eres Santo

Y todas las naciones vendrán  a postrarse ante Ti,

Porque tus fallos se han dado a conocer.

Roberto Bolaños Aguilar

 



[1]    Francisco Javier Sancho Fermín, OCD,   Introducción General a las Obras Escogidas de Edith Stein, (Ediciones Monte Carmelo, Burgos, España, 1998)

[2]    Evidentes las reminiscencias de la poesía de San Juan de la Cruz.

Meditación 17

Meditación 17

En la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María y el 85 Aniversario de la ida al cielo de Madre Clarita  les presentamos la siguiente Meditación.

La  vivencia  mariana de

Madre Clara María de Jesús Quirós.

I

 Nos hallamos reunidos en el nombre del Señor Jesús para celebrar la gran solemnidad de Nuestra Señora del Carmen.  Según Nuestro Calendario Litúrgico se trata de una memoria libre, es decir una celebración que queda a la voluntad del  que preside hacerla o no, sin embargo, nos encontramos ante una de las fiestas de la Virgen María que celebra el universo católico entero.  Este hecho, evidente,  ya lo reconocía el Papa  Pablo VI cuando decía: hay fiestas que  fueron celebradas originariamente en determinadas familias religiosas, pero que hoy, por la difusión alcanzada, pueden considerarse verdaderamente eclesiales, como el 16 de julio, la Virgen del Carmen.  [1]

 La maravillosa difusión  de la devoción a la Virgen del Carmen  va ligada muy estrechamente a la expansión de la Orden del Monte Carmelo y  todos los Institutos Religiosos que participan de la espiritualidad carmelitana.   No debemos olvidar, sin embargo,  que este fenómeno religioso se debe también a las promesas que van asociadas a la Santísima Virgen del  Monte Carmelo, como son el Santo Escapulario, pequeño hábito, como lo llamó el Papa Pío XII que expresa la consagración amorosa a la Madre de Dios del Carmelo, y  el  Privilegio Sabatino que ha hecho de la Virgen del Carmen la Madre bendita de las ánimas del purgatorio.

En nuestro país,  la devoción a Nuestra Señora del Carmen, precedió de alguna manera a la presencia de los Institutos Religiosos que la tienen como Patrona y  se vincula más bien a la egregia figura cristiana del Coronel Don León Castillo y del R.P. José María López Peña, sin olvidar, naturalmente al Segundo Obispo de El Salvador, Monseñor Tomás Miguel Pineda y Saldaña, de santa memoria.

II

 Sin duda este es un día muy especial en la Congregación de Hermanas Carmelitas de San José, que desde su fundación fueron puestas bajo el amoroso patrocinio de Nuestra Señora del Monte Carmelo; es un día en el que nos regocijamos por las maravillas que el Señor realizó en la Santísima Virgen María; es uno de esos días en los que con un cariño entrañable de hijos proclamamos, con todas las generaciones de católicos que nos precedieron y nos sucederán, que la Virgen María es la Bienaventurada por excelencia,  la bendita entre todas las mujeres por haber sido predestinada a ser la Madre de Dios y la Madre de todos los Hombres y las Mujeres.

Entre esos hombres y mujeres que nos precedieron en el amor filial a la Virgen del Carmen, sobresale, por méritos propios, la Sierva de Dios Clara María Quirós, que para un día como hoy escribió:

Virgen del Carmen, tu nombre llevamos.

De Carmelitas erguimos el pendón,

Y en este día dichoso publicamos

Que eres la gloria de los que te amamos

Portando venturosos tu blasón.[2]

Los que veneramos la santa memoria de Madre Clara María de Jesús, sabemos que en nosotros ella se haya indisolublemente vinculada a la Santísima Virgen del Carmen.

 Madre Clara María no fue una mujer que se dedicara a estudiar de manera sistemática el misterio de Dios,  no sería lícito llamarla Teóloga, a no ser que entendiéramos que un teólogo es un hombre o una mujer con una profunda y auténtica experiencia de Dios, que acaso sea el verdadero sentido del vocablo.  Pero es evidente que en su vida la vivencia del misterio divino constituye uno de los elementos esenciales, cuando no el esencial y fundamental, con toda razón al Padre San Juan de la Cruz escribió que  la experiencia mística es:   Un sublime sentir, / un sentir no sabiendo/ toda ciencia trascendiendo.[3]

 En el mismo sentido, no podemos hablar de la Mariología de Madre Clara María, pero sí podemos hablar de su vivencia mariana; fue la Madre Genoveva del Buen Pastor la que definió a la Santa Fundadora como una “mujer eucarística”,  yo añadiría, con todo respeto,  que también fue una “mujer mariana”, precisamente por eucarística.

 Uno de los mejores conocedores de la vida, obra y espiritualidad de Madre Clara María,  el P. Alberto Barrios Moneo, escribió que  “la experiencia mariana carmelitana de Madre Clarita fue la que centró toda su vida espiritualidad y la catapultó por el camino de la santidad”.  Desde su más tierna infancia esta mujer fue como predestinada a ser una de las hijas sobresalientes de Nuestra Señora del Carmen, cuando en la misma pila bautismal, sus padres, Daniel y Carmen,  le dieron el hermoso nombre de Clara del Carmen.   ¡Clara, sí, pero del Carmen!  Ella misma  años después escribiría:

¡Todo querida Madre, te lo he dado!

¡Nada me queda…! ¡Cuanto me has pedido,

gustosa por seguirte lo he dejado,

en aras de tu amor sacrificado,

por más que el corazón lo haya querido.[4]

 Esta especial pertenencia a la Virgen del Carmen manifiesta, precisamente, una de las características de la espiritualidad carmelitana en la que se designa a la Virgen como Señora, es decir, como poseedora legítima de todo lo que somos y tenemos.  A cambio de esta especie de pacto de fidelidad,  con reminiscencias de amor medieval, María se convierte en la especial protectora de nuestras vidas:

Acógelas, Señora; que tu manto

Sea siempre en mis penas dulce abrigo

No permitas que sucumba en mi quebranto;

Yo no rehúso del dolor el llanto;

¡Quiero llorar!… ¡Pero llorar contigo! [5]

 Conocedora profunda de la tradición carmelitana que se remite al mismo Profeta Elías, y que ve en la nubecilla de la que nos habla el Libro de los Reyes una prefiguración de la Santísima Virgen María como Medianera de Gracia, la recoge en su primera poesía a la Santísima Virgen, Nuestra Señora del Carmen:

Visión Sublime, de apacible encanto,

Idea del Eterno acariciada;

Risueña nubecilla, ya tu manto,

Gozosa mi alma percibe enajenada.  [6]

 En la vivencia mariana de Madre Clara María, la Virgen del Carmen es ante todo Madre, y así la proclama en sus poesías, en donde es el título mariano que más veces se repite.  La experiencia maternal mariana de la Sierva de Dios es la que define y  perfila exactamente sus relaciones con la Madre de Dios.  Tus hijos somos; Tú, eres Madre nuestra, te profesamos rendida sumisión… y extáticos de amor… hoy te ofrendamos todo el corazón.[7]

 Yo voy en pos de ti, Madre Querida,  ha muchos años que te busca mi alma, envía tu profeta que me diga: ¡Prosigue! ¡Ya tu dicha está cercana!…[8]

 Pero para Madre Clarita no es sólo la  Madre, sino la Madre Inmaculada.  Aquí es donde se explica que en el acta de su profesión en la Orden Tercera del Monte Carmelo se comprometiera a defender el Dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Tú a quien la diestra del Altísimo quiso

Preservar de la infausta maldición,

Que allegó a nuestra madre en el Paraíso

Y exenta y libre de la culpa te hizo,

De abeterno en limpia concepción.   [9]

 Así la Señora del Monte Carmelo es Madre Inmaculada, pero madre de pecadores.  En este sentido es que Madre Clara María afirma que la Virgen María es Medianera de Gracia, aquella por cuyas manos vienen de Dios hacia nosotros innumerables bendiciones y gracias, de modo especial María es para sus hijos  camino de salvación:

Vuelve Señora tus ojos

A esta hija miserable

Y por el bendito fruto

de tus entrañas !Oh madre¡

clemente escucha mis ruegos,

Piadosa atiende a mis males.

¡¡Dulcísima Medianera!!

¡¡Concédeme que me salve¡¡  [10]

 La mediación de María ante su divino Hijo es tan poderosa que reparte sus dones y sus gracias a manos llenas, a dos manos, o como la llama Madre Clara María en una imagen inusitada:  Oficiosa Ambidextra.[11]  En su poesía a la Santísima Virgen en sus Dolores, la llama  “fuente de amor y de clemencia pía”. [12]

 El Padre Joachim Dilleschneider, en este mismo sentido, la llama: “la Omnipotencia Suplicante”

 La espiritualidad mariana de la escuela carmelitana también entiende que María es para el cristiano una auténtica Maestra de contemplación,  pues como afirma el Santo Evangelio, “María Guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón.”   Así el Carmelita y el cristiano en general tienen que ser contemplativos, pues sólo por este camino se convertirá en un evangelizador, es decir, alguien que desde su propia experiencia lleve a los hombres y mujeres a Dios.

 Para Madre Clarita, la Virgen del Carmen es su divina Maestra,  la que le muestra el camino que conduce a Cristo, el Monte de la Salvación: Y extáticos de amor Divina Maestra/ hoy te ofrendamos todo el corazón.” [13]

 El magisterio de María para con los cristianos es para la Sierva de Dios un camino de imitación.  Hemos de imitar las actitudes de la Santísima Virgen puesto que ella es la  Primera Discípula de Cristo y así mientras imitamos a María estamos en realidad imitando su Divino Hijo Jesucristo.

 El amor de Madre Clara María de Jesús hacia la Santísima Virgen es tan intenso, que reviste todos los matices de regocijo del amor humano.  Ama tanto a su madre que inventa calificativos, epítetos, la proclama la más bella entre todas las criaturas, la fuente de toda bendición, el amor más hermoso, el más generoso, el más clemente y misericordioso, en una letanía amorosa que rompe moldes en cuanto a su originalidad, porque para cantarle a María invoca a todos los seres de la Creación.

Flor del empíreo, casta y graciosa,

Celeste Virgen,  Hija de Sión,

Violeta púdica con tus aromas,

Me das la vida del corazón.  [14]

 Posiblemente haya en la Historia de la Iglesia quienes hayan escrito con mayor sabiduría sobre la Santísima Virgen María, pero creo que habrá muy pocos que lo hayan hecho con tanto amor.  Madre Clara María es en nuestra tierra la gran cantora de “las glorias de María”.

 Sólo a una persona amó Madre Clara María más que a la Santísima Virgen del Carmen…  a Jesús.

Quiero concluir esta reflexión con el estribillo de los Gozos de Nuestra Señora del Carmen,  que he estado escuchando a lo largo de nueve días, como una especie de novena en honor de nuestra Madre, que también está ligada a la historia de mi vida, pues en un día como hoy, en la destruida Iglesia de San José, recibí por primera vez a Jesús en la Eucaristía:

Pues sois de nuestro consuelo,

El medio más poderoso,

Sed nuestro amparo amoroso,

Madre de Dios del Carmelo.

Roberto Bolaños Aguilar


[1]    Marialis Cultus, 8.

[2]    A la Virgen del Carmen en su Día,  primera estrofa.

[3]    Coplas sobre un Éxtasis de harta Contemplación.

[4]    A la Santísima Virgen en sus Dolores,  párrafo quinto.

[5]    Ídem. ,  Estrofa séptima.

[6]    Primera Estrofa.

[7]    A la Santísima Virgen del Carmen en su Día,   estrofa décima.

[8]    A la Santísima Virgen, Nuestra Señora del Carmen,  estrofa quinta.

[9]    La expresión limpia concepción con que Madre Clara se refiere a la Inmaculada Concepción de María es  del más rancio abolengo castellano, pues fue en España y en América Hispana en donde se le llamó a este privilegio la limpia concepción y a la Virgen Nuestra Señora de la Limpia Concepción.  Con tan título se llamó a la primera Patrona de Costa Rica: Nuestra Señora de la Limpia Concepción de Ujarraz.

[10]    A la Virgen de Betlem,  estrofa primera.

[11]   A la Santísima Virgen del Carmen, en su día. , Estrofa décima.

[12]    Estrofa sexta.

[13]    Ídem. ,  Estrofa décima.

[14]   A la Reina de las Vírgenes del Claustro, María Santísima del Carmen, estrofa tercera.

Meditación 16

Madre Clara María Quirós

y  el Espíritu del Carmelo.

El 12 de agosto de 1857, una inmensa alegría llenó el hogar de los jóvenes esposos Don Daniel Quirós Escolán y Doña Carmen López.  Esa era fecha que había escogido la Divina Providencia para que viera por primera vez la luz de este mundo su hija primogénita.

En la pila bautismal escogieron para ella los nombres de CLARA DEL CARMEN:   Clara, brillante, ilustre, porque el día de su nacimiento en la Iglesia se celebraba la memoria de Santa Clara, el Lirio de Asís, y Carmen. Altura hermosa,  por su madre, pero sobre todo por la Santísima Virgen del Carmen, a quien su familia tenía especial devoción.

El llamar a la pequeña recién nacida con el dulcísimo nombre de la Virgen María del Monte Carmelo, podría parecer un hecho poco menos que fortuito, los padres siempre tratan de imponer lindos nombres a sus hijos;  en este caso, sin embargo,  el genitivo  “del Carmen”, propiedad de la Virgen del Carmen, vendría a marcar hondamente, de un modo singular, el itinerario espiritual de Clara del Carmen, de tal manera que la pequeña recién nacida estaba llamada a ser y vivir totalmente en clave carmelitana.

Algunos acontecimientos en la vida de las personas, son de tal trascendencia para el futuro de su vida cristiana, que, con razón, puede llamarse su conversión, aunque de hecho hayan llevado una buena vida cristiana y puedan ser definidas como personas virtuosas.  En este sentido podemos afirmar que en la vida de Madre Clara María se da un fuerte momento de conversión cuando en febrero de 1885 es abandonada por su esposo con cinco hijos y uno en camino.  En mayo,  aun más, pierde a su pequeña hija María Francisca Mercedes, de tan sólo cuatro años.

¿Adónde buscar refugio? ¿Adónde consuelo? Por  supuesto abandonándose confiadamente en los brazos de Dios, pero, también, amparándose en el amor maternal de la Santísima Virgen María.  Primero se inscribió en la Hermandad de Nuestra Señora de Los Dolores, a quien en uno de sus poemas, escrito posteriormente dirá: ¡Quiero llorar, pero llorar contigo!

Y es que Madre Clarita, de la mano de María llegará a Jesús.  Posteriormente se inscribirá en la Guardia de Honor del Santísimo Sacramento y será la eternamente enamorada del Divino Prisionero.

El momento decisivo, sin embargo, en la vida de Madre Clara María de Jesús llegará cuando el 16 de julio de 1879, se inscriba en la Hermandad de Nuestra Señora del  Monte Carmelo, cuyo Hermano Mayor era el devotísimo Don León Castillo.  Momento decisivo lo llamo porque a partir de entonces la vivencia espiritual de la Sierva de Dios será definida por las coordenadas de la espiritualidad carmelitana.

¿En qué fuentes bebe Madre Clara las aguas del espíritu del Carmelo?  Naturalmente que en las más  puras y transparentes.  Alguno de sus biógrafos nos la presenta, cuando aún era casada, y se santificaba como esposa y madre de familia, aprovechando las horas de la noche, cuando los niños dormían,  para leer los escritos de Santa Teresa de Jesús, de San Juan de la Cruz y otros escritores de la escuela carmelitana.  Después vendrían las horas de meditación sobre lo leído y el proceso de asimilación intelectual y vital.  Acaso consultaría con el Padre López Peña o alguno de sus directores espirituales los puntos difíciles de entender en los escritos de los Reformadores de la Orden del Carmen.

Para lo concreto, lo cotidiano, estaba también el  Manual de la Tercera Orden del Monte Carmelo, que señalaba las obligaciones y las actividades devocionales de un terciario carmelita.  La vida de Madre Clara María se iba configurando con las actitudes esenciales del espíritu del Carmelo.

Pero su fuente más importante de conocimiento  de la espiritualidad carmelitana era la oración rendida a los pies de la Virgen del Carmen:

Yo, te suplico rendida,

Que me deis el gran consuelo,

De consagrarme, aunque indigna,

Al servicio de vuestros templos.

Si el pan que se le da a los hijos,

No se les arroja a los perros,

Vos sabéis que éstos viven

Del desperdicio de aquellos.

¡Quién me diera ser, Señora,

vuestra esclava en este suelo!

Y en premio de mis afanes,

¡¡ver realizado mi anhelo!!

Su identificación con lo carmelitano es tan fuerte y vital que su mismo proyecto de fundación de un nuevo instituto religioso no puede sino nacer de su amor a nuestra Señora del Carmen e inspirarse en la vida de las Carmelitas, sobre todo de los conventos de la Madre Santa Teresa de Jesús…

Es cierto que la espiritualidad carmelitana es muy compleja, pero también es cierto que Madre Clara María de Jesús la asimiló de una manera asombrosa, porque sólo así sería capaz de transmitirla a las generaciones de Carmelitas de San José que vendrían detrás de ella y que la tendrían como el modelo de vida y espiritualidad que corresponde al fundador o fundadora de una  Congregación Religiosa.

Todos conocemos los relatos históricos y legendarios acerca de los orígenes de la Venerable Orden de Nuestra Señora del Monte Carmelo y, por supuesto, tenemos noticia de aquellos elementos que ayudaron a configurarla como un camino de santidad y de evangelización válido en la Iglesia Católica.  El primer elemento es la centralidad de Cristo en la vida de un carmelita;  el segundo, la dimensión fuertemente contemplativa que supone; y, el tercero, aunque no el menos importante, el amor filial intenso a la Santísima Virgen María.

Los tres elementos están marcadamente presentes en la vida de Madre Clarita y, además, íntegramente transmitidos a sus hijas las Carmelitas de San José.

La Vida Consagrada, como seguimiento de Cristo, sumamente amado, es un elemento esencial en la figura histórica de Madre Clara María.  Su vida y su obra no se puede entender si no las contemplamos  desde la centralidad de Cristo que la llama a seguirlo en la dimensión de la cruz.

La vivencia cristiana de Madre Clarita expresa el cristocentrismo del que venimos hablando en la exigencia radical de la observancia de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia.  Son muchos los recuerdos que a este respecto se conservan entre las Carmelitas de San José sobre la santa intransigencia de la Sierva de Dios en cuanto a todo aquello que pudiera ir en relajación  de la consagración religiosa hecha por la profesión de los consejos evangélicos.  De hecho, una de sus frases más hermosas,  dicha poco antes de su muerte, se refieren a la fidelidad a la Consagración religiosa: Yo desde el cielo las ayudaré, pero si guardan el espíritu de sencillez y pobreza que les dejo.

Madre Clarita, como casi todos los santos,  descubría a Cristo en el Sacramento de la Divina Eucaristía y por ello la Santa Misa y la oración ante el Santísimo Sacramento ocuparon el lugar central en su vida diaria.

La Orden del Carmen tuvo su origen en un grupo de hombres que viajaron a Palestina en el tiempo de las Cruzadas, y encontraron en el Monte Carmelo,  y sus bíblicas remembranzas del Profeta Elías, el lugar ideal para iniciar una experiencia de un vida apartada del “mundanal ruido”, dedicados totalmente a la oración, a la penitencia y a la soledad.

Debido a ello, la dimensión contemplativa es esencial al espíritu del Carmelo, y por eso los y las Carmelitas han sido a lo largo de muchos siglos los maestros de oración por excelencia en la Iglesia.

Madre Clara María también logró captar la esencialidad de la dimensión contemplativa del  espíritu del Carmelo y, no sólo ella misma aparece como una gran orante, sino que quieren que sus Carmelitas de San José conserven fuertemente arraigada esta dimensión de la espiritualidad carmelitana, a pesar de que las quiere religiosas de vida activa, apostólicas, al servicio de los más pobres.

Un texto clásico de la espiritualidad salvadoreña, junto a aquellos hermosísimos de nuestra Ana Guerra de Jesús, recogidos por el P. Antonio de Siria, podríamos llamar a este texto que Madre Clarita escribió en su “Reglamento de 1915”, al que el Padre Alberto Barrios Moneo llama las “Pequeñas Constituciones”.

Fuera de la recreación las hermanas guardarán un estricto silencio…  para poder estar así, aun en medio de las forzosas ocupaciones, más íntimamente unidas a Dios, cuyo objeto principal es el que las ha reunido, y poder así en el silencio del alma hablar con aquel Señor que dijo: “Yo la llevaré a la soledad y allí le hablaré al corazón.  Y porque el alma bulliciosa siempre andará turbada y no podrá en ningún modo recibir los suaves y amorosos silbos del Amado Pastor que puesta sobre los hombros la sacó del bullicio del mundo, trayéndola a su casa, donde quiere y exige que cada esposa suya sea como un huerto cerrado, un  precioso jardín y un ameno paraíso donde poder recrearse y descansar con ella;  se pondrá mucho esmero en este tan saludable ejercicio de la virtud del silencio.

El alma silenciosa tiene su conversación en los cielos, con los ángeles y santos, convirtiendo de modo prodigioso todas las faenas del día, y aun el descanso de la noche, en una muy alta, subida y constante oración…

El apartamiento del mundo, que es propio de la Vida Religiosa, era tan riguroso en los primeros tiempos de las Carmelitas de San José, que Madre Genoveva del Buen Pastor, llega a decir que al principio la Congregación era de  “semi-clausura”.   El realidad, el ideal contemplativo de los institutos de vida activa  se expresaba en el aforismo de que el religioso no ha de ser  sólo Marta o sólo María, sino Marta y María.   O como quería San Alfonso María de Ligorio para los Redentoristas: seis meses apóstoles en las misiones y seis meses monjes en casa.

En la cima del Monte Carmelo, muy cerca de la llamada fuente del Profeta Elías, los primeros carmelitas construyeron una sencilla ermita que dedicaron a la Virgen María.  De allí surgió una nueva advocación mariana: la de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Y es que en el espíritu carmelitano la Santísima Virgen María ocupa un lugar principalísimo, pues el Carmelita y la Carmelita son consagrados a la Virgen María.

La espiritualidad del Carmelo, ya lo hemos dicho es Cristocéntrica, pero precisamente por eso es también mariocéntrica.  Existe una innegable y riquísima vertiente mariana en los carmelitas; Madre Clarita, recogió su propia experiencia y la espiritualidad mariana del Carmelo y la trasvasa a su Congregación.  Ermanno Ancillo, escribe lo siguiente acerca de la devoción mariana en la  Orden Carmelita:

En el Carmelo la Virgen es considerada no sólo como objeto de culto y de un apostolado específico, sino como ejemplo y camino para alcanzar la unión y la intimidad más profunda con Dios.  El misterio interior de María, por la fidelidad a la Divina Palabra por la acción del Espíritu Santo, encarna admirablemente el ideal de la Orden en lo que tiene de esencial y sublime…  La devoción carmelitana a la Virgen, como realidad vivida, se manifiesta en mil gestos de afecto y respeto devoto, en un testimonio de confianza ilimitada y, sobre todo, en el esfuerzo por copiar sus rasgos espirituales, participar en sus sentimientos de amor y de entrega al servicio de Dios y los hermanos. La imitación de María para el Carmelita no se limita a un aspecto o momento de su vida, sino que tiene como objeto principal su actitud interior de adoración ininterrumpida del Verbo.  Viviendo en la intimidad con María y contemplando sus virtudes, el alma se vuelve cada vez más recogida en Dios, más despegada del mundo y sus vanidades, más contemplativa.”

Nuestra Señora del Carmen fue uno de los grandes amores de Madre Clara María, a su sombra fue madurando como cristiana, bajo su enseña se lanza a la aventura de ser Fundadora de una Congregación Religiosa, que encomienda a sus amorosos cuidados, y vestida con su librea, como esposa del Rey, transcurren los últimos años de su vida.

Una pequeña parte de la espiritualidad mariana de la Sierva de Dios, quedó recogida en la forma de sencillos versos, hermosos, profundos, nacido de lo más hondo de su amor a la Madre de Dios y Madre nuestra.

A María le complace mucho que amemos y honremos a su Esposos San José.  Al menos desde Santa Teresa de Jesús, la espiritualidad carmelitana tiene un pequeño venero de espiritualidad josefina: “Quisiera que todos fueran devotos de este gran santo”, escribió,  y Madre Clarita lo fue, no sólo porque puso bajo el Patrocinio del Esposo de la Santísima Virgen María, sino porque en su vida siempre estuvo de manifiesto su amor filial y su confianza en Nuestro Padre y Señor San José.

A lo mejor, la síntesis perfecta de todo lo que hemos querido decir, la escuchamos hace unos días, cuando un profesor del Colegio San Agustín de Mejicanos, dijo que la mayor obra de Madre Clara María de Jesús había sido “salvadoreñizar el espíritu del Carmelo.” 

Roberto Bolaños Aguilar

 

 

Meditación 15

Mediación 15

Madre Clara María Quirós

Prototipo de la mujer salvadoreña.


Dentro de las celebraciones del Año Internacional de la Mujer, el Santo Padre Juan Pablo II, publicó su Carta Apostólica “Mulieris Dignitatem, sobre la dignidad y la vocación de las mujeres.

En esa Carta el Santo Padre no recuerda el mensaje cristiano  sobre la las mujer y nos describe, en un mundo con frecuencia pensado por y para los varones, aun sin tener en cuenta esa aberración socio-cultural de la masculinidad que es el machismo, el mensaje liberador de la Palabra de Dios para la mujer.

Este día, 8 de marzo, en este lugar tan ligado a sus vivencias humanas y cristianas que es el Convento de Belén, a una mujer salvadoreña excepcional en todos los sentidos, pero sobre todo como una mujer cristiana que supo descubrir en el seguimiento de Cristo el camino de su realización como mujer, como madre y esposa y también como persona consagrada totalmente al amor de Dios.  Todos sabemos que hablamos de MADRE CLARA MARÍA DE JESÚS.

La Carta Apostólica destaca en primer lugar la dignidad de la mujer como persona, como miembro de la especia humana.  En este sentido el Libro del Génesis en la Sagrada Escritura nos habla de la igualdad radical entre el varón y la mujer, como seres creados a imagen y semejanza del Creador.

Sin embargo, esta igualdad que se funda en la semejanza que en el varón  y la mujer existe con respecto a Dios, no anula las diferencias, que se originan en la condición sexuada de la persona humana,  “en el principio Dios los creó varón y mujer”, dice el Libro del Génesis, y que posibilita la apertura al otro en una dimensión de complementariedad.  La Escritura nos presenta a la mujer como compañera del hombre, igual a él en dignidad y vocación a vivir en comunión con Dios.

El segundo fundamento de la dignidad de la mujer, que viene a reforzar el primero,  es su condición de hija de Dios, hermana de Jesucristo y coheredera del Reino de los Cielos.  Dios creó a los seres humanos para hacerlos partícipes de su amor salvador y plenificador de todas las potencialidades de la persona humana.

El pecado, sin embargo, vino a alterar significativamente las relaciones de igualdad y ayuda mutua entre el varón y la mujer, convirtiéndola en una relación de dominación de la mujer por parte del varón: “Buscarás con ardor a tu marido y  éste te dominará”, constata el libro del génesis.

Adán y Eva, abusando de su libertad, permitieron que el mal moral y el físico se introdujeran en el mundo que de las manos de Dios había salido perfecto y bueno.

El mundo sumergido en las tinieblas del pecado debería esperar el advenimiento del Mesías, Luz del Mundo.

La Nueva Alianza en la Sangre de Cristo, con su fuerza de liberación, abrió la posibilidad para que la mujer fuera nuevamente valorada en su papel de compañera  del hombre en el camino de la salvación,  ambos son llamados a vivir en el amor.

A partir de un solo hecho, la maternidad divina de la Virgen María, podemos entender este proceso de revaloración de la dignidad altísima de la mujer como virgen o como madre.

El Evangelio está lleno de mujeres humilladas, explotadas, marginadas, ofendidas, vulneradas en sus derechos fundamentales, que en su encuentro con Cristo descubren no sólo su propia dignidad, como personas y como hijas de Dios, sino el camino de la propia liberación porque, como recuerda Monseñor Romero, en el Magnificat de María hay una profunda espiritualidad de la liberación, cuando en él se afirma: DERRIBA DEL TRONO A LOS PODEROSOS Y ENALTECE A LOS HUMILDES…

El Evangelio señala a la mujer como caminos de realización personal el de la virginidad y el de la maternidad.  El primero se abre al amor universal, sobre todo de los pobres y humildes, amando a Dios con un corazón sin divisiones.  El segundo, se concreta como un servicio a la vida y a la promoción de la persona humana de los hijos.

La cultura de la muerte en la que vivimos, niega a la mujer el camino de su liberación integral cuando le dice que ser virgen es algo que pasó de moda,  pero tampoco le abre el camino de la maternidad, reduciéndola a mero objeto del oscuro deseo de los hombres.

Al pensar en  Madre Clara María de Jesús, podemos ver encarnados los valores que como auténtico pone el Evangelio a las mujeres.  En este sentido podemos descubrir en Madre Clara María a una mujer totalmente liberada en el seguimiento de Cristo y en el amor a sus hermanos más abandonados,  los pobres.

Muchas de las situaciones que viven las mujeres de nuestro pueblo salvadoreño, fueron  también experimentadas por nuestra Madre.  Comenzando por el fenómeno de una ascendencia ilegítima, gran parte de los salvadoreños nacen de uniones irregulares o ilegítimas.

Doña Juana López, su abuela, tuvo tres hijos, Carmen, Serafina y César, pero no conocemos a su padre.  Esto se proyectó como una mancha difícil de borrar para Doña Carmen López en su matrimonio con el aristócrata Don Daniel Quirós Escolán.

Años después Madre Clara, liberaría a la mujer del estigma de la ilegitimidad cuando estableció que ser hija ilegítima o natural no iba a constituir un obstáculo para las jóvenes buenas con vocación religiosa,  que no eran culpables de la ilegitimidad de su nacimiento, que deseaban consagrarse al Señor en las Carmelitas de San José. ¿No había escrito el Profeta Ezequiel,  el que peque ese morirá?

Doña Carmen López, la  mamá de Madre Clara, se casa con Don Daniel Quirós, quien al año y medio de matrimonio la abandona con su hija Clarita, después de una corta pero dramática convivencia matrimonial. Doña Carmen fue una mujer abandonada que tuvo que hacer frente a la vida ella sola con el fin de sacar adelante a su hija.

La misma Madre Clara María, cuando estaba en el mundo y era Doña Clara Quirós de Alvarado, conoció la vileza de un hombre que la abandonó con cinco hijos y una por nacer, después de once años de matrimonio y que también cometió la villanía de desacreditarla.  La Madre no se acobardó,  sino como lo habían hecho su abuela y su madre, se puso al frente de su familia,  se entregó al trabajo honesto y esforzado, para sacar adelante a los hijos que el Señor le había dado.  Trabajo, honradez, fortaleza de ánimo,  sacrificio por su familia, profunda vida cristiana son los valores y las actitudes que revela  Doña Clara del Carmen en esta etapa de su vida.  Cuántas veces ella en su oración repetiría, las palabras de Jesús en el Evangelio: “No estoy sola,  el Padre Celestial está conmigo.”

Madre Genoveva del Buen  Pastor, dirá de ella,  Madre Clarita es como la Mujer Fuerte de la Escritura.[1]

A partir del abandono de su esposo Don Alfredo, Madre Clara María vivió sólo para el amor de sus hijos y el de Dios.  Era Dios quien le daba la fortaleza que necesitaba en los momentos difíciles, porque los hijos dan grandes alegrías, pero también grandes dolores. Era en centrada en el amor de Dios en donde ella iba descubriendo el camino por donde la divina voluntad quería llevarla, hasta fundar una Congregación en donde el carisma se presenta sobre todo como un servicio de amor a los niños y a las niñas que en sus hogares no tienen las posibilidades económicas, morales y espirituales para devenir en personas maduras y equilibradas en todos los sentidos.

A muchas mujeres les resulta fácil, ante la problemática de la vida, lanzarse por los caminos fáciles del pecado y del envilecimiento.  Madre Clara, ante el abandono de su esposo,  quiso mantenerse en una vida altamente virtuosa, honesta, laboriosa y espiritual, de modo que en Santa Tecla  era para las mujeres un modelo de vida y un ejemplo a seguir.

Incluso los valores cívicos de Madre Clara María han sido destacados por el gran historiador y ex director de la Academia Salvadoreña de la Historia, Don Roberto Molina Morales.

Toda las problemática que la Santa Fundadora tuvo que afrontar en su vida,  una vida difícil, dirá algún periodista,  sin doblegarse, sin desanimarse, sin perder la compostura tienen un solo secreto y este es su identificación muy honda y verdadera con el misterio de la Cruz.  Madre Clarita quiso vivir crucificada con Jesucristo Crucificado, sabiendo, que quien participa de la muerte de Cristo participará también de la gloria de la Resurrección.

El que ha sufrido con sabiduría,  se vuelve compasivo frente a todas las situaciones de sufrimiento humano.  Por eso Madre Clara no podía permanecer indiferente frente al clamor de los que sufren: los pobres, los enfermos, los que padecen la injusticia de los poderosos,  los niños y las niñas,  las mujeres casadas,  las madres solteras,  las viudas, los ancianos y las ancianas.  Ninguna forma del sufrimiento humano escapará a la compasión de esta mujer que después de tanto sufrimiento era sólo corazón.

En realidad, la síntesis de la figura histórica y cristiana de Madre Clara María, podíamos expresarla en una  sola frase: VIVIÓ UNA VIDA DE SANTIDAD, si por santidad entendemos el amor de Dios y el de los hermanos llevados al extremo de lo heroico.

La personalidad armoniosa,  equilibrada, atractiva y muy rica en matices humanos de Madre Clara María de Jesús, expresa la experiencia de liberación interior vivida con Dios y en Dios.   Doña Clara del Carmen en su encuentro con Cristo fue totalmente renovada espiritualmente, fue hecha una mujer nueva llamada a vivir sólo para Dios y para el servicio del prójimo, por eso el Señor le dio un nombre nuevo –a vino nuevo, odres nuevos- : CLARA MARÍA DE JESÚS. Madre Clarita es ejemplo de los grandes valores, morales y espirituales, que caracterizan a la mujer salvadoreña.

Roberto Bolaños Aguilar



[1]    Sirácida 26, 1-3.

Meditación 14

Meditación 14

La Humildad de Madre Clara María

 Los que me conocen, saben que en este momento me siento como el hijo que después de algunos años de ausencia vuelve a casa de su madre.  Este día en que recordamos llenos de regocijo el día del natalicio de Madre Clarita, que ocurrió un 12 de agosto de 1857, este día hermoso del mes de agosto quiero que meditemos en la humildad de Madre Clara María para aprender de ella.

 Si recorremos las páginas de la Sagrada Escritura fácilmente descubriremos que la HUMILDAD es una de las actitudes espirituales a las que se les da mayor importancia, de manera especial en los escritos del Nuevo Testamento.  Jesús y María aparecen en ellas como el hombre y la mujer humildes por excelencia.  Jesús dice claramente de sí mismo en el Evangelio que hemos de aprender de El que es manso y humilde de corazón; es decir, Jesús es nuestro interior Maestro de Humildad.  María, a su vez, en su Cántico de Alabanza destaca en lo que podríamos llamar su perfil espiritual, su pertenencia a los pobres de Yahvé que por condición son humildes: EL SEÑOR HA MIRADO LA HUMILDAD DE SU ESCLAVA.

 San Pablo en la Carta a los Romanos nos presenta a Jesús y a María como los nuevos Adán y Eva. Si aquellos, nuestros desdichados primeros padres, con su soberbia quisieron ser iguales a Dios y nos separaron de él: Cristo y María con su humildad nos han reconciliado para siempre con el Padre del Cielo.

 Vivimos en un mundo en el que no se valora la virtud de la humildad. Nuestro mundo está pensado para los soberbios y los vanidosos, para los que quieren ocupar los primeros puestos en el banquete de la vida, sin importar a quien atropellen, qué derechos violen o a quién exploten y opriman.  Es más, en nuestro tiempo ni siquiera tenemos una idea correcta acerca de la humildad, porque entendemos que el humilde es un ser débil que deja que todos le pisoteen, alguien que es incapaz de levantar su voz para defender sus derechos o los derechos de los otros. Nada más alejado de Jesús que tomó el látigo y expulsó a los mercaderes del templo acusándoles de haber convertido la casa de Dios en una cueva de ladrones.

 Si nos colocamos en la auténtica espiritualidad cristiana, entenderemos claramente la doble vertiente de la humildad, tal como la vivió nuestra Madre Clara María. Por una parte la humildad es el reconocimiento de nuestras debilidades y deficiencias; no podemos ser humildes si no reconocemos de qué barro estamos hechos, pero por otra, la humildad es el reconocimiento alegre de los dones que de Dios hemos recibido; con razón la gran maestra de la espiritualidad cristiana Santa Teresa dijo que “Humildad es la verdad”. Que es como decir el conocimiento ponderado de lo que somos: un misterio de vocación sublime y de miseria profunda como enseña el  Concilio Vaticano II.

 La humildad es la virtud que nos coloca ante Dios y los hombres como somos: ante  Dios como creaturas necesitadas de salvación, ante los hombres como hermanos responsables y solidarios.

 En la Sierva de Dios Madre Clara María de Jesús  podemos descubrir un ejemplo de esta humildad recia y sincera, que nos abre el camino de la santificación personal.  Una religiosa redentorista hondureña, María Noemí de Jesús, se preguntaba ¿cuál es la fuente de la obediencia? Y respondía: ¡La humildad! Y ¿cuál la fuente de la humildad?: ¡El Amor!  De modo que la clave de la humildad es el amor. Sólo el que ama puede ser humilde:  dijo Jesús hablando del misterio del Reino de los Cielos: Te doy gracias Padre, Señor de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a la gente soberbia y entendida y la has revelado a las gente humilde!

 Como todas las virtudes, también la humildad es una práctica y un don,  un ejercicio y un carisma, de ahí que todas las personas han de ejercitarse en rechazar esa actitud equivocada y profundamente errónea que es la soberbia, querer ser más de lo que eres o pretender que los demás crean que lo eres. ¡Cuán humilde se manifestó Madre Clarita cuando siendo una adolescente responde a su madre, Carmen López, que la quiere dar en matrimonio a un hombre casi desconocido: ¡Como usted mande, mamá!  Y cuanto más admirablemente humilde se manifiesta en los once años de su vida matrimonial, obedeciendo a su marido en todo y ¿No es un ejemplo de humildad su relación con sus directores espirituales? A quienes obedece cuando la contrarían en sus propósitos siendo ella sólo una seglar.

 En la vida de Madre Clara María la humildad va unida estrechamente al amor de la pobreza. Ella que había sido en el mundo una gran dama sólo busca en el convento vivir como la más pobre, sin tener nada, sin estar apegada a nada y que la pobreza sea como la púrpura que adorna el traje de sus virtudes.

 Su profunda humildad se manifiesta en primer lugar en su relación con Dios.  Ante Dios ella es la criatura frágil, vulnerable, que sólo mira sus pecados y profundamente necesitada del amor que salva. Es la impresión que obtenemos al leer sus Poesías en sentido espiritual.  Al mismo tiempo el ser humilde la lleva a acoger a sus hermanos los seres humanos con toda caridad espiritual.  Madre Clara ama y acepta a todos los seres humanos sin importar sus llagas morales, al contrario, los ama precisamente por ellas con el fin de acercarlas a Jesús nuestro Médico divino.

 La humildad hace nacer en ella la conciencia de que todos los humanos somos hermanos y que esta hermandad común se expresa en el servicio.  Así su caridad la llevará, como dice San Pablo, a hacerse todo con todos, y lo mismo la encontramos junto al lecho de un moribundo que reconciliando a una pareja que tiene dificultades matrimoniales, dando de comer a un pobre que serruchando queso hasta altas horas de la noche para que sus hermanas puedan descansar.

 Ser humilde es no guardar resentimientos ni rencores.  Ella perdonó al hombre que la abandonó dejándola con cinco hijos y uno en camino, a aquella Sor Ana María de la Eucaristía que sólo esperaba que ella muriera para abandonar el Instituto por ella fundado; aunque en su vida sufrió algunos agravios y vejaciones, jamás se escucharon de sus labios palabras altisonantes o de reproche. Su humildad se expresó en el equilibrio de ánimo que siempre conservó igual.

 Para terminar la humildad se expresa en la confianza para con Dios de quien se espera todo.  Cuando pensaba en su destino eterno, la Madre Clarita, tenía la confianza en que se iba salvar, pero jamás por sus méritos, que eran muchos, sino por la misericordia de Dios que se apiadaría de ella para llevarla al cielo. Para sus hijas, Madre Clara María de Jesús, sólo quería una cosa, y la quería porque había sido la norma de su vida, su personal estilo de estar en el mundo a la manera de Jesús: DESDE EL CIELO LES AYUDARÉ, PERO SI GUARDAN EL ESPÍRITU DE POBREZA, HUMILDAD Y SENCILLEZ QUE LES DEJO.

Roberto Bolaños Aguilar

Meditación 13

Meditación 13

Madre Clara de Jesús y sus Directores Espirituales

 

Acaso lo que más haya que lamentar en el caso de la Sierva de Dios, Clara María de Jesús Quirós, es la pérdida de documentos que ayudarían al historiador a penetrar con mayor hondura en algunos aspectos importantes de su vida.

 En este texto quisiera hablar de su relación con los Directores Espirituales, motivado por la lectura de un maravilloso libro del Cardenal  Weisman, autor de la célebre novela Fabiola, sobre los mártires cristianos durante las persecuciones en el Imperio Romano.  El libro del Ilustre Cardenal español, escribió un libro poco conocido actualmente que es la vida de Santa Catalina de Génova, autora del Tratado del Purgatorio y de una autobiografía espiritual titulada  Diálogo entre el Cuerpo y el Alma.

 La admirable vida de esta Santa italiana está llena de hechos extraordinarios, sobre todo de índole mística, que ella narra en su “Diálogo”;  al hablar de la importancia de la Dirección o acompañamiento espiritual,  anota el Cardenal Weisman:  ‘Dios que había tomado el cuidado de mi satisfacción, no quiso que nadie más que él tomara parte en este negocio’ (Diálogo, Parte 1, Capítulo 2)   A primera vista, esta conducta da miedo, sobre todo porque está opuesta a la que la Iglesia, considera como la más sabia y segura. Es más prudente, en efecto, y más seguro no andar por los caminos espirituales sino bajo la dirección de un guía experimentado. Obrando de otra manera, uno se expone a los engaños del amor propio y a una infinidad de ilusiones.  Sin embargo, es cierto que Dios se encarga alguna vez de conducir por sí mismo a ciertas almas privilegiadas, como lo enseña San Gregorio el Grande en sus Diálogos.[1]

 La importancia de un Director Espiritual que nos guíe por el camino de la perfección, también es destacada por la Doctora de la Iglesia, Santa Teresa de Jesús: Por eso, dirá el Padre Aniano Álvarez[2],   En los maestros de espíritu, Teresa buscará siempre quien tenga letras. Este aprecio por los letrados germinó y se afianzó poco a poco en ella. Quizá, como punto de partida, haya que colocar la experiencia negativa, de ciertos confesores faltos de letras.  Su juicio es claro: ‘…gran daño hicieron a mi alma confesores medio letrados’ [3], ‘es gran cosa letras, porque estas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz…’.  [4]

 A lo largo de la Pastoral de la Iglesia, dentro de la cual debemos colocar al Acompañamiento Espiritual, que es uno de los derechos del Fiel Cristiano, ésta ha ido cambiando conforme ha ido madurando la idea acerca de la persona humana, de su autonomía, de su relación única con Dios y la conciencia de sus derechos como creyente.  A ello se debe el paso de lo se suele llamar una Dirección Espiritual directiva, en la que el Director dictaba lo que había de hacerse,  al dirigido le competía una actitud de fuerte obediencia a los dictados del Director, a una Dirección Espiritual no directiva, en la que el dirigido es en última instancia quien toma las decisiones que cree más convenientes para su crecimiento espiritual oyendo las indicaciones del Director.  Por eso hoy, más que dirección espiritual o director espiritual se llama acompañamiento espiritual y acompañante espiritual.[5]   En la época de Madre Clara María el tipo de Dirección Espiritual era la Directiva.  El buen dirigido era aquel que obedecía en todo a su Director.

 Es cierto que el buscar y encontrar un buen Director Espiritual es algo que preocupa exclusivamente a personas cuidadosas y diligentes en el perfeccionamiento de su vida cristiana.  Lastimosamente no todos los bautizados poseen alguien que les oriente por los caminos de la santidad; la Iglesia lo exige para algunos grupos de personas como los religiosos, los seminaristas, los sacerdotes, etc.

 En su vida Madre Clara María tuvo mucho aprecio por la dirección espiritual y manifestó gran veneración por sus Directores Espirituales.  Sus primeros biógrafos nos narran de manera anecdótica algunos rasgos de la relación de Madre Clara María con sus Directores Espirituales.  Así se nos narra el incidente ocurrido con su director espiritual, cuando Madre Clara María, siendo aún seglar, había decidido retirarse el Convento de San Antonio para hacer ocho días de ejercicios  espirituales.

 Llama la atención que una madre de familia, con mucho trabajo en su casa, sacara el tiempo necesario para dedicar anualmente ocho días para las cosas de su alma, o vacar sólo en Dios, como se expresa en la tradición espiritual de la Iglesia.

 Resulta que el párroco de la Inmaculada, que era el Director Espiritual, posiblemente el sacerdote Juan Antonio Villacorta, cuando la Sierva de Dios va a despedirse de él antes de retirarse al Convento de San Antonio, sin más explicaciones le dice que ya no va.

 Una de las técnicas de la Dirección espiritual en aquellos lejanos años, era contradecir la voluntad de la persona dirigida, para doblegarla por medio de la obediencia.  Agere contra era uno de los apotegmas de los Padres del Desierto que expresa que para crecer espiritualmente hemos de ir en contra de lo que nos apetece o nos gusta.

 La actitud ejemplar de Madre Clara María, también quedó constatada cuando se nos narra que sin decir palabra, a pesar de la contrariedad interior, se retiró un momento y se arrodilló delante del Santísimo Sacramento, regresando a su casa con gran alegría y paz espiritual.

 También se nos cuenta de otro Director Espiritual, también Párroco de la Inmaculada, quiso mortificar el orgullo o la vanidad de la Sierva de Dios, cuando estando celebrando la Parroquia con gran pompa la Novena al Sagrado Corazón de Jesús.  Doña Clara del Carmen Quirós de Alvarado, amante sobremanera del Corazón de Jesús, tenía todo el arreglo preparado para el día de la novena en que le correspondía ornamentar el templo.  Mucho tiempo y dinero había invertido en comprar flores, cortinas, manteles, velas, etc., con lo que se proponía únicamente embellecer el culto y expresar su devoción al “Corazón que tanto ha amado a los hombres”.

 Pero había en la Parroquia una señora pobre, que no tenía con qué adornar el templo para el día de la novena que le había correspondido, que era justamente el anterior al de Doña Clara.

 El Párroco, hizo llamar a la Señora de Alvarado y le dijo que arreglara el templo un día antes, para que la señora pobre no quedara en vergüenza.  Pronta y diligentemente, la Sierva de Dios, trajo todo lo que tenía preparado para ornamentar el templo.  Aquel día, mientras el Párroco predicaba sobre el Corazón de Jesús, el corazón de doña Clara del Carmen se sentía lleno de alegría y de amor de Dios.

 Hay dos directores espirituales que ejercieron gran influencia en la vida de Madre Clarita.  Uno de ellos fue el Padre  Félix María Sandoval Monroy,  que fue padrino de bautismo de su hija Gertrudis. Este sacerdote, que era pocos años mayor que Madre Clara María, había fundado un seminario para vocaciones tardías en la Ciudad de Santa Tecla.  El Seminario estaba bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús.   Madre Clara se confió a su Dirección Espiritual y le acompañó en los momentos difíciles del abandono de su esposo Félix Alfredo y de la muerte de sus hijas Mercedes y María.  También salió en defensa de la Sierva de Dios cuando su esposo inició un proceso de difamación contra ella y tenía el oscuro propósito de arrebatarle a sus hijos.   Las calumnias de Alfredo se extendieron también al Padre Félix María Sandoval.

 También influyó mucho en la vida de Madre Clara María el ilustre sacerdote Don José María López Peña, quien fuera párroco de la Iglesia de La Inmaculada y, posteriormente, Director Espiritual de la Hermandad de Terciarias Carmelitas, de la que Doña Clara del Carmen era cofrade. Es el Padre López Peña el que entusiasma a Doña Clara del Carmen a iniciar el proyecto de una comunidad de terciarias carmelitas de vida común, junto a la Iglesia del Carmen.

 En muchos momentos importantes de la Vida de Madre Clara María está presente el Padre López Peña como su Director Espiritual y la acompaña en su proceso de crecimiento espiritual, hasta llegar a su consagración definitiva a Dios en la Congregación de Carmelitas de San José.

 En algún documento del Archivo de las Carmelitas de San José, una testigo que conoció a Madre Clarita, recuerda que también en algún momento se acercó a los Padres Jesuitas de la Iglesia del Carmen en busca de acompañamiento espiritual. Incluso habla de un Padre Morales con quien Madre Clarita se dirigió espiritualmente.

 Junto a la Dirección Espiritual, Madre Clara María también tuvo en gran aprecio el Sacramento de la Reconciliación, su conciencia delicada y ansiosa de no ofender a Dios, hacía que se acercara cada ocho días a la confesión, y lo mismo quería para sus hermanas de Congregación.

 Al final de su vida, por circunstancias ajenas a su voluntad, la Comunidad de Belén se quedó sin confesor ordinario.  Ya muy enferma, se dirige a su protector Monseñor Pérez y Aguilar para que designe confesor ordinario para las religiosas de Belén.   El Arzobispo, que no disponía de clero suficiente, lo que hizo fue designar dos confesores extraordinarios para el Convento de Belén, igualmente que para las religiosas de Betania.

 Es evidente, que el director espiritual por excelencia es el mismo Jesús, que una vez dijo a Santa Margarita María de Alacoque: “Yo seré tu Director Espiritual”, pero sin duda por los frutos se conoce el árbol.  La extraordinaria vida cristiana de Madre Clara María, tan volcada en la compasión por los pobres, es producto del acertado acompañamiento espiritual que tuvo a lo largo de su vida.

 RobertoBolaños Aguilar



[1]    Emo. Sr. Cardenal Weiseman, Vida de Santa Catalina de Génova, sacada de los Autos de su Canonización,  (Librería Religiosa, Barcelona 1852)  55-56

[2]    Diccionario de Santa Teresa de Jesús, (Monte Carmelo, Burgos, España, 2001) Voz: Acompañamiento Espiritual.

[3]    Vida, 5, 3

[4]    Vida, 5, 13-16.

[5]    Cf.  Luis María Mendizábal,  Dirección Espiritual, Teoría y Práctica,   (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978)